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¿El bombardeo digital nos vuelve locos?

Ansiedad, depresión, psicosis. Cómo la adicción a Internet está alterando nuestros cerebros.
Por Sección Ciencia y Tecnología

Antes de lanzar el video más viral en la historia de Internet, Jason Russell era una gris presencia en la red. Su cuenta de YouTube estaba muerta, y sus páginas de Facebook y Twitter eran una sucesión de fotografías infantiles y actualizaciones hechas desde el patio de su casa. La red no fue hecha para "saber a cuántas personas les gustamos", pensaba, y etiquetó como favorita una frase del humorista Andy Borowitz: "es importante apagar nuestras computadoras y hacer cosas en el mundo real".

Pero en marzo pasado, Russell trató de apagarlo todo. Envió un enlace a "Kony 2012", su documental sobre el caudillo africano Joseph Kony. La idea era utilizar los medios sociales para hacer famoso a Kony como un primer paso para detener sus crímenes. Y pareció funcionar: la película se lanzó a través del ciberespacio y fue vista más de 70 millones de veces en menos de una semana. Pero algo le pasó a Russell en el proceso. Las mismas herramientas digitales que apoyaron su misión parecieron desgarrar su psique. Durmió solo dos horas los primeros cuatro días, produciendo un remolino de extrañas actualizaciones de Twitter. Envió un enlace a I Met the Walrus, una breve entrevista animada con John Lennon, instando a sus seguidores a "comenzar a entrenar su mente". Envió una fotografía de su tatuaje, TIMSHEL, una palabra bíblica sobre la elección del hombre entre el bien y el mal. En un momento dado, cargó y comentó una foto digital de un SMS de su madre. En otro, comparó su vida con la inquietante película El origen (Inception), "un sueño dentro de un sueño".

En el octavo día de su extraño vórtice del siglo XXI, envió un tweet final —una cita de Martin Luther King Jr.: "Si no puedes volar, entonces corre, si no puedes correr, entonces camina, si no puedes caminar, entonces gatea, pero independientemente de lo que hagas, debes seguir avanzando"— y volvió al mundo real. Se quitó la ropa y se dirigió a la esquina de una transitada intersección cerca de su casa en San Diego, donde golpeó repetidamente el concreto con ambas palmas y vociferó cosas sobre el diablo. Esto también se convirtió en un video viral.



Más tarde, Russell fue diagnosticado con "psicosis reactiva", una forma de la locura temporal. No tenía nada que ver con drogas o alcohol, enfatizó su esposa Danica en un mensaje de blog, y sí mucho que ver con la máquina que mantenía conectado a Russell aun cuando se desmoronaba. "Aunque es nueva para nosotros", continuó Danica, "los médicos dicen que se trata de una experiencia común", dada la "repentina transición [de Russell] del relativo anonimato a la atención mundial con críticas favorables y ridiculizaciones". Más de cuatro meses después, Jason fue dado de alta del hospital, pero aún está en recuperación. Su esposa tomó un "mes del silencio" en Twitter. Las cuentas de Jason en las redes sociales permanecen inactivas.

Las preguntas sobre los efectos nocivos de Internet sobre la mente son por lo menos tan viejas como los hipervínculos. Pero incluso entre los escépticos de la red, la idea de que una nueva tecnología podría influir en la manera en que pensamos y sentimos fue considerada absurda e ingenua, como agitar un bastón ante la luz eléctrica. En lugar de ello, Internet fue considerado como un medio más, un sistema de transmisión de información, y no como una máquina diabólica. Hizo que las personas fueran más felices y más productivas. ¿Y dónde estaban las pruebas que decían lo contrario?

Ahora, sin embargo, las pruebas comienzan a acumularse. Están surgiendo las primeras investigaciones rigurosas, y el panorama es mucho más sombrío de lo que los utopistas de la red admiten.La personificación de Internet —portátil, social, acelerada y penetrante— podría estar volviéndonos no solo más tontos o más solitarios, sino más deprimidos y preocupados, propensos a trastornos obsesivos-compulsivos y de déficit de la atención, e incluso abiertamente psicóticos. Nuestras mentes digitalizadas pueden verse en los escaneos de una forma muy semejante a las de los toxicómanos, y las personas normales se desmoronan en formas tristes y aparentemente nuevas.

En el verano de 1996, siete jóvenes investigadores del MIT desdibujaron la línea divisoria entre el hombre y la computadora, viviendo al mismo tiempo en el mundo físico y virtual. Llevaban teclados en sus bolsillos, radiotransmisores en sus mochilas y una pantalla frente a sus ojos. Se autonombraban "cyborgs", y eran monstruos. Pero como señala Sherry Turkle, psicóloga del MIT, "ahora todos somos cyborgs". Esta vida de conexión ininterrumpida ha llegado a parecer normal, pero eso no quiere decir que sea sana o sostenible.

En un lapso menor que el de la infancia de una sola persona, millones de personas se fusionaron con sus aparatos, mirando una pantalla durante al menos ocho horas al día, más tiempo del que pasamos en cualquier otra actividad incluyendo el sueño. Los adolescentes pasan hasta 11 horas frente a la pantalla. Más de un tercio de los usuarios de teléfonos inteligentes (que tiene un 29 por ciento de penetración en Argentina) se conecta antes de levantarse de la cama.

Mientras tanto, el envío de mensajes de texto es tan común como parpadear: una persona corriente, sin considerar su edad, envía o recibe aproximadamente 400 mensajitos al mes, cuatro veces más que en 2007. El adolescente promedio de EE. UU. procesa la asombrosa cantidad de 3.700 SMS al mes, el doble que en 2007. Y más que dos tercios de estos cyborgs normales y comunes, yo mismo incluido, señalan que sienten vibrar su teléfono cuando en realidad nada ocurre. Los investigadores lo llaman "síndrome de vibración fantasma". En Argentina, en mayo se quebró la barrera de 10 mil millones de SMS enviados, un 32 por ciento más que el mismo mes de 2011.

En su conjunto, los cambios digitales de los últimos cinco años son como un caballo que ha corrido a toda velocidad dejando atrás a su jinete. Las investigaciones dejan claro que Internet no es "solo" un sistema más de transmisión de información. Está creando un entorno mental completamente nuevo, un estado digital de la naturaleza donde la mente humana se convierte en un tablero de instrumentos giratorio, y pocas personas sobrevivirán incólumes.

"Es un tema tan crítico como el cambio climático", afirma Susan Greenfield, catedrática de Farmacología en la Universidad de Oxford. "Podríamos crear el mundo más maravilloso para nuestros hijos, pero eso no va a ocurrir si las personas caminan dormidas hacia estas tecnologías y terminan convertidos en zombis de ojos vidriosos".

¿Internet nos vuelve locos? No se trata de la tecnología misma o del contenido. Pero una evaluación de Newsweek sobre los hallazgos de más de una docena de países constató que las respuestas apuntan en una dirección similar. Peter Whybrow, director del Instituto Semel de Neurociencia y Conducta Humana de la UCLA, argumenta que "la computadora es como cocaína electrónica", alimentando ciclos de manía seguidos de episodios depresivos. Internet "genera conductas sobre las que las personas están conscientes de que no son para su mayor beneficio y las deja preocupadas y las hace actuar compulsivamente", dice Nicholas Carr, autor del libro Superficiales ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?". "Fomenta nuestras obsesiones, nuestra dependencia y nuestras reacciones de tensión", añade Larry Rosen, un psicólogo de California que ha investigado el efecto de la red durante décadas. "Alienta —e incluso promueve— la locura".

El miedo de que Internet y la tecnología móvil contribuyan a la adicción —por no mencionar el déficit de atención e hiperactividad y los trastornos obsesivos-compulsivos, a menudo relacionados— persistió por años, pero siempre habían prevalecido los negacionistas. "¿Qué sigue? ¿El abuso del microondas y la adicción al lapiz de labios?", escribió un experto en una de las principales revistas psiquiátricas, al rechazar un estudio nacional sobre el uso problemático de Internet en 2006. La "biblia" de los psiquiatras, el DSM, nunca incluyó una categoría relacionada con las interacciones entre los seres humanos y las máquinas.

Pero este punto de vista se volvió de golpe minoritario. Cuando el nuevo DSM (la quinta edición) se publique el próximo año, el trastorno por adicción a Internet será incluido por primera vez, aunque en un apéndice que propone estudios adicionales. China, Taiwán y Corea aceptaron recientemente el diagnóstico, y empezaron a tratar el uso problemático de la red como una grave crisis de salud. En esos países, donde decenas de millones de personas (y hasta 30 por ciento de los adolescentes) son consideradas adictas a Internet, principalmente a los juegos, la realidad virtual y las redes sociales, las historias llegaron a la tapa de la prensa sensacionalista. Una joven pareja desatendió a su bebé hasta morir mientras atendía a un bebé virtual en línea. Un joven mató a golpes a su madre por sugerirle que se desconectara (y luego utilizó su tarjeta de crédito de ella para adquirir más tiempo online). Al menos 10 usuarios intensivos de la red han muerto por coágulos atribuibles al hecho de estar sentados demasiado tiempo.

Ahora el gobierno coreano está financiando centros de salud, y coordinando apagones de la red a altas horas de la noche para los jóvenes. China, en tanto, lanzó una cruzada de madres en favor de hábitos positivos en la red, cuando se supo que algunos médicos usaban electroshocks y palizas para tratar a adolescentes adictos a Internet.

"Existe algo en este medio que lo convierte en adictivo", afirma Elias Aboujaoude, un psiquiatra de la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford, donde dirige la Clínica de Trastornos Obsesivos-Compulsivos y la Clínica de Trastornos de Control de los Impulsos. "He visto cómo muchos pacientes que no tienen antecedentes de conducta compulsiva —ni de abuso de drogas de ningún tipo— se vuelven adictos a través de Internet y estas otras tecnologías".

Un experimento de 2010 de la Universidad de Maryland, denominado "Desenchufado", pidió a 200 estudiantes universitarios que renunciaran durante un día a Internet y a las tecnologías móviles y que llevaran un diario de sus sentimientos. "Es obvio que soy adicto y la dependencia es repugnante", informó un estudiante. "Los medios son mi droga", escribió otro. Al menos otras dos escuelas no pudieron poner en marcha el experimento por falta de participantes. "La mayoría de los estudiantes universitarios no solo no están dispuestos, sino que son funcionalmente incapaces de estar sin sus enlaces con el mundo", concluyó el estudio.

Ese mismo año, dos psiquiatras en Taiwán postularon el trastorno de adicción al iPhone. Documentaron dos casos de sus propios consultorios: uno relacionado con un chico de secundaria que acabó en el manicomio cuando su uso del iPhone llegó a 24 horas al día. El otro, acerca de una vendedora de 31 años que usaba su teléfono mientras manejaba. Ambos casos podrían haberse considerado risibles de no ser por un estudio de Stanford sobre los hábitos de uso del iPhone, en el cual participaron 200 personas. En ese estudio se descubrió que uno de cada 10 usuarios se siente "completamente adicto" a su teléfono. Seis por ciento de la muestra admitió tener cierto nivel de compulsión, mientras que 3 por ciento no dejaba que nadie tocara sus teléfonos.

En los dos años siguientes, la preocupación sobre la atracción patológica de la red no ha hecho más que intensificarse. En abril, varios médicos declararon al Times of India acerca de un aumento anecdótico en la "adicción a Facebook". Los más recientes detalles de la obsesión de Estados Unidos con la red pueden hallarse en el nuevo libro del psicólogo Larry Rosen, iDisorder (iTrastorno). Su equipo encuestó a 750 adolescentes y adultos representativos de la población de California del Sur, detallando sus hábitos relacionados con la tecnología, sus sentimientos acerca de esos hábitos y su puntuación en una serie de pruebas estándar sobre trastornos psiquiátricos. Descubrió que la mayoría de los encuestados, con excepción de los mayores de 50, revisaban sus mensajes de texto, su e-mail o su red social "todo el tiempo" o "cada 15 minutos". De manera más preocupante, también descubrió que quienes pasaban más tiempo en línea tenían más "rasgos de personalidad compulsiva".

Quizás no es de sorprender: quienes quieren más tiempo online se sienten obligados a obtenerlo. Pero en realidad, estos usuarios no desean exactamente estar tan conectados. No es una elección muy libre la que lleva a la mayoría de los jóvenes empleados corporativos (de 45 años o menos) a mantener sus BlackBerrys en el dormitorio al alcance de su mano, de acuerdo con un estudio de 2011; ni tampoco es una libre elección, de acuerdo con otro estudio realizado en 2011, la que hace que 80 por ciento de los turistas lleven sus computadoras portátiles o sus teléfonos inteligentes de manera que puedan reportarse en el trabajo mientras están lejos, ni es una libre elección la que lleva a los usuarios de teléfonos inteligentes a revisar sus teléfonos antes de ir a la cama, a mitad de la noche, si se mueven, y pocos minutos después de despertar.

Puede parecer que estamos decidiendo usar esta tecnología, pero en realidad estamos siendo arrastrados hacia ella por la posibilidad de recompensas de corto plazo. Cada timbrazo podría ser una oportunidad social, sexual o profesional, y obtenemos una minirrecompensa, una descarga de dopamina, al responder la llamada. "Estas recompensas recargan el motor de la compulsión, de forma muy semejante al escalofrío que experimenta un jugador cuando una nueva carta cae en la mesa", declaró Judith Donath, estudiosa de los medios de comunicación del MIT, a la revista Scientific American. "Acumulativamente, el efecto es potente y difícil de resistir".

Hace poco fue posible observar cómo esta clase de uso de la red puede reconfigurar al cerebro. En 2008, Gary Small, director del Centro de Investigación sobre la Memoria y el Envejecimiento de la UCLA, documentó los cambios en el cerebro producidos incluso por un uso moderado de Internet. Reunió a 24 personas, la mitad de ellas usuarios experimentados de la red y la otra mitad compuesta por novatos, y pasó a cada una de ellas a través de un escáner cerebral. La diferencia fue sorprendente: los usuarios de la red presentaban cortezas prefrontales básicamente modificadas. Pero la verdadera sorpresa fue lo que ocurrió después. Los principiantes se fueron durante una semana, y se les pidió que dedicaran un total de cinco horas en línea y que volvieran para otro examen. "Los principiantes ya habían reconfigurado su cerebro", escribió después, reflexionando en forma pesimista sobre lo que podría ocurrir cuando pasamos más tiempo conectados.

Resulta que los cerebros de los adictos a la web se parecen a los cerebros de las personas adictas a las drogas y al alcohol. En un estudio publicado en enero, investigadores chinos encontraron "materia blanca anormal" en las áreas encargadas de la atención, el control y la función ejecutiva. Un estudio paralelo encontró cambios similares en los cerebros de los adictos a los videojuegos. Y ambos estudios se produjeron inmediatamente después de otros resultados obtenidos en China, en los que se vincula la adicción a Internet con "anormalidades estructurales en la materia gris", concretamente, la reducción de 10 a 20 por ciento en la zona del cerebro que se encarga del procesamiento del habla, la memoria, las emociones, los sentidos y otra información. Y peor aún: cuanto más tiempo pasaban online los sujetos, más señales de "atrofia" mostraba el cerebro.

Mientras que los exámenes de cerebro no revelan si se produce primero el abuso o los cambios en el cerebro, "hay pocas dudas de que nos estamos volviendo más impulsivos", dice Aboujaoude de Stanford, y una razón es el uso de la tecnología. Aboujaoude destaca el aumento en los diagnósticos de trastornos obsesivos-compulsivos y por déficit de atención con hiperactividad; este último creció 66 por ciento en la última década. "Hay una relación de causa y efecto".

Y no se engañe a usted mismo: la diferencia entre un "adicto a Internet" y una persona común es muy tenue o inexistente. Uno de los indicadores tempranos de la adicción consiste en pasar más de 38 horas a la semana en línea. De acuerdo con esa definición, todos somos adictos ahora, y muchos de nosotros hemos acumulado ese número de horas el miércoles por la tarde, o quizás el martes si es una semana ocupada. Las pruebas actuales para diagnosticar la adicción a Internet son cualitativas, y buscan incluir a las personas que admiten que, en efecto, están intranquilas, son reservadas o están preocupadas por los efectos sociales o laborales de la red; y que repetidamente han hecho esfuerzos inútiles por reducir su uso. Pero aunque esto sea enfermizo, muchos afectados no quieren recuperarse.

Al igual que la adicción, la supuesta relación de la web con la depresión y la ansiedad también fue en su momento ridiculizada. En un estudio de la universidad Carnegie Mellon realizado en 1998 se descubrió que el uso de la red durante un período de dos años se relacionaba con un estado de ánimo deprimido, soledad y pérdida de amigos en el mundo real. Pero todos los sujetos vivían en Pittsburgh, señalaron los críticos con desdén. Además, quizás la red no le sirva una sopa caliente, pero representa el final de la soledad, una aldea global de amigos, amigos a quienes usted no ha conocido aún

Pero las nubes han vuelto a oscurecer el cielo. En los cinco últimos años, numerosos estudios repitieron y ampliaron los hallazgos originales de Carnegie Mellon, mostrando que cuanto más tiempo pasa una persona en la aldea global, es más probable que se sienta peor. El uso de la red desplaza al sueño, el ejercicio y los diálogos frente a frente, todo lo cual puede perturbar incluso al alma más alegre. Pero el impacto digital podría durar no solo por un día o una semana, sino durante años. En un reciente estudio realizado en EE. UU. y basado en los datos sobre el uso de la red por parte de adolescentes en la década del ‘90 se encontró una relación entre el tiempo online y los trastornos emocionales en la primera adultez. En forma semejante, los investigadores chinos hallaron "un efecto directo" entre el uso intensivo de la red y el desarrollo de depresión, mientras que expertos de la Universidad Case Western Reserve correlacionaron el uso intensivo de los mensajes de texto y de las redes sociales con la tensión, la depresión y la ideación suicida.

En respuesta a este trabajo, un artículo de la revista Pediatrics señaló el crecimiento de un nuevo fenómeno denominado "Depresión de Facebook". Los médicos, de acuerdo con el informe publicado por la Academia Estadounidense de Pediatría, deben hacer preguntas sobre el uso de los medios digitales en cada chequeo anual.

Rosen, el autor de iDisorder, también señala una preponderancia en las investigaciones, la cual indica "una relación entre el uso de Internet, los mensajes instantáneos, el correo electrónico, el chat y la depresión entre los adolescentes", así como "una fuerte relación entre los juegos de video y la depresión". Pero el problema parece ser la calidad lo mismo que la cantidad: las malas experiencias interpersonales —tan comunes en línea— pueden generar estas espirales potenciales de desesperación. Para su libro Alone Together ("Juntos en soledad"), la psicóloga Sherry Turkle del MIT entrevistó a más de 450 personas, la mayoría de ellas adolescentes o veinteañeros, acerca de sus vidas en línea. Y aunque la autora de dos libros anteriores que hablan positivamente acerca de la tecnología, y que alguna vez apareció en la portada de la revista Wired, ahora revela un mundo triste y agotador de personas cubiertas de polvo de Doritos y entrampadas en una relación distópica con sus máquinas.

Las personas le dicen que sus teléfonos y computadoras portátiles son el "lugar de la esperanza" en sus vidas, el "lugar de donde proviene la dulzura". Los niños describen a sus madres y padres ocupados en formas profundas, presentes pero sin estar ahí. "Ahora, las madres amamantan y dan el biberón a sus bebés mientras envían mensajes de texto", dijo a la Asociación Psicológica Estadounidense el verano pasado. "Una madre tensa por los mensajes de texto va a ser percibida como tensa por el niño. Y ese niño es vulnerable a interpretar esa tensión como si proviniera desde el interior de su relación con la madre". Añadió que "la tecnología puede hacernos olvidar las cosas importantes de la vida".

Esta evaporación de la verdadera identidad también se presentó entre los niños de secundaria y universidad a quienes entrevistó. Luchaban con identidades digitales en una edad en la que la verdadera identidad está en cambio continuo. "Lo que aprendí en la escuela secundaria", le dijo a Turkle un chico llamado Stan, "fue perfiles, perfiles, perfiles; cómo crear un yo". Es una curva de aprendizaje muy estresante, una vida vivida completamente en público con la webcam encendida, con cada error grabado y compartido, ridiculizado hasta que se produzca algo más irrisorio. "¿Cuánto tiempo tengo que hacer esto?", suspiró otro adolescente, mientras se preparaba para responder 100 nuevos SMS.

El año pasado, cuando MTV encuestó a sus televidentes de 13 a 30 años de edad sobre sus hábitos en la red, la mayoría de ellos se sintieron "definidos" por lo que ponían en línea, "cansados" por tener que ponerlo siempre, y completamente incapaces de apartar la mirada por miedo a perderse de algo. "He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la demencia, hambrientas, histéricas, desnudas": con esta frase comienza el poema Aullido de Allen Ginsberg, un lamento beatnik que abre con personas "arrastrándose" al amanecer, buscando un "furioso pinchazo" de heroína. No es difícil imaginar la imagen metafórica alternativa de hoy.

El más reciente estudio acerca de la red y la depresión podría ser el más triste de todos. Con el consentimiento de los sujetos, la Universidad Estatal de Misuri dio seguimiento en tiempo real a los hábitos en la red de 216 niños, 30 por ciento de los cuales mostró señales de depresión. Los resultados, publicados el mes pasado, descubrieron que los niños deprimidos eran quienes usaban la red más intensamente, consumiendo más horas en el correo electrónico, el chat, los videojuegos y las redes para compartir archivos. También abrieron, cerraron y cambiaron ventanas del navegador con mayor frecuencia, buscando, tal vez, sin hallar lo que esperaban.

Cada uno de ellos se parece a Doug, un estudiante universitario del Medio Oeste que mantuvo cuatro avatares, manteniendo cada mundo virtual abierto en su computadora, junto con su trabajo escolar, su correo electrónico y sus videojuegos favoritos. Dijo a Turkle que su vida real era solo "otra ventana" y que "generalmente no es la mejor". ¿Hacia dónde se dirige todo esto?, se pregunta. Esta es la línea de investigación más atemorizante de todas.

Recientemente, los estudiosos han empezado a sugerir que nuestro mundo digitalizado puede apoyar formas de enfermedad mental aún más extremas. En Stanford, Aboujaoude está estudiando si algunas identidades digitales deben ser consideradas como "otredades" verdaderas y patológicas, al igual que los álter egos documentados en los casos de trastorno de personalidad múltiple (denominado actualmente trastorno de identidad disociativo en el DSM). Para poner a prueba su idea, sometió a uno de sus pacientes llamado Richard, un afable ejecutivo de recursos humanos con una intensa afición al poker en la web, a la prueba oficial para el trastorno de personalidad múltiple. El resultado fue sorprendente. Obtuvo una puntuación tan alta como la paciente cero. "¡El cuestionario bien pudo haber sido contestado... por Sybil Dorsett (seudónimo de una famosa paciente con personalidades múltiples)!" escribe Aboujaoude.

Los hermanos Gold —Joel, psiquiatra de la Universidad de Nueva York, e Ian, filósofo y psiquiatra de la Universidad McGill— investigan el potencial de la tecnología para romper los lazos de las personas con la realidad, de fomentar las alucinaciones, los delirios y la verdadera psicosis, como pareció ocurrir en el caso de Jason Russell, el cineasta detrás de "Kony 2012". La idea es que la vida online es semejante a la vida en la ciudad más grande, unida y suturada por cables y módems, pero no menos real y agotadora, desde el punto de vista mental que Nueva York o Hong Kong. "Alguien que vive en una ciudad grande tiene un mayor riesgo de psicosis que alguien que vive en un pueblo pequeño", escribe Ian Gold por correo electrónico. "Si Internet es una especie de ciudad imaginaria, podría producir parte del mismo impacto psicológico".

Un equipo de investigadores de la Universidad de Tel Aviv sigue una vía similar. A finales del año pasado publicaron los que, en su opinión, eran los primeros casos documentados de "psicosis relacionada con Internet". Las cualidades de la comunicación en línea son capaces de generar "verdaderos fenómenos psicóticos". "El creciente uso de Internet y su posible participación en la psicopatología son las nuevas consecuencias de nuestros tiempos", alertaron.

Entonces, ¿queremos hacer al respecto? Algunos dirían que nada, ya que incluso la mejor investigación está entrampada en el acertijo atemporal de qué fue primero. ¿El medio destruye a las personas normales con su presencia constante, sus distracciones interminables y la amenaza del ridículo público ante los pasos en falso? ¿O atrae a las almas perturbadas?

Pero, en cierto modo, no importa si nuestra intensidad digital provoca enfermedades mentales, o si solo las potencializa, en tanto las personas sufran. Agobiados por la velocidad de nuestras vidas recurrimos a psicofármacos, lo cual ayuda a explicar por qué países como Estados Unidos funcionan principalmente con Xanax (y por qué los ingresos en los centros de rehabilitación por benzodiacepinas, la familia de ingredientes del Xanax y otros ansiolíticos, se han triplicado desde fines de la década de 1990). También tratamos de obtener el falso rescate de realizar varias tareas al mismo tiempo, que se apodera de la atención incluso cuando la computadora está apagada. Y todos nosotros, desde que comenzó la relación con Internet, hemos tendido a aceptarla como es, sin pensar conscientemente acerca de cómo queremos que sea o qué queremos evitar. Esos días de autocomplacencia deben terminar. Aún podemos darle forma a Internet. Nuestras mentes están en juego.

Fuente: Newsweek.com

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