"Había una vez, en un país muy lejano, un reino embrujado en el que todo el que caminaba por la calle moría. Los habitantes de la aldea ya no salían a hacer las compras, como solían, sino que cerraban sus puertas con dobles y triples cerrojos, tapiaban sus ventanas y encendían incienso para alejar el espíritu maligno de la peste. El hermoso castillo, alrededor del cual había crecido el poblado, estaba oscuro y abandonado. Los reyes y sus hijos habían muerto antes que nadie y las gentes decían que la enfermedad rondaba por los lúgubres pasillos de piedra, observando astuta desde las alturas a los asustados pobladores.
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Había una vez... un reino en el que todos iban a morir
La muerte se había enseñoreado de la región y los juglares contaban, sin canto alguno, que hombres y mujeres morían como moscas a lo largo y ancho del reino. Las madres asustadas guardaban provisiones para el invierno, los hombres recolectaban leña y salían a cazar para tener provisiones. El encierro, decían, es la única manera de resistir".
¿Llegó la cura? ¿Se salvaron los habitantes del poblado? ¿Quedaron sólo los jóvenes y volvieron a fundar una nación, como ocurre en alguna novela futurista de los ochenta? No lo sabemos, el cuento se transformó en una realidad angustiante que en este 2020 ha trascendido fronteras, físicas y geográficas.
El Coronavirus, nuevo y poderoso villano, ya está con nosotros. Día a día en Mendoza aparecen nuevos casos -algunos ya sin nexo epidemiológico- y mueren un puñado de argentinos. Los médicos dicen que debemos acostumbrarnos a esa nueva normalidad.
Mientras, imágenes aún lejanas nos muestran un mundo de pesadilla. Miles de ataúdes trasladados en Italia de una ciudad a otra porque ya no hay cementerio que los pueda recibir; geriátricos españoles en los que el Ejército ha descubierto a los abuelos muertos en sus cama mientras otros siguen su vida algunas puertas más allá. Las fosas comunes cavadas en Estados Unidos para enterrar a cientos de víctimas no son imágenes simples de digerir.
Tal vez sea momento de sembrar un poco de "realismo descarnado" en esta Argentina tan particular que sigue violando reglas, convirtiendo la cuarentena en unas vacaciones extendidas. Una cifra: sólo en el 2017 murieron 65 mil argentinos debido a infecciones en las vías respiratorias. O sea 178 personas por día. Y aún no existía esta pesadilla.
Cuando los médicos y virólogos dicen estas estadísticas en televisión, los conductores se sorprenden y replican por qué entonces estamos tan asustados por el Coronavirus.
En primer lugar el virus tiene una alta velocidad de propagación y aún se desconocen tratamientos efectivos para detenerlo; por esta misma velocidad, su capacidad de propagación hace colapsar sistemas de salud... Y hay algo más que las potencias nunca van a admitir: todo el dinero del mundo no les ha servido para manejar esta pandemia. El país de Trump, que en todas las películas gana -no importa si son bélicas, de boxeo o contra alienígenas horribles- en esta guerra está perdiendo igual que todo el mundo.
Será momento pues, de las sociedades que miran hacia adentro y son capaces de repensarse. Alemania e Inglaterra se reconstruyeron luego de quedar en ruinas y hoy son potencias económicas. Esto es una guerra; esto es una catástrofe de la que todos saldremos con cicatrices.
Argentina tiene que ser capaz de encontrar sus fortalezas en medio de esta crisis y, como sabemos hacerlo tan bien, atar con alambre lo que se vaya rompiendo; bordar al crochet los eslabones que vayamos perdiendo; volver a soldar estructuras endebles; abrazar con empatía al que sufre; curar a los enfermos; ayudar al que más lo necesita; estudiar por internet; trabajar el que puede desde casa; y, sobre todo, proteger a niños y viejos.
En definitiva, ser más argentinos que nunca. Somos eso, somos familia. Cuidarnos entre nosotros es una tradición que no todos los países tienen y que aquí será la tabla que nos mantenga a flote. Somos latinos, somos tango, folclore y vino. Resistiremos y, de esta, saldremos unidos.