"No sé con qué armas se luchara en la tercera Guerra Mundial, pero sí sé con cuáles lo harán en la cuarta Guerra Mundial: Palos y mazas". Albert Einstein.
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La guerra, la paz y el pan de cada día
Estamos retrocediendo.
El mundo, cuando no es capaz de dar solución con la paz y con la vida a conflictos que son, en realidad, políticos, retrocede.
Retrocedemos cuando elegimos los tanques y los bombardeos, antes que el diálogo. Retrocedemos cuando los padres son quienes entierran a sus hijos, y no al revés.
El ataque de Rusia a Ucrania ha generado un sentimiento generalizado en contra de Vladimir Putin, en el sentido de que, de todos los caminos posibles para lidiar con un conflicto, eligió el peor.
Manifestaciones masivas en las capitales del mundo abogando por el fin de la guerra han tenido su correlación en medidas concretas tomadas no solo por los gobiernos, sino además por empresas privadas. Corporaciones de occidente llevan adelante su propio bloqueo, con millonarios costos financieros en muchos casos, al cerrar aeropuertos a los aviones rusos, o quitar estrenos de las plataformas de streaming, o incluso al crear un cono de silencio en torno a Moscú desde la tecnología.
Si estamos de acuerdo o no con esto es otro cantar. Las miles de personas que están muriendo -rusos y ucranianos, militares y civiles, niños y grandes- nos impiden pensar en otra cosa.
Parece imposible que tras haber saltado de siglo y haber luchado contra un virus que nos ha dejado huérfanos de millones de padres, madres, hijos, hermanos, amigos sigamos pensando en que el mundo se arregla con políticas viejas que solo dañan.
Como ciudadanos de un planeta cada vez más comunicado, de esta aldea global en la que todos nos conectamos en décimas de segundo con ucranianos, rusos, españoles, italianos, estadounidenses o nuestra propia familia donde quiera que esté, no podemos mirar hacia otro lado.
De hecho, lo queramos o no la guerra tiene implicancias directas en nuestra forma de vida. Un ejemplo inmediato es el precio del pan y la especulación (tan argentina) de los molinos harineros al no entregar el producto pensando en que el mundo requerirá de nuestro trigo. ¿Quién paga el pato? Una vez más, el consumidor argentino que vive en un país productor de materias primas básicas como son las alimenticias, pero paga precios que su bolsillo no resiste.
Y sin embargo no hay quejas desde los hogares argentinos. Estamos inmersos en un silencio de años, una apatía que sólo nos convierte en una masa fácil de diagnosticar y guiar.
La guerra nos abre una nueva posibilidad de desarrollar nuestra propia ética, como nación, sobre lo conflictos. Es un nuevo momento en la política mundial que nos debe permitir ubicarnos de otro modo en la región y, dentro de los límites argentinos, tal vez sanando nuestras propias guerrillas internas.