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historias en tiempos de pandemia

Morir en soledad, la puñalada certera del coronavirus

Por Myriam Ruiz.

"Se puso de pie en el jardín en el que había estado trabajando y miró a lo lejos. Había notado un cambio en el tiempo. Se había vuelto a levantar viento, voluta sonora en el aire, y los altos cipreses oscilaban. Se volvió y subió la cuesta hacia la casa, trepó una pared baja y sintió las primeras gotas de lluvia en sus desnudos brazos. Cruzó el pórtico y entró rápida. (...) Cuando él giró su obscura cara de ojos grises hacia ella, se metió la mano en el bolsillo. Peló la ciruela con los dientes, sacó el hueso y le introdujo la pulpa en la boca. Él volvió a murmurar y atrajo el atento corazón de la joven enfermera hasta sus pensamientos, hasta el pozo de recuerdos en el que no había cesado de sumergirse durante los meses anteriores a su muerte".

Así comienza El Paciente Inglés, la bella novela de Michael Ondaatje que narra un amor trágico en el final de la Segunda Guerra Mundial y la vida de cuatro personas en una Villa en la Toscana sumida en ruinas por los bombardeos. La vida de los cuatro personajes transcurre solitaria y sin novedades entre esas paredes con historia. No pueden ir más allá de un huerto de ciruelos porque los caminos están sembrados de granadas dejadas atrás por un ejército que retrocedía aún haciendo daño.

En este aislamiento que estamos viviendo, obligados a movernos entre nuestras propias cuatro paredes, mirando hacia adentro más que hacia afuera, no puedo evitar traer a mi mente una y otra vez esa novela.

Hana es la enfermera que cuida al hombre agonizante, un hombre con historia. El tiempo transcurre entre el techo de esa habitación, pintado con un antiguo fresco, y la cocina. Las escaleras son el lugar en el que ella se ejercita, saltando de dos en dos los escalones o jugando a una rara rayuela. El techo de la biblioteca, derrumbado por las bombas, se convierte en una original azotea que deja entrar a las estrellas por las noches. Y por fuera de todo eso, la triste realidad de alguien que va a morir. Y por dentro de todo eso, el júbilo de haber vivido.

En este atípico 2020 veo enfermeras llorando en la televisión, quebradas de cansancio y desesperación. Veo familias encerradas en sus casas, inventando juegos para sus niños. Veo ciudades, cunas de la moda, del arte, de la historia, convertidas en enormes cementerios. Veo fosas comunes y me trae recuerdos horribles del holocausto.

Y en medio de todo, veo gente que muere sola. Tal vez la peor puñalada asestada por el Covid 19 a la humanidad sea el hacer "desaparecer" a las personas en un instante, como si nunca hubiesen estado aquí.

Leía la historia de un matrimonio que enfermó de Coronavirus en Washington. El 85, ella 83, se contagiaron y fueron internados de urgencia en un hospital. Murieron allí, con horas de diferencia, sin volver a tocar a sus hijos, sin volver a ver un rostro conocido ya que todos quienes los cuidaban estaban armados con barbijos, gafas, batas, batines, guantes, máscaras... Una imagen que se repite a lo largo y ancho del planeta.

En las terapias del mundo se ha adoptado la costumbre de comunicar a los pacientes con sus familias, al menos por última vez, a través de una videollamada. Claramente, un gesto de amor.

Leía hace poco la historia de una enfermera española cuya especialidad no era terapia intensiva pero, al contagiarse uno por uno médicos y enfermeros, fue convocada a ese sector. "Ninguna de las personas que entran a nuestra sala ha salido con vida. Muchos mueren cada día. Cuando llego a casa, mientras me ducho y lavo la ropa, lloro", cuenta. Esa mujer tiene algo que la despierta por las noches, una pesadilla recurrente. Ha visto sonar tantos celulares al lado de pacientes agonizantes de Covid 19 que sueña con ello. Familias, amores, amigos, hijos, hijas, padres, madres, hermanos... gente, como nosotros, que queda del otro lado esperando un último adiós que ya nunca llegará.

En El Paciente Inglés, la enfermera es lo último que ese hombre ve antes de morir. Hoy, a esta hora, en este minuto, miles están muriendo del mismo modo. En salas inmaculadas y frías, lejos del calor de su hogar.

La tristeza más grande de esta pandemia es la soledad en la que nos refugiamos, o nos refugian. La soledad desde la que miramos el mundo. La soledad en la que muchos están mirando el mundo por última vez.

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