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HISTORIAS EN TIEMPOS DEL CORONAVIRUS

Las naranjas de María

Por Myriam Ruiz

Una sociedad nueva parece estar gestándose. Pongo los noticieros y ya no encuentro el asesinato nuestro de cada día, ni el asalto a mano armada, bajaron notablemente las "entraderas" y ya no mueren, en accidentes viales, jóvenes alcoholizados, ni gente que iba a trabajar, ni familias que volvían de sus vacaciones.

Hay un cambio sutil en el carácter de las personas. Se nota cuando ceden el espacio en la fila del almacén -separados un metro y medio de quienes lo rodean- al abuelo que fue a realizar las compras porque no tiene a quién pedírselo.

Y hay un cambio, no tan sutil, en las calles desérticas donde ya no hay hordas de adolescentes maldiciendo ni tratando con horrorosa falta de respeto a cualquiera que se le cruce en el camino, y donde tampoco hay niños jugando, ni enamorados andando, y muy pocos trabajando.

El cambio se nota en los detalles más inesperados. Como el que le ocurrió a Gustavo mientras hacía cola para pagar en una gran frutería. La fila era extensa y los clientes esperaban su turno, con grave respeto, sin articular palabra. Cada uno en el punto exacto de seguridad que establece el nuevo protocolo social del coronavirus, sin adelantarse ni respirarle al otro en la nuca. De pronto un hombre, despistado como podría ocurrirme a mi, pasa por delante de todos para ir a pagar. La mujer que está en primer lugar le marca su error y él, sin ofenderse, se mueve hacia la última casilla. La casa está en orden.

Y sin embargo, por esas cosas inesperadas del destino, a la chica que forma fila delante de Gustavo se le cae su bolsa de naranjas que comienzan a esparcirse por el suelo, sucio, del local. Él se apresta a ayudarla levantando algunas y ella -vamos a llamarla María- lo frena con un ademán de fiera: "¡¿Qué hace invadiendo mi burbuja de metro y medio?! ¡Aléjese!", parece gritarle María, con los ojos y con las manos.

Gustavo retrocede, el coronavirus avanza un espacio en ese Juego de la Oca virtual.

Las naranjas ruedan en mi imaginación, rebotan contra el piso y quedan suspendidas en el aire formando un pequeño sistema solar. ¿Qué le está pasando a mi planeta?, me pregunto. La respuesta tarda en llegar.

Un patógeno invisible ha puesto en jaque a la Tierra. No es la primera vez en la Historia que existe una peste como esta. Antes, millones han muerto por enfermedades atroces. Pero sí es la primera vez que somos espectadores de lo que sucede, en tiempo real, a lo largo y ancho del mundo. Si hasta conocemos el nombre de esa anciana belga que murió cediendo su respirador a alguien más joven, o de aquella enfermera italiana que no soportó los 900 muertos por día y, tristemente, decidió acabar con su vida también.

A esta altura, como millones de seres humanos me pregunto dónde terminará esto. ¿En una vacuna salvadora o en una nueva extinción masiva? ¿Qué gobiernos serán los que puedan hacer más por sus ciudadanos?... ¿Los capitalistas a ultranza o los populistas? ¿Las monarquías o las democracias? ¿Los Estados de Oriente o los de Occidente?

Abro la puerta de la heladera y allí están. Siete naranjas redondas y brillantes, como enormes virus rechonchos destacando contra el blanco impoluto.

Tomo una, la exprimo y bebo su exquisito jugo. Al fin y al cabo, la vida sigue y con ella las rutinas más simples son las que nos ayudan a encarar el día a día en este planeta, en esta galaxia, en esta porción del universo en la que nos creemos hijos de Dios y no somos más que una célula que vivirá tan solo lo justo y necesario.

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