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El Perseguidor, de Julio Cortázar
En 1959, Julio Cortázar publicó uno de los volúmenes de cuentos que le daría, justificadamente, más fama: Las armas secretas.
Se destaca aquí la reivindicación romántica de los derechos del artista, de una visión del mundo que escapa a la atadura de la sociedad, económica y aun sentimental, y se ponen en cuestión no sólo los condicionamientos de la vida artística sino los de la vida burguesa en su conjunto. El saxofonista Johnny es un marginal que vive por y para la música, y que en el resto de su vida escapa a toda norma social. Las dos caras, la del artista y la del crítico (un crítico, ese hombre que sólo puede vivir de prestado, de las novedades y las decisiones ajenas) se encuentran reunidas en una verdadera lucha de facetas que Cortázar practicó con no poco conocimiento, y hay un combate permanente en ese juego de satélite en que se coloca a Bruno, amigo, confidente, admirador, pero también distante y cínico respecto del genio creador, a quien se ve alto y bajo, sublime y obsceno, egoísta, incomprendido.
Está dedicado a In memoriam Ch. P. (Charlie Parker), elementos de cuya vida han sido tomados en cuenta: su afección al alcohol y a las drogas, sus desplantes, sus escándalos, sus amoríos, la muerte de su hijita. Pero otros han sido cambiados (fechas, viajes, la estadía en París) o simplemente inventados. Desbordado, arbitrario, tiránico y, a veces, tierno y angelical, Johnny se destruye con fruición y al cabo, como aquél, muere saturado de droga. Lo cierto es que Johnny Carter, el protagonista del cuento (quien en su apelación reúne el nombre y el apellido de otros dos saxos importantes de la época: Johnny Hodges y Benny Carter), un músico intuitivo, ilógico y genial, se enfrenta a Bruno, narrador del cuento y crítico musical, especializado en Johnny, y de ese enfrentamiento entre las dos actitudes, las dos mentalidades (la artístico intuitiva y la crítico racional) surge el choque y, sobre todo, la iluminación de las nuevas perspectivas ideológicas y espirituales que, por la época, comenzaban a tomar cuerpo en la vida de Cortázar.
Si nos situamos en la perspectiva de los cambios personales y políticos de Cortázar, hay asimismo un aspecto en este cuento que no deja de llamar la atención: las continuas alusiones a textos bíblicos, y en especial al Apocalipsis. No solamente en el epígrafe (Sé fiel hasta la muerte) sino también ocultas en las palabras de Johnny (a quien, para más, se le ha elegido el nombre de Juan), ese texto es abundantemente citado, con modificaciones o adaptaciones a la anécdota: Y sus cuerpos serán echados en las plazas de la grande ciudad / / ella era como una piedrecita blanca en mi mano / / Y yo no soy nada más que un pobre caballo amarillo, y nadie, nadie limpiará las lágrimas de mis ojos / / Bruno, toda mi vida he buscado en mi música que esa puerta se abriera al fin, etc. Las resonancias religiosas no acaban ahí: se continúan igualmente en el hecho de que aparecen aludidos otros textos sagrados, como El libro de Job o los Salmos; que en forma permanente se compara al protagonista con un ángel y alguna vez con Cristo, o que aquél dice en un momento de la noche, mirando el cielo El nombre de la estrella es Ajenjo. A todo ello habría que agregar el sugestivo sueño de Johnny con un campo de urnas, montones de urnas invisibles, enterradas en un campo inmenso, de un modo bastante parecido a como en Ezequiel se habla de un campo lleno de huesos.