Es muy loco, pero en Mendoza la solitaria vida de una mona en el zoológico mendocino, asunto que le provocaba serios padecimientos y consecuencias negativas a su calidad de vida, y las heridas recibidas por un perro callejero producto de la pirotecnia alocada de un grupo de manifestantes, causaron más reacción, rechazo y más escozor popular, que el salvaje e inhumano ataque que un grupo de asesinos en potencia dirigió contra un indigente que el sábado a la noche, mientras dormía en la calle, cuando lo prendieron fuego arrojándole unas bolsas de basura en llamas sobre todo su cuerpo.
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Jesús, la mona Cecilia y el perro Tiger
Un comentario en Facebook me llamó a reflexionar unos minutos sobre este fenómeno. Un hombre, conmovido por lo que hicieron con Jesús -el indigente en situación de calle prendido fuego-, se preguntó extrañado por el hecho de no ver en las redes sociales el mismo grado de conmoción social en el que entraron algunas organizaciones ambientalistas, animalistas y -agrego yo-, los mismos funcionarios del Gobierno provincial, que cuando trascendió aquella triste noticia del perro Tiger que casi pierde la vida al explotarle un petardo en la boca frente a la Subsecretaría de Trabajo, cuando pasaba por allí una manifestación de trabajadores públicos en contra del Ejecutivo.
Algo raro y extraño debe estar ocurriendo en ciertas mentes que entran en excitación extrema cuando algún peligro acecha a los bichos y mascotas que nos rodean, o cuando literalmente los afecta una dolencia. Y convocan a marchas y reclaman en las mismas redes sociales a viva voz por la cabeza de tal o cual; pero ni se inmutan frente a la barbarie de la que fue víctima el pobre Jesús.
Lo mismo ocurre con los acontecimientos de inseguridad graves que a diario se dan en alguna parte de la provincia, pero que producen impactos desiguales o discriminados según el origen y estatus social de quien ha sido la víctima de la atrocidad. Una muerte violenta en los barrios pobres de Guaymallén, Las Heras o Godoy Cruz, no genera la misma reacción que una misma muerte violenta en algunas calles de la Sexta o Quinta Sección de la ciudad de Mendoza.
No se trata de un comentario resentido, ni mucho menos. Sino simplemente de la exposición de una conducta curiosa como una de las característica del pueblo del que formamos parte. Y de la que tenemos que hacernos cargo.
Hasta en los medios le dedicamos más espacio al caso de la mona Cecilia -ya finalmente viviendo por suerte, como todo el mundo quería y quiere, en un zoológico privado de Brasil-, y al perro Tiger. Hasta hubo funcionarios del Gobierno provincial que le dedicaron horas de tiempo ocupados en persona de la situación de ambos animales famosos y dejar, para la posteridad, sus imágenes retratada en modo selfie, cuidadosamente difundidas en Facebook y Twitter. Y ni hablar de los miles de comentarios en las misma redes de decenas y decenas de ciudadanos ocupados y preocupados por aquellos ambos casos.
El pobre Jesús, hay que decirlo, se recupera. También hay que decir que la gente del área de asistencia social del gobierno que lo atendió tras el brutal y salvaje ataque no usó las redes para trascender más allá de lo que corresponde como función a cumplir.
Jesús hace tiempo que vive en la calle y que se gana la vida como cuidacoches en la calle Las Heras de ciudad. No sabe hacer otra cosa y tampoco quiere dejar ese ámbito, pese a los intentos por convencerlo de lo contrario que hacen los operadores que lo están asistiendo.
Vayan estas líneas como homenaje a los tantos Jesús que tenemos en las calles de Mendoza, a los que pasan hambre y no son registrados por el Estado, a las víctimas de la violencia extrema que no tienen tanta repercusión porque los mendocinos claro que somos selectivos y vaya si no. Y también para la mona Cecilia y para el perro Tiger, que no tienen la culpa en absoluto que sus vidas nos preocupen más que la de un pordiosero y miserable hombre en situación de calle.