El libro, publicado por la casa blatt&ríos, es un objeto de alto calibre intelectual, que anuda y despliega conceptos, ideas y posiciones con precisión milimétrica, transparente en su oscuridad y mortalmente irónico en su falta de cinismo.
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Cierta literatura actual, ¿no está a la derecha de la sociedad?
Esa es una de las dudas que la escritora y crítica literaria Violeta Kesselman encuentra en Intercambio sobre una organización.
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Esta es la conversación que sostuvo con Télam.
-T : ¿Qué clase de sistema es, al interior de este libro, una organización?
-K : El libro parte de la noción (al principio más o menos inconsciente) de que las organizaciones políticas son una clave para entender la política y la historia argentinas de los últimos años, y de que a pesar de serlo, no había rastros de ellas en la literatura contemporánea. Diría que esa lectura crítica inicial de lo que se estaba produciendo es el motor del libro: yo quería leer en literatura cosas que leía en otras disciplinas como la sociología, la historia o el periodismo.
Esa inquietud es evidente: todos los relatos del libro (y casi cada fragmento de cada relato) hablan sobre eso. No hay otra preocupación, es un bloque cerrado; a lo sumo se lee algún trazo de historias de amor erótico o de amor madre e hijo, pero muy bocetado, muy fugaz. Yo no quería desarrollar personajes en términos psicológicos, no quería contar historias, no quería exponer teorías sociológicas a priori: lo único que me importaba en términos proposicionales era hablar de ese tema en particular, para lo cual sí o sí hubo que construir un sistema formal.
Y ese sistema formal el desafío principal que tenía o que sigue teniendo es cómo narrar algo de la manera más despersonalizada posible, sin personajes fuertes, precisamente porque lo que me interesaba era el movimiento que puede desarrollar una organización en su conjunto, donde cada personaje está ahí en función del todo. Lo último que quería era contar las historia del personaje X, Y o Z con la militancia o la política como telón de fondo, que es un recurso perezoso; más bien era al revés: lo que importaba era el actor social de conjunto y el hecho de que, en esa situación de colectivo político, como una instancia de formación muy rica, se produce todo el tiempo una discusión sobre perspectivas, con opiniones, distintos niveles de conciencia sobre la coyuntura y los cursos de acción, hipótesis y contrahipótesis (por eso en el título además de la palabra "organización está la palabra "intercambio).
Lo que vale para los personajes corre también para la trama: en Intercambio la narración está reducida a sus mínimos signos vitales, de manera tal que el supuesto punto de giro del relato puede ser, por ejemplo, que llega al comedor una cocina industrial. A nivel técnico me gustaba trabajar sin golpe de efecto, sin remate, sin nudo, sin desenlace; no contar un día histórico y sus efectos sino la cotidianeidad de la actividad militante o del trabajo estatal practicado desde una perspectiva militante (con una cierta noción de compromiso por su objeto, quiero decir).
Entonces, dentro de esa determinación inicial, la pauta era investigar cómo funciona una organización en sus lazos con otros actores políticos (principalmente el Estado), cómo funciona internamente incluso a un nivel muy micro, cómo nace, crece, se desarrolla y eventualmente se transforma, todo esto situado en un tiempo y espacio específicos y en una zona ideológica y política en particular, no en abstracto.
-T : Si se dice que Intercambio es un libro "político", ¿cómo entender el rasgo diferencial de esa palabra cuando hoy día se dice que todo (o casi todo) es "político"?
-K : De nuevo podría responder yendo a una lectura crítica inicial. Esta lectura decía, por un lado, bueno, si queremos hablar de política o, mejor dicho, si queremos hacer literatura política, hablemos exactamente de eso. Hablemos de lo que nos parece más importante de eso, incluso; en este caso, la organización y el Estado.
No apostemos a que eso se deduzca de lecturas sobreinterpretadas; no tratemos de generar una teoría críptica, metafórica, de grandes proposiciones de teoría de la historia argentina: al contrario, digamos cuáles son las hipótesis y las lecturas (por eso en Intercambio los personajes, aunque mínimos, están expresando todo el tiempo sus ideas acerca de los eventos que se desarrollan). Siempre me interesaron los textos que están en el borde de lo burdo, textos demasiado explícitos o demasiado pedagógicos, que trabajan con palabras a priori inliterarias (pienso en Brecht, en Pasolini, en Rubio, por ejemplo); me interesa ver cómo se resuelven a nivel formal los contenidos muy evidentes, porque siempre es más fácil escribir para disfrazar las ideas que para decirlas con nitidez; esto último requiere un esfuerzo cognitivo un poquito mayor, digamos.
Entonces, en ese esquema formal necesario para hablar de política de manera explícita y clara el paso fundamental era investigar exactamente qué es lo que está detrás de la palabra política, en primer lugar (y detrás de esa palabra está la organización, el Estado y la militancia), y qué es lo que hay detrás de otras palabras que se emplean para hablar sobre el asunto como, por ejemplo, comedor popular, cooperativa, programa estatal. En lugar de despachar rápidamente el problema con una palabra (por caso, puntero, o el nombre de pila de un personaje, o la referencia a algún suceso mediático), quería analizar cómo funciona lo que esa palabra denota, desplegarlo en la página.
Si todo es político, la manera de hablar de política desde la literatura tiene que incluir un uso cuidadoso de los términos; tirar referencias contextuales como si eso solucionara todo el problema acerca de qué manera se relaciona un texto con su presente sólo sirve para ganar una o dos reseñas semilaudatorias y punto; no agrega nada a ningún discurso ya circulante. Esto sobre todo en un momento donde incluso desde el análisis político hay un descuido importante sobre qué se dice (como fascista, totalitario, dictadura). Ese trabajo analítico sobre las palabras que se usan para hablar de política es el diferencial del libro.
-T : Entiendo que hay una política del lenguaje, de la frase, del fraseo, de los cortes. Algo que me hizo recordar mucho a Gambarotta, Rubio, Helder. ¿Qué relación social establece tu prosa con esa "poesía"?
-K : Evidentemente hay mucho del libro que tiene que ver con cierta parte de la poesía de los 90, principalmente Rubio, Gambarotta y Raimondi, pero también, un poco más atrás, con Helder, y también con Cucurto, por caso. De cada uno de los mejores poetas de esa generación (que no se agotan en esta lista de acá) se pueden aprender distintas cosas que sirven luego para escribir y para leer. Dentro de ese esquema general, podría decir que Poesía civil, de Raimondi, de alguna manera cerró una etapa en la producción poética de los 90; como dice Rubio en una entrevista, después de ese libro la relación de la literatura con lo social ya no puede ser la misma que antes.
El hecho de que el procesamiento de esa información se dé en prosa y no en poesía, diría, es indistinto, una elección casi personal, tiene que ver con qué herramientas uno se siente más cómodo, en ese sentido Intercambio es un libro bifronte, apunta a las dos áreas, narrativa y poesía.
De todos modos, tan importantes como esas lecturas fue y es el trabajo junto a mis compañeros de la revista Planta (Damián Selci, Ana Mazzoni y Nicolás Vilela). De y con ellos aprendí y sigo aprendiendo modos de leer y maneras de pensar que son la influencia principal. Y, en años anteriores, lo mismo valió para el trabajo realizado en el taller de Daniel García Helder, cuyos efectos son clarísimos en Intercambio.
-T : Los 90, ¿no mueren con Punctum y con las relecturas de Leónidas Lamborghini? Si es así (o parecido), ¿creés que el agotamiento del "objetivismo" hubiera ocurrido igual sin el 2001?
-K : No sabría hacer ese ejercicio contrafáctico, pero de todos modos si hubiera que rastrear un corte para mí no es tanto el 2001 como el kirchnerismo. El kirchnerismo generó cambios sociales, políticos, económicos y culturales que la literatura argentina no está registrando, con lo cual en cierta medida se ubica a la derecha de la sociedad.
Una gran mayoría de los escritores actuales no parece encontrar la manera de escribir a favor de un proceso histórico, y no en contra de él. Por supuesto, cuando digo "a favor" no me refiero necesariamente a cantar odas sentimentales a un programa estatal, ni siquiera a hacer literatura abiertamente política, sino a trabajar con una mirada que no exprese desencanto por lo social y político y por el mundo circundante. De nuevo, eso es un problema técnico con raíces ideológicas, que parten de la concepción liberal de que el escritor siempre debe ser "crítico del poder", sin importar qué es lo que ese poder efectivamente hace y qué es lo que de hecho se critica.
Pero además dudo de que el objetivismo en su vertiente argentina se haya agotado. Escribir "objetivistamente" como en 1998 o 1993 no sirve, pero las premisas del objetivismo (atención al objeto, cierta desconfianza o precaución ante la metáfora, atención a la oralidad) siguen siendo productivas.
-T : A la "Prehistoria productiva de un objeto", ¿no podría leérsela como un homenaje oblicuo a Simone Weil en tanto ella construye un objeto político novedoso, por medio de un lenguaje que sustrae?
-K : Mhhh, la idea de homenaje no me convence mucho, a diferencia de la de lectura crítica y la apropiación (pero de todos modos no se dio así respecto a Simone Weil). Vuelvo a algo que decía antes: sí está la voluntad de captar cierto modo de organización política y social que en la literatura argentina no aparecía, y de hacerlo con un lenguaje particular. La sintaxis enrevesada de Intercambio no tiene que ver con axiomas posmodernos del estilo "la imposibilidad de decir", "el fin de la representación", "la eterna postergación del objeto"; me gustaba más bien la idea de que la sintaxis tuviera algo de la tensión de cualquier proceso organizativo, que esa tensión no se diera nada más a nivel de las imágenes sensoriales.
O sea que lo que hay en Intercambio es la convicción de que el lenguaje usado literariamente te permite acceder a cierta comprensión del objeto, y de que con ese lenguaje, dentro de ciertas pautas, podés hacer lo que quieras y decir algo entendible.
En el caso particular de Prehistoria productiva de un objeto me interesaba además la relación entre un programa del Estado y su aplicación concreta en el territorio en el aquí y ahora, cuáles son a nivel muy concreto los efectos de una determinada política de gobierno, de qué manera se pasa de una planilla administrativa a un objeto productivo que se vincula a su vez con las vidas concretas de los habitantes de un barrio popular, las mil vueltas que da una cosa antes de transformarse en otra. Eso me interesa leer y me interesa escribir.
-T : La impresión que tengo, y leer tu libro ajustó esa impresión, es que el lenguaje no "evoluciona". Entonces, ¿cómo cambian tanto las formas?
-K : Esa es una pregunta casi para un lingüista, no sabría contestarla. Lo interesante, en todo caso, es el diagnóstico que uno pueda hacer del estado de lenguaje de un determinado momento y ámbito. En el caso de la literatura argentina actual el diagnóstico habla de un panorama bastante pobre, en el cual impera el minimalismo (o, dicho de otro modo y para retomar una pregunta anterior: el objetivismo mal entendido), escaso de vocabulario, de trabajo formal y de pensamiento sintáctico, en general vinculado con un cinismo o con el desencanto a nivel conceptual.
Si además consideramos que hay una gran falta de buenos críticos que orienten con un juicio de valor claro y honesto el trabajo de los escritores y que formen lectores cada vez agudos, es difícil que la literatura salga de esa inercia. Y si adicionalmente a cualquiera que trata de entablar una discusión argumentada sobre esos juicios de valor se lo acusa de totalitario, el panorama se complica aún más.
En la actualidad el lenguaje que se lee en la literatura argentina no se relaciona en nada con la experiencia de los últimos años; tenemos una sociedad movilizada por un lado y por el otro un lenguaje literario mortuorio. Incluso, más específicamente, no se relaciona en nada con el uso del lenguaje que desde la política se dio en los últimos años, un lenguaje donde se sumaron conceptos, maneras de sintetizar procesos, luchas de términos (por ejemplo, crisis del campo versus conflicto por resolución 125), consignas, canciones, apropiaciones, creaciones, donde se transmiten conceptos muy nítidos y muchas veces muy sutiles que ahora parecen moneda corriente pero que hasta hace un par de años no lo eran.
En literatura, hay que ir por una suerte de neomodernismo donde el estilo juegue un papel fundamental, las opciones estilísticas se expandan y se enriquezcan, los personajes se diferencien claramente entre sí, los versos tengan algo del conflicto del lenguaje que se registra en la sociedad.