Un total de 11.000 sacerdotes, 1.500 obispos y 60 cardenales concelebraron con el Papa la misa que fue la clausura de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), un evento que se viene repitiendo desde 1986.
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Muchos pasaron la noche acampando en los cuatro kilómetros de arena de Copacabana para asegurarse un lugar y ahorrarse los atascos de tránsito que vivió la ciudad durante la visita papal.
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Y en la playa también hubo tiempo para el esparcimiento. Durante una semana, el encuentro de jóvenes más importante de la Iglesia Católica atrajo a peregrinos de todo el mundo.
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La llegada del papa Francisco a Copacabana se hizo a bordo de un "papamóvil" abierto: había pedido expresamente evitar uno blindado para facilitar el contacto con la gente.
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El Pontífice exhortó a sus seguidores a usar el evangelio "para arrancar y arrasar el mal y la violencia, para destruir y demoler las barreras del egoísmo, la intolerancia y el odio".
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En la misa de clausura estuvieron presentes la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, y sus pares Cristina Fernández, de Argentina, y Evo Morales, mandatario de Bolivia.
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El Pontífice usó una corona ornamental que le llevaron los miembros de la comunidad indígena pataxó, procedente de la zona de Bahía, en el noreste del país.
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Unos 30 mil efectivos, entre policías y militares, fueron responsables por la seguridad del Papa: uno de los desvelos de las autoridades antes de la visita. Se ocuparon también de controlar protestas en la playa.
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En el cierre de su viaje, el Papa dio a conocer la ciudad que será sede de la próxima Jornada Mundial de la Juventud, en 2016: se trata de Cracovia, en Polonia, a modo de homenaje al beato y futuro santo Juan Pablo II.
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