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Tim Burton, el heredero de Walt Disney
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¿Quién es Tim Burton? Sí, es cierto: gracias a un estilo gráfico bien reconocible, gracias a sus tramas y a sus personajes y gracias no poco a Johnny Depp, Tim Burton es tanto una marca como una persona.
as razones son múltiples, pero una de las más evidentes reside en el hecho de que Burton trabaja con un equipo muy definido de colaboradores que pocas veces cambia (el montajista Chris Lebenzon, el músico Danny Elfman, el diseñador Rick Heinrichs, los actores Johnny Depp o Helena Bonham-Carter). Eso alcanza para que el aire de familia, el estilo quede garantizado. Pero es evidente que ese estilo procede de una serie de decisiones y que, sucesivamente, esas decisiones están motivadas por un gusto y por una visión del mundo. Se dice hasta el hartazgo sin comprender bien los términos, claramente utilizados desde su uso menos preciso que Burton es gótico o barroco. Y si bien es cierto que en su caligrafía cinematográfica ambos estilos totalmente diferentes, por cierto son utilizados de algún modo para crear un campo visual sólo en apariencia oscuro, lo de Burton es, claramente, Walt Disney. Más que Spielberg, que ha adoptado especialmente en la iluminación y en la utilización del primer plano la caligrafía del creador de Blancanieves, es Tim Burton el hijo dilecto y adaptado a las últimas décadas del siglo pasado y al comienzo de éste de aquel señor que reinventó el cuento moral a través de la tecnología de punta.
Empecemos: Burton es, sobre todo, un diseñador y un dibujante. Primero dibuja a sus criaturas todas, puntualmente, alejadas del realismo como caricaturas de lo humano; luego las reconstruye con la ayuda del actor. Es un grado extremo de manipulación, todavía mayor que el del dibujo animado, pero al mismo tiempo permite que se cuele algo totalmente realista a partir del juego del intérprete, de lo aleatorio total de su interpretación. Es cierto que los maquillajes pálidos y los contrastes de colores hacen que el actor se vea reducido a unos pocos rasgos. Pero también que esos rasgos pueden moverse de un modo infinito.
Digámoslo rápidamente: Burton no se dedicó exclusivamente a la animación por cuestiones contractuales. Alumno de CalArts y becado de Disney, sus proyectos para cortometrajes o sus colaboraciones en diseños para filmes animados (notablemente las raras criaturas que inventó para ese fracaso que fue El caldero mágico , 1985) quedaban relegados. Burton pasó sus primeros años tras egresar haciendo trabajo en negro en El Señor de los Anillos (básicamente animador intervalista) y en la producción de El zorro y el sabueso (1981). Los egresados de CalArts que ingresan en Disney no pueden hacer animación fuera del estudio por una cierta cantidad de años. Así es como, tras concretar apenas Vincent (1982) y el primer Frankenweenie (1984), logró dirigir su primer largo con actores para Warner, que ha sido productora de casi todas sus películas de acción en vivo. Sabiamente, Burton inventó su estilo a partir de traducir el juego del dibujante a la acción en vivo. Y es notable que utilizara como herramientas para esa traducción los estilos de grandes realizadores-manipuladores-diseñadores: Fellini, Hitchcock y Orson Welles, con una pizca del viejo Caligari y algo de Fritz Lang. Pero esa es la ropa, no el verdadero cuerpo.
Disney, otra vez. Lo que debemos pensar es que los cuentos de hadas y los de terror se diferencian sólo en grado, no esencialmente. Forman parte de lo fantástico y maravilloso, y las hadas y los fantasmas tienen la misma sustancia. En definitiva, la lucha del bien y del mal en el Mundo es su razón de ser y la manera de presentar ambas fuerzas como algo real e inasible. Para Disney, el cuento de hadas, el relato con alguna característica infantil, no es más que un apólogo moral, parte de un proyecto didáctico. Para Burton, también. Se diferencian en que Disney creía en el futuro y Burton, en cierto pasado. Que para Disney había que regresar al Mundo después de un paseo por los territorios de la fantasía y, para Burton, no. De allí esa aparente oscuridad que es una manera irónica de presentar, en un mundo cada vez más atado a lo secular, aquello que podía presentarnos un puente a un universo más libre, incluso más natural. En las películas del realizador de Batman (1989) y Beetlejuice (1988), lo fantástico e inasible ha quedado reducido a un espacio marginal, escondido, al que sólo pueden acceder algunos pocos que han decidido alejarse del materialismo reinante y de las facilidades de la tecnología. Para Burton, los avatares de la modernidad son un incordio y la Utopía Americana, una mentira hecha de dinero.
El dinero, justamente, es lo que destruye a la mayoría de estos mundos. Pensemos en Max Schreck (Christopher Walken) en esa obra maestra total que es Batman vuelve (1992). Pensemos en el fracaso de Ed Wood (1994), en lo que corroe al pueblito de La leyenda del jinete sin cabeza (1999); pensemos en esa secuencia clave del desfile carnavalesco donde el Guasón asesino creado por Jack Nicholson arroja billetes al aire para luego asesinar a la masa. Es en ese punto, el del dinero y la cuantificación del éxito obtenido mediante la domesticación de la Naturaleza donde Burton se aparta de Disney. Pero sólo en eso: lo que hace Burton es acentuar la oscuridad de Tío Walt para mejor transmitir la marginalidad en la que han quedado las fantasías: lo irracional, lo trascendente, lo maravilloso hoy sólo encarnan en seres hechos de retazos, de pedazos de otros seres que alguna vez significaron algo.
Su versión de Alicia en el País de las Maravillas (2010), con su canto a la libre empresa como única aventura posible en el mundo real, es un cambio de paradigma muy acusado, incluso si el estilo permanece. Si por un lado aquel filme hablaba de la independencia de una mujer, de sus deseos y de su derecho a no atarse a los mandatos sociales, por el otro el personaje sólo encaraba su realización personal es antiguo el término, pero el único preciso convirtiéndose en lo que había sido su padre. Una sustitución más que un cambio, y realizado dentro de un relato más bien tradicional. Esa Alicia invertía a Lewis Carroll: en los libros del escritor, las reglas impuestas al mundo por la sociedad se revelaban irracionales, absurdas e inconsistentes, una demostración por el absurdo clásica para un matemático como Carroll. Burton, sin embargo, le impone a ese caos revelador un orden novelístico que lo esteriliza de su poder subversivo. Ese mismo poder subversivo que, después de un filme extremo como Sweeney Todd (2007), ha desaparecido para encarnar sólo en Johnny Depp. Incluso ese es otro cambio para mal. Depp siempre fue el hombre más sexy del mundo, y su trabajo con Burton implicaba una autoironía impuesta. Pero desde hace mucho tiempo desde que triunfó como Jack Sparrow, su propia creación autónoma es más fácil esperar de Depp una carcajada que un gesto de seducción. Por lo tanto, aquella leve subversión que implicaban los personaje freaks que el actor encarnaba en los filmes del realizador de Beetlejuice ahora aparece disuelta. Burton y Depp se han convertido, un poco a su pesar, en parte del núcleo del mainstream .
Fuente: Revista Ñ/ Por Leonardo M. DEspósito