Opinión

Educación en tiempos de COVID: discriminar con números

Los ministros de Educación de todo el país, con Nicolás Trotta a la cabeza decidieron avanzar en "devoluciones orientativas" a los estudiantes y sus familias mientras dure la pandemia. En la provincia se siguen calificando con números, lo que abre una clara brecha de desigualdad.

A diferencia de lo que ocurre en el resto del país, en Mendoza los docentes debemos cargar al sistema GEM, las notas de proceso de nuestros estudiantes mediante calificaciones numéricas, en un afán incomprensible de sostener un sistema educativo que una vez más demuestra no realizar ni contemplar una lectura de la realidad y mucho menos de tomarla como parte del proceso de enseñanza y aprendizaje.

Desde que se declaró la emergencia sanitaria por el COVID-19 y los y las estudiantes dejaron de asistir a las escuelas, las desigualdades sociales, económicas y culturales se han extremado como así las condiciones para pasar y sostener el aislamiento.

En materia educativa esto se destaca en el acceso a la conectividad, que se convirtió -desde ya hace años- en un parámetro de exclusión y marginalidad. Los estudiantes que no tienen en sus hogares conexión a una red - alrededor del 50%- no están ejerciendo su derecho a recibir educación por parte del Estado, una tarea que es su responsabilidad principal e indelegable según la Ley 26.206 de Educación Nacional. A esto se suman otros factores que influyen en la imposibilidad a ese acceso: espacio para estudiar, acompañamiento de la familia, los conocimientos necesarios por parte de ésta para desarrollar las actividades, tiempo y, por supuesto, una buena alimentación.

Sin embargo, lejos de contemplar estos aspectos, la Dirección General de Escuelas insiste en calificar numéricamente las devoluciones y la participación en las actividades que las y los docentes (sobrepasados y sin un horizonte claro) envían a los chicos mediante redes sociales y aplicaciones.

Esto va a provocar un desequilibrio que habrá que ver cómo se salva al momento de retomar la presencialidad en las escuelas, ya que van a haber estudiantes con calificaciones y otros sin ellas. Pero es pertinente preguntar, ¿qué nos está pidiendo calificar la Dirección General de Escuela? En este contexto no podemos pensar otra cosa más que en los recursos y condiciones de vida de cada estudiante y el apoyo de madres, padres o responsables. Y por otro lado, ¿quién está accediendo a la escolaridad y para quién está funcionando la escuela? Indudablemente para aquellos que cuentan con el capital económico, social y cultural necesario, lo que provoca que entonces la institución escolar esté reproduciendo las desigualdades existentes que se supone, debe contribuir a minimizar.

Pero, ¿qué nos está mostrando de la escuela y del sistema educativo provincial la pandemia del covid? Sin lugar a dudas la incapacidad de responder a emergencia y la carencia de un proyecto político pedagógico que tenga claro el rumbo de la educación de nuestros niños, adolescentes y jóvenes y el rol que los docentes y la escuela cumplen en él. Quizá esto daría respuesta a la incertidumbre que la comunidad educativa tiene cada día sin entender bien a dónde va.

Otra de las evidencias que está poniendo a la luz el contexto pandémico es el alejamiento de la realidad de los estudiantes que tiene el sistema educativo y que se demuestra en las aulas, donde no se tienen en cuenta los conocimientos construidos fuera de ellas.

Quizá sea un buen momento para reconocer los espacios de aprendizaje que están más allá del aula y que se encuentran en la cotidianidad de los estudiantes y en los de la familia y ver en este contexto la oportunidad para estrechar lazos entre cada integrante de la misma en lugar de pretender garantizar la escolaridad y evaluación de quienes tienen acceso a los bienes culturales y económicos para acceder a su tarea. Puede ser que eso sea mucho más significativo para nuestros niños y adolescentes en edad escolar y nos permita conocer más sus intereses e inquietudes, tenerlos en cuenta y construir un sistema educativa más humanos, donde el aprendizaje sea recíproco y donde no se estigmatice a los más vulnerables.

*Por Andrea Fontana - Profesora de Letras - Fundación El Aleph

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