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ADELANTO EXCLUSIVO: EL ÚLTIMO LIBRO DE GELMAN

La memoria del poeta

Con el escueto título de Hoy, presenta casi 300 textos breves que define como prosa poética. Habla del dolor, del exilio, de su hijo asesinado en la dictadura, de su nieta recuperada.
Por Sección Cultura

Emoción. Gelman y su nieta, Macarena, conmovidos ante el reconocimiento uruguayo de responsabilidad estatal en la desaparición de Marcelo y María Claudia, sus padres, y la privación de identidad de la joven.
Elegir siempre es una tarea difícil. Pero cuando se trata de elegir entre poemas de Juan Gelman –o prosa poética, la alternativa que él mismo brinda para nombrar sus textos– se convierte en una tarea no deseada. ¿A cuál dar prioridad, por qué ese y no el que sigue? No existen respuestas razonables, salvo que es una cuestión de afinidad. De ideas, de objetivos, de miradas, pero sobre todo y fundamentalmente, de sensaciones. Esa es la razón primordial por la que los poemas que acompañan este texto son esos y no otros, esa es la causa por la que Veintitrés pubica un adelanto exclusivo de Hoy (Seix Barral), el último libro de Gelman que llega en estos días a las librerías.

 



En este libro de prosa poética, habla de sus sensaciones ante un mundo que se le presenta cambiante y a la vez atemorizante. Habla de política como siempre lo hizo: desde las consecuencias. Así, aparecen las zonas en guerra, el hambre, pero también habla de las sensaciones de una vida, la suya, que nunca abandonó el humor como tampoco dejó de lado el dolor por la pérdida de un hijo o la desesperación (y la alegría) por encontrar una nieta. La vida de un hombre que vivió la muerte de su madre en el exilio y sin embargo, se permitió preguntarse: “¿Soy el único exiliado de sus cosas? ¿Y la gente que no puede volver, por ejemplo, a los restos de los hijos que perdió?, ¿y la gente que no puede volver a la justicia que se le debe, al salario, a la cultura, a los servicios sanitarios, a la educación que se le debe y a la que no puede volver?”.

Gelman nació en el barrio de Villa Crespo en 1930, de padres inmigrantes judíos ucranianos, que soñaban con verlo convertido en profesional. Pero él tenía cuerpo de poeta: antes de los diez años escribió sus primeros poemas, destinados a una vecina a la que jamás pudo conquistar: “Me encantaban sus rodillas sucias… De ese desplante y de ser hincha de Atlanta, me quedó la tristeza para toda la vida”.

A los 25 años, con varios compañeros de la Juventud Comunista, donde militaba, fundó el grupo de poesía Pan Duro, con el cual publicó su primer libro, Violín y otras cuestiones, bajo el sello Gleizer. Abandonó la Facultad de Química y se dedicó a manejar camiones, transportar muebles o vender partes automotrices. Dice que con las facturas de esos trabajos descubrió el paso del lápiz a la tinta y de allí a la máquina de escribir, pero de ahí en más lo tomó con más cautela y todavía mira la computadora con desconfianza. O con pereza, teniendo en cuenta sus dichos: “Seguro que escribo poesía de puro holgazán, porque la ventaja de los versos es la brevedad”.

Renunció al Partido Comunista en 1964 y durante años no adscribió a ningún partido político, hasta que la muerte del Che Guevara lo impulsó a entrar a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), que luego se fusionaría con Montoneros. Compartió redacciones, horas y debates con Paco Urondo y Rodolfo Walsh, y cuando la Triple A lo condenó a muerte decidió exiliarse en París, donde rompió con Montoneros: “No me echaron porque me fui: me condenaron a muerte. Condenado por los dos lados: la Triple A y los Montoneros. ¡Qué cosa rara! Yo era una especie de happy hour para la condena a muerte”.

Militancia, fútbol, café, billar, la milonga del barrio donde iba a bailar y a “hacer esas cosas que se hacen pero no se dicen” formaron parte de su juventud y lo moldearon en el hombre que es. El que nunca manifestó odio ante los militares que secuestraron a su hijo, Marcelo, y a su nuera, María Claudia García –ambos de 20 años–, en 1976. Ante los que asesinaron a Marcelo de un balazo en la nuca y metieron su cuerpo en un tanque de grasa de 200 litros, con arena y cemento y lo arrojaron al río San Fernando. Ante quienes mantienen desaparecida a María Claudia, ante aquellos que se apropiaron de su nieta y la alejaron de su vida durante 23 años. Por el contrario, la lucha de Juan Gelman, y de su esposa, Mara, transcurrió por sendas tranquilas pero sólidas, consecuentes, invencibles. “Acaso lo más admirable en su poesía es su casi impensable ternura allí donde más se justificaría el paroxismo del rechazo y la denuncia, su invocación de tantas sombras desde una voz que sosiega y arrulla, una permanente caricia de palabras sobre tumbas ignotas”, señaló alguna vez Julio Cortázar.

En su búsqueda de María Claudia y de la nieta –Macarena, que encontró en el año 2000–, Gelman declaró ante la Audiencia Nacional española en los procesos abiertos en España contra militares argentinos. Investigó toda pista que se le cruzó en el camino con la ayuda de periodistas como Gabriel Mazzarovich, del diario La República, y el apoyo de escritores como José Saramago y Gunter Grass. Y ante la imposibilidad de accionar en Uruguay, donde fue trasladada María Claudia, entabló un juicio contra el Estado uruguayo ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. El 22 de marzo de 2012 José Mujica, presidente de Uruguay, reconoció la responsabilidad institucional por la desaparición forzada de María Claudia y en la supresión de la identidad de Macarena Gelman. “Este es un día sumamente importante y que no marca ni un principio ni un fin de nada. Podemos empezar a construir algo mejor”, señaló Macarena ese día. A su lado, su abuelo Juan destacó la paradoja de que el presidente de Uruguay, víctima de la dictadura, reconociera en el nombre del Estado la responsabilidad de sus victimarios. “Para eso hace falta coraje moral”, dijo.

Gelman ha escrito para diarios y revistas en todo el mundo, entre ellos Confirmado, Primera Plana, Crisis, La Opinión, Noticias, Prensa Latina, Milenio y Página 12, para el cual continúa escribiendo. De su extensa producción literaria pueden mencionarse Velorio del solo (Nueva Expresión, 1959); Gotán (La Rosa Blindada, 1962); Si dulcemente (Lumen); Interrupciones (I y II, Libros de Tierra Firme, 1988); País que fue será, Visor, 2004), y El emperrado corazón amora (Tusquets, 2011), entre muchos otros. En 2007 recibió el Premio Cervantes, considerado el Nobel de las letras en español, de manos del rey Juan Carlos, en una ceremonia en la que estuvo acompañado por sus cuatro nietos, Macarena, Jorge, Andrea e Iván, además de su esposa, Mara, y la hija de esta, Paola.

Este hombre que jamás escribió “en legítima defensa, sólo en defensa de la poesía” y que milita únicamente para la paz y los derechos humanos, contó que tituló su último libro Hoy porque “me pareció que ese era el tema. Son 290 o 300 textos breves, muy condensados, para no molestar al lector”. Si bien en esas páginas está la génesis de la desaparición de Marcelo, hay algo más que, según dijo al diario El País, de España, se relaciona con los sentimientos: “Entre los culpables del asesinato de mi hijo había un general que fue condenado a prisión perpetua. Cuando dictaron la sentencia algunos jóvenes que ni siquiera habían vivido la dictadura saltaban de alegría. Pero yo no sentí nada. Ni odio, ni alegría ni nada. Y me pregunté por qué y eso me llevó a escribir, para explicarme qué había pasado (…). Quité los textos iniciales, porque eran testimoniales y eso es periodismo. Pero surgió el tono poético necesario para escribir un resumen de lo que sé, o creo que sé, de los 35 años que pasaron desde la muerte de mi hijo”. También reconoció que “este momento me atemoriza mucho. No sólo por la crisis económica, sino la crisis espiritual, y no me refiero a la religión. Pareciera que se ha instalado todo un sistema para recortarnos el espíritu, para convertirnos en tierra fértil de autoritarismos”. Y confesó que no tiene muchas esperanzas de ver que esa situación cambie, aunque llegue a los cien años: “No desdeño la vida, quiero ver casarse a mis nietos, ver si me dan algún bisnieto… Pero también creo que Dios, si existe, debe estar aburridísimo de su eternidad”

Fuente: Revista Veintitrés

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