El libro, publicado por la casaMansalva, que dirige el poeta y músico Francisco Garamona, no se ahorra nada, es una muestra de honestidad intelectual y de amor muy lejana del aparatoso exhibicionismo de muchos de sus colegas.
T : Una narración de este tipo, a tu juicio ¿opera como un duelo, un conjuro o es la apertura a honrar un legado o todo eso junto?
L : Supongo que todo eso junto. El duelo, en términos estrictos y personales, duró un año, que es el tiempo exacto que marca la tradición judía, a la que supongo me acoplé de modo natural porque es el lugar donde me crié. Después vino un proceso mas lento y extendido, de unos años, donde empezó a germinar la idea de escribir el libro, idea que fue creciendo hasta cobrar la forma definitiva de un proyecto concreto.
En el momento de escribir, entonces, ya había pasado por diferentes fases, y creo que no podría haber apurado ese momento: necesité de esa maduración, de esa destilación de los recuerdos y las emociones respecto de mi viejo, sacarlo de un lugar y ponerlo en otro, asumir continuidades y quiebres, etcétera.
Cuando lo escribí ya había hecho el laburo del duelo mas profundo, ese que incluso te impediría sentarte a escribir, pero supongo que la escritura terminó de cicatrizar las cosas. Al mismo tiempo, sí, es un modo de homenajear la relación, de recordarlo y de perpetuar el vínculo que tuvimos, que fue en cierta medida literario y textual.
T : El cariño con que tratás a la figura de tu viejo no ahorra la crudeza, el dolor. Es imposible plantearse estas cosas a priori, pero ¿cómo las trabajaste?
L : No quería hacer un relato idealizador. Como te decía antes, no podría o no debería haber escrito el libro antes del momento en el que lo hice, y una de las razones es que me llevó un par de años de psicoanálisis bajar a mi viejo del podio donde lo tenía, dejar de negar defectos y poder ver con la misma claridad las cosas buenas y las malas.
Hay relatos sobre la muerte del padre que pueden ser conmovedores o estar bien escritos, como El olvido que seremos de Héctor Abad, y que, sin embargo, no me terminan de convencer, porque el padre es como una especie de enorme santidad inmune a las críticas, un hombre perfecto.
Un libro genial es Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente; es durísimo, le da con un caño al padre, pero en esa crítica está implícito el amor que siente el hijo. Te confieso que cuando terminé la primera versión, el texto estaba todavía como encorsetado: le faltaba una explosión de verdad, había cosas que no me había animado a escribir. Quizá estaba cuidando demasiado a mi viejo, o estaba siendo excesivamente pudoroso, lo que claramente entra en contradicción con la intención misma de escribir un libro así.
Al final me convencí de escribir algunas cosas más, quizá porque recordé que él también era un tipo crudo, que enfrentaba al dolor. El homenaje estaba también en ir a fondo con algunos temas. Como dice Paul Celan, honremos a los muertos con las palabras que les sirvieron para vivir.
T : ¿Cómo vivía tu viejo ser considerado un escritor de "vanguardia" y qué pensás que pensaba de esa caracterización?
L : Me parece que lo vivía con orgullo y resignación. Con orgullo, porque desde su juventud beatnik hasta su madurez hermética, pregonó siempre por una literatura rara, marginal, en los bordes del canon, intraducible. Y no sólo escribió esa literatura sino que la difundió, erigió un marco teórico, armó conexiones continentales entre escritores excéntricos.
Podría decir: militó. Y con resignación porque como toda etiqueta, cuando se te pega es muy difícil sacártela de encima, y puede tener la longevidad de un tatuaje. Me acuerdo de una noche en la que estábamos leyendo una especie de enciclopedia de la literatura argentina, y le leí la entrada con su nombre. Decía algo así como autor inclasificable, que invierte y confunde los límites entre ficción y teoría, y lleva las palabras hasta el fondo de sus significados. Me miró como diciendo qué aburrido escuchar siempre la misma formula.
Es difícil sacarse los estigmas. A mí, su libro que mas me gusta es La arquitectura del fantasma, que es al mismo tiempo una autobiografía de vanguardia y otra, transparente y clásica.
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"Mi libro enterrado", una muestra de honestidad
Mauro Libertella encara un relato sin piedad sobre la relación con su padre.