La intensidad de la cuarentena se vio atravesada esta semana con el anuncio de la presentación de la oferta argentina para la renegociación de la deuda externa que convocó el presidente Alberto Fernández. Pese al convulsionado escenario internacional producto de la pandemia, que como en el país ha derivado en parálisis económica, aumento de desempleo y recesión en el resto del mundo, el Gobierno entendió que no era momento de más postergaciones en un asunto tan excluyente.
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Que el barbijo no nos tape el bosque
Por el contrario, especuló que este mundo patas para arriba y en el que existe un fuerte cuestionamiento hacia la voracidad del capitalismo financiero con un renovado fervor hacia la presencia del Estado en sectores sensibles como la salud, ha permitido que incluso organismos emblema de la ortodoxia del orden fiscal como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, posen una mirada más contemplativa -en particular sobre los países emergentes- o incluso piadosa de los números que cuenta además con la prédica constante en esa misma dirección del Papa Francisco.
Así la cosas, Fernández decidió que en el contexto mundial había una oportunidad política local para que los vectores de la crisis sanitaria y de la crisis de la deuda se tocaran con la esperanza de arriesgar un impacto de neutralización que tal vez favorezca el desempeño futuro de alguna de los dos variables; aun cuando la reactivación post-Coronavirus es una incógnita, y pese a las contradicciones del propio Gobierno sobre las prioridades establecidas en este tiempo en torno a la falsa dicotomía "salud sí/economía no".
Se abre ahora un periodo de negociación de al menos tres semanas que determinará según las respuestas de los tenedores de bonos la confirmación o no sobre un nuevo default de Argentina. Por lo pronto, la oferta incluye una quita severa tanto de intereses como de capital y tres años de gracia. Pero el baldazo de realismo fueron las palabras del propio presidente cuando en esa conferencia no tuvo empacho en asegurar que más allá de la recepción de la propuesta, nuestro país estaba ya en "default virtual".
Cuando el gobierno asumió el 10 de diciembre del año pasado supeditó su plan económico a la negociación de la deuda. Ni en las mentes más imaginativas aparecía una pandemia global como la que hoy atravesamos. En un juego tan adverso y casi sin mayor margen de error (pese a los cometidos al subestimar el impacto del Covid19 en Argentina) el Gobierno se juega ahora a la opción de las partidas simultáneas: pandemia/deuda/crisis porque tal vez entiende que descuidar un frente puede hacer caer los logros que se obtengan en el resto. Aunque por supuesto, si la vida bajo la amenaza de la epidemia se mantiene así hasta la primavera, el único plan económico posible será el de la estricta subsistencia. Para crecer habrá tiempo suele decir el Presidente, aunque no contextualiza su costo a lo largo del tiempo. Aplanar la curva no debe ser sólo un imperativo para la epidemia, sino también para que la economía navegue sobre un crack productivo fenomenal.
¿Cita a ciegas?
Algo similar le sucede a las provincias tanto con la crisis sanitaria, como con la de la deuda y la economía doméstica ya que están atadas a la suerte de la Nación. La imposibilidad del manejo de las variables macroeconómicas y de todos aquellos resortes derivados de la emergencia hoy en manos del Presidente, hacen que el federalismo se debilite junto con nuestras libertades ciudadanas, pero también el margen de acción de los gobernadores.
Rodolfo Suárez no es la excepción. Y como la mayoría de los mandatarios provinciales rompió su aislamiento para estar en la convocatoria presidencial. Según trascendió oficialmente, sin conocer el contenido de la propuesta de negociación con los acreedores. Mucho menos la puesta en escena donde flanqueaban al presidente, su vice, Cristina Fernández y el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta; y donde a la par de los gobernadores la Casa Rosada sentó a Máximo Kirchner o a Mariano Recalde, por ejemplo.
La búsqueda de blindaje político ya parece ser una marca de estilo de Fernández que por momentos se apega a estos buenos gestos institucionales y por momentos descredita en declaraciones públicas a opositores o periodistas críticos. Su prédica de la unidad parece que debe leerse en clave de unanimidad. Y si esto no sucede, es capaz incluso de no tener diálogo con su principal oposición que viene pidiendo, hasta ahora sin éxito, una audiencia desde comienzos de la crisis.
En ese delicado corredor y bajo esas extremas condiciones debe transitar Suárez (pero también Rodríguez Larreta y el resto de los opositores que gobiernan). El gobernador parece haber entendido las reglas y así las cumple. Viajó a Buenos Aires, no se quejó de lo que allí sucedió, ni de la sorpresa que pudo causarle el anuncio. Y luego a través de Twitter respaldó la postura oficial: "El país necesita una deuda sostenible y que no sea a costa del sufrimiento de los argentinos", escribió el gobernador. Nadie podría decir que la visita a Olivos fue una emboscada; en todo caso, una cita a ciegas de la que -al menos públicamente- no hubo quejas sobre el resultado.
Desde Casa de Gobierno asumen que ese es el juego que les ha tocado jugar en una relación con la Nación que definen como "ambigua". Y ejemplifican: "Nos peleamos por los respiradores pero nos siguen bancando con Portuzuelo...".
Por lo pronto, la preocupación local sigue siendo la de los recursos. El ministro Lisandro Nieri confirmó esta semana que las arcas provinciales tuvieron en marzo (contra el mismo mes del año pasado) una caída de la coparticipación nacional del 21% -que actualización inflacionaria mediante- representa 1.000 millones de pesos menos. En momentos donde la cuarentena también diezma la recaudación propia, el dinero que llegue desde Buenos Aires -vía emisión, básicamente- es la única fuente de financiamiento de las provincias. Allí también se explica el alineamiento de Suárez en esta circunstancia.
El viernes la Provincia terminó de enviar los protocolos y la propuesta para que, con aval nacional, a partir de mañana cerca de 10 actividades retomen el ritmo de trabajo en Mendoza. Básicamente, de manera on line y con todas las recomendaciones sanitarias. "Necesitamos que se vuelva a producir para no perder más empleos", relatan de manera dramática desde el entorno del gobernador. Aunque la ilusión de Suárez incluya también obtener facilidades en las deudas que Mendoza tiene con el Banco Nación y la Anses, y en que un hipotético acuerdo por la deuda se redireccione a las provincias fondos previstos para los acreedores internacionales.
Así, en la reapertura gradual de la economía y en el disciplinamiento con la Nación están puestas las esperanzas para recuperar lo perdido, o al menos evitar la profundización del deterioro productivo que a diferencia de un par de semanas atrás no todos querían advertir; y que desde hace unos días cada quien percibe a pesar del uso obligatorio de barbijos. El impacto de la crisis, aún con nariz y boca tapada (que podría incluso profundizarse si un default pone la cereza de un postre) queda a la vista con sólo abrir bien los ojos.