"He dejado mi casa, mi familia y todo por un niño. Y lo voy a seguir haciendo". La tenía más que clara. Desde aquellos momentos en los que se le cruzó por la cabeza dejar de dirigir, solía repetirse constantemente esa frase. ¿Cómo alejarse de lo que hacía desde los 17 años? ¿Cómo hacer oídos sordos a los pedidos de los clubes que todos los años le pedían una mano? Y así fue. Los acompañó hasta su último instante consciente en este mundo, en una cancha, donde mostraba su mejor versión. Amadeo Manzilla construyó piedra por piedra un enorme legado que quedará para siempre, siendo el prócer del fútbol infantil en General Alvear. No es casualidad que los grandes jugadores surgidos en los últimos 60 años, a la hora de rememorar sus trayectorias, mencionen haber empezado con el gran Amadeo.
A un año de la ida de Amadeo Manzilla: biografía del prócer del fútbol infantil
La provincia de La Pampa lo vio nacer un 15 de enero de 1943, pero a los 9 años se trasladó a Alvear para adoptarlo como su tierra para siempre. "Vine para estudiar, pero fue lo que menos hice. Trabajé como hacíamos los chicos antes, sin que se me cayera nada. Y aprovechaba los ratos libres para ir a pegarle puntazos a la pelota en la canchita de Juventud Unida en el Barrio San Carlos" recordó él mismo hace algunos años. No fue hasta los 12 que Amadeo pudo jugar de manera más formal, cuando su querido Rojinegro y Francisco Rudyck aparecieron en su vida. El Ruso vino a buscarlo para que jugara en Colón y con el tiempo hasta le compró los botines para que siguiera. "A él le debo todo lo que soy, es como mi padre. Yo no tenía idea lo que era una pelota y gracias a ese club hoy puedo decir todo lo contrario".
Se las rebuscaba bien como futbolista: varios de los que lo vieron contaron en más de una oportunidad que era persistente y tenaz, no dando pelotas por perdidas. Era número 9 en sus inicios, aunque con el tiempo lo mandaron a la cueva y transitó la parte final como marcador central. En el Rojinegro debutó a los 17 años en primera y transitó buena parte de su trayectoria futbolística allí, teniendo pasos a préstamo por Tiro Club (Tunuyán), Atuel Norte (San Rafael) y Sportivo Los Sifones (Jaime Prats).
Paralelamente, fue desarrollando lo que sería la gran pasión de su vida y lo que lo llevó a dejar un recuerdo imborrable en la sociedad alvearense: la docencia en el fútbol. "Don Felipe Alcaraz, el carnicero de enfrente, me ayudó a clavar unos palos en El Medanito para hacer una cancha, con la idea de que nosotros pateáramos cuando salíamos del aserradero. De golpe se empezaron a amontonar chicos y fue el Ruso Rudyck el que me dijo que hiciera una especie de Baby Fútbol". El primer campeonato tuvo tres equipos: el Ciclón (con Donaire como formador), Atlético Alvear (con Rubén Sosa en el Barrio San Carlos) y el propio Colón.
Con 20 años ingresó a lo que con el tiempo también consideraría otro hogar: la Escuela Técnica, donde se transformó en el celador más famoso y conoció al profesor Osvaldo Martínez, otro de los que lo guió en los inicios. "Yo amo a ese colegio y siempre diré con orgullo que fui su celador. Cada vez que había un torneo, el director venía y me decía Amadeo, lleve a los chicos'. Y a mí me encantaba"
Un docente de la pelota, con valores agregados
Un buen dato que sería bueno averiguar es cuántos kilómetros marcó el contador del Wolkswagen amarillo. Más allá del fútbol y de su familia, ese vehículo fue su principal compañero durante muchos años, llevando chicos de un lado a otro. Es cierto: el Amadeo era de contar con orgullo los triunfos de sus niños. Pero las acciones del día a día se las guardaba, no las daba a conocer. Con el tiempo, jugadores consagrados o bien que podían llegar a primera, contarían de las veces que los llevó a sus casas, les pagaba la merienda y les daba lo que no tenía.
"Cuando veía que un chico cambiaba los botines, iba y le pedía que me diera los de antes. Los guardaba en casa en secreto y se los daba a otro chico cuando no tenía". Y sí: estaba en todas. Incluso cuando, en el medio de un picado en la práctica, sonaba fuerte el silbato para frenar el partido. "¿Falta de quién?" preguntaban los nenes. Nadie había cometido una infracción. Pero sí se escuchó un insulto; motivo suficiente para accionar. "Las criaturas no tienen maldad. Yo los abrazo, les toco la cabeza y les pregunto qué les está pasando. Hablo con ellos, porque por algo dicen barbaridades. No sabés lo que pueden estar pasando, si tienen padres separados, si han comido bien". Cuánta paciencia. Y cuánta razón.
Dar todo por una pasión no pesa en el momento, sino que por el contrario se hace con orgullo. Pero hasta el más grande de los amores puede resultar algo cansador si los sacrificios son demasiado importantes. "Hay veces que llegás agotado a tu casa. O hay un cumpleaños de mis hijas o de los nietos y resulta que el Amadeo siempre está ocupado con los chiquitos. Ahí es donde a veces la familia me pega unas sacudidas". Y es que la familia lo era todo para Amadeo y, aunque no quería dejar a los chicos, no se podía permitir fallarse a los más cercanos.
Colón, Andes, 10 de Septiembre, Independiente La Marzolina, Ferro, Argentino... su largo palmarés como entrenador de juveniles (también llegó a dirigir primera, aunque no le agradó el hecho de "llegar a la casa siempre enojado") le ha permitido conocer y formar a un número incontable de niños. "Que vaya donde vaya siempre me encuentre camadas enteras de chicos y ya grandes que en su momento dirigí y que todos quieran saludarme es mi mayor satisfacción. A excepción de Ferro, yo no cobraba en los clubes, nunca gané plata porque esto lo hacía con mucho cariño". Pasarán los años y se contarán miles de historias del gran Amadeo. Relatos que surgirán de diversas partes del país, siendo reconocido a nivel nacional por una gran cantidad de clubes y torneos. Está claro: su paso por este mundo dejó una huella imborrable, con su nombre inmortalizado.