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Convocatoria Cuentos Andinos

"Ser un ortiva"

Por Gregorio Linares Rodríguez. "Tenía veinte años cuando me di cuenta de que era un imbécil...".
Por Sección Cultura


SER UN ORTIVA 

                                                             Por: Gregorio Linares Rodríguez. 

Tenía veinte años cuando me di cuenta de que era un imbécil. No, imbécil no ¿O sí? No, definitivamente no. En realidad tal vez actualmente sea un imbécil por no encontrar un adjetivo que realmente me describa a mí mismo a los veinte años.

Pienso en el pelotudo de Hernán Casciari, que en realidad no es un pelotudo, lo admiro mucho. Pero quiero putear porque sí, insultar por placer. Ahí está, soy un ortiva, un infeliz. Un infeliz que se siente feliz de serlo, por ende se cancela y soy igual a cero. Ortiva, simplemente eso.

Paréntesis. Me colgué en decir por qué pensé en el pelotudo de Casciari, y es porque él en un texto habla del garrón de la nueva generación de intentos de escritores, que nunca van a sentir la mística de escribir a puño (no sé si él dice mística, y tampoco dice "intento" de escritores, eso es por mí). Estoy escribiendo con una lapicera en una hoja A4 a cuadros. No con un lápiz, con una lapicera. Porque yo no me equivoco. Mentira, sí me equivoco. Una bocha, pero amo tachar. Tacho muchísimo. Me gusta terminar un texto y mirar la hoja recostada sobre el escritorio, con las piernas abiertas, toda tachada, desprolija, con manchas de vaya uno a saber qué. No sé por qué, pero me encanta. Tal vez me recuerda a alguna mujer, a alguna mañana. Cierro paréntesis.

A veces uno se va por las ramas. No es este el caso, cada milímetro de este texto ya está planeado en mi cabeza. ¡Mentira! Nuevamente cayeron, lectores, nuevamente cayeron.

Estábamos en que tenía veinte años cuando me di cuenta de que era un ortiva. En ese entonces, yo no era un pibe normal, pero tampoco un pibe raro. No era tan estándar como para estudiar ingeniería, ni tan distinto como para estudiar piratería informática ética. Y lo que está en el medio de esas dos categorías es "interesante". No quiero sonar agrandadito pero era un pibe interesante. Lo sabía. Estudiaba literatura, era pianista, fumaba como condenado, me gustaba mirar atardeceres, amaneceres y todas esas pelotudeces de adolescente enamorado y cinéfilo. De vez en cuando escribía un poemita, y hasta usaba lentes. ¿Acaso eso no era ser un pibe interesante?

En fin, tenía veinte años cuando me di cuenta de que era un ortiva. Y no solo eso, sino un ortiva que además de antisocial, se siente superior a la gilada. Siente que verdaderamente la está mirando desde arriba, sin darle ni cabida. Pero solo era un infeliz igual al resto, solo que mil veces más antipático, pajero y arrogante, con dejos de poeta bohemio que nunca leyó ni a Borges ni a Neruda, a pesar de estar estudiando literatura.

Paso a narrar, de una puta vez, la historia de cómo fue que me di cuenta de que era un pelotudo. Digo, un ortiva. No tengan tantas expectativas, no es más que una simple anécdota, de esas que contás en un asado y cuando terminás de hablar, notás cómo una manada de borrachos te mira con una inconfundible expresión de "¿Eso es todo?"

Por compromiso tenía que ir al cumpleaños de una ex compañera de la secundaria, que hasta la podría clasificar como amiga. O ex amiga. De nombre Carla, una persona muy simpática, pero no viene al caso. Lo cierto es que no tenía ni el dos por ciento de las ganas totales que uno puede llegar a tener de ir a un lugar.

Ya me imaginaba a pibes forzadamente simpáticos, bien empilchados, con perfumes caros y músculos que sólo usaban para hacerse la paja más rápido y sin cansarse. Y por otro lado las pibas, rubias, con tacos altos, también con perfumes caros, sonrisa Hollywood, piernas crossfit, tan sexys como estúpidas, que se cancelan y son igual a cero.

Junté fuerzas, me saqué un par de mocos que tenía atorados (sí, quería oler bien esos perfumes chetos, me fascinaban), me bañé, me miré en el espejo ocho, o nueve veces tratando de imitar expresiones de Johnny Deep, me vestí chuchi y me fui a la mierda (cumpleaños).

Al llegar me sorprendí de mi capacidad de figurarme una imagen tan exacta, tan igual a la real, antes de haber llegado al lugar. Pibes y pibas como describí anteriormente por doquier, en diferentes grupitos. Ellos, hablando del gimnasio y de lo putas que eran ellas. Ellas planeando juegos con cartas para emborracharse lo antes posible. Sin dudas los más estúpidos eran ellos.

Acto seguido, busqué con la mirada a Carla. La encontré, me encontró. Encaré decidido a darle un beso y decirle el convencional "¡Feliz cumple!", y ella me interrumpió con un abrazo. Sin dudas era una de las personas más agradables del lugar. Y además de ser piola, había comprado un montón de botellas de diversas marcas y tipos de alcohol. Pero para mí eran todas iguales, todas tenían una etiqueta blanca, que decía con letras negras, grandes y en mayúscula "Tomame, soy toda tuya".

De más está decir que no me opuse a la consigna de las etiquetas, y media hora más tarde ya estaba hablando pelotudeces en el jardín, cagado de frío porque era agosto y de noche, con un pucho en la mano que me duró horas (recién me di cuenta de que no era un solo pucho eterno, cuando se me acabó el paquete). Charlaba de pelotudeces con un amigo, también ex compañero. Amigazo, mejor dicho. De los pocos con los que podía mantener una conversación. Hasta el día de hoy lo conservo.

Y acá viene la parte más importante de la historia. En eso salieron un par de pibas, como las describí, solo que más sexys que estúpidas. Y ahí, ya van a ver, ahí está mi error. Eso de "más sexys que estúpidas" lo digo ahora. En su momento, apenas salieron, pensé "sexys y estúpidas, igual a cero". Tenía ese prejuicio instalado como un chip en la cabeza. Carla, mi ex amiga, estaba con ellas. Salían a fumar, o ese era un pretexto, y nos pidieron fuego. A partir de ese momento pasó como una hora en la que charlamos, obviamente, de pelotudeces. Y ahí fue cuando, disimuladamente, Carla me dijo al oído: -"Cintia te tiene ganas"-. Vi cómo Cintia se había percatado de la maniobra. Al parecer, otra piba le tenía ganas a mi amigo, porque pestañé y nos habíamos quedado los cuatro solos.

Seguimos charlando un poco, pero ya era hora de activar. Pero en ese entonces yo no iba al hueso sin antes hacer una pregunta crucial.

-¿Qué música escuchás?- le pregunté a Cintia, haciéndome el que quería sacar un tema de conversación, pero detrás de esa interrogante se escondía un "¿Valés la pena, Cintia?"

-Un poco de todo- me respondió, que en mi idioma significaba "No, loco, no valgo la pena". Y ahí fue cuando creí haber confirmado mi teoría: era tan sexy como estúpida.

Ahora me acuerdo de esa manera de pensar que tenía y me siento casi fascista, absolutamente intolerante y prejuicioso. Lo cierto es que razonaba así. Después de eso, dije que me tenía que ir, sin siquiera dar un porqué. Y me fui a la mierda (mi casa).

Después de unos meses, me dio curiosidad saber un poco más de esta piba. Hablé con Carla, le pedí que me contara un poco acerca de Cintia. Me comentó que estudiaba historia, que amaba la literatura, y que todos los fines de semana se iba con una agrupación de no sé qué, a no sé qué barrio a ayudar a la gente de ahí. "Interesante" pensé. Pero Carla me dijo que Cintia ya andaba en otra. Eso significaba que ya no tenía chances de nada.

Por suerte, la vida no es ortiva como yo, y me dio una segunda oportunidad, que no iba a desperdiciar por nada en el mundo.

Ahora es ella la primera persona que lee lo que escribo, y la única que me dice "Está bueno el cuento, gordo. ¿Por qué esa cara de orto? No seas ortiva".


Datos del autor: 

Gregorio Linares Rodríguez. Nacido el 16 de junio de 1996, actualmente estudiante de tercer año de la carrera Ciencias Políticas y Administración Pública en la Universidad Nacional de Cuyo. Integrante de la banda de rock "MarcO'Polo" donde se desempeña como bajista, cantante y compositor. 

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