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El historiador que contó qué es ser contemporáneo
2012. Eric Hobsbawm. Fue una combinación, difícil de encontrar hoy, entre intelectual que quiere comprender y ciudadano que quiere actuar.
Una afirmación como ésta se sustenta en una convicción muy firme acerca de qué es lo que está atrás y adelante. Es la convicción de quien por ejemplo en los años sesenta se entusiasmó con la epopeya vietnamita o la revolución cubana, sin saber que habría un Pol Pot o un Fidel anciano y represor. Mantuvo sus convicciones, pese a todo, con ajustes pero atenidas a lo esencial, y unidas a la seguridad de que el relato marxista contiene la clave del pasado y el futuro. Las fórmulas rotundas e inapelables aparecen cada tanto en su obra de historiador. Sobre todo, en sus fobias: ni los anarquistas ni los campesinos tienen lugar en la larga marcha hacia el progreso. Pero son apenas momentos. Por detrás, hay un trabajo de interpretación, comprensión y síntesis que nunca pierde de vista la complejidad y la singularidad.
Yo tomé contacto con Hobsbawm en 1964, cuando se publicó la traducción de Las revoluciones burguesas (en realidad, La era de la revolución ). Estudiante de historia e hijo de historiador, encontré por primera vez alguien que dominaba el pasado con la grandiosidad y precisión con que lo hacía mi padre. Luego, durante toda mi vida como profesor, hice leer Hobsbawm a mis alumnos, y todavía lo hago. Creo que pasé, como corresponde, del encantamiento al distanciamiento y la crítica, para concluir en su reivindicación.
Hobsbawm no fue un historiador profesional tal como se entiende hoy. Encaró proyectos demasiado ambiciosos, que no siempre pudo sustentar en conocimientos sólidos se nota en sus referencias a la Argentina y a veces sus humores pesaban demasiado. Pero fue una combinación, difícil de encontrar hoy, entre el historiador que quiere comprender y el ciudadano que quiere actuar. Alguien que al fin de su vida, en una época ya desencantada, todavía creía que con el conocimiento se podía transformar el mundo y, sobre todo, que valía la pena hacerlo. Chapeau.
Fuente: Revista Ñ