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"El sillón del viejo"
EL SILLÓN DEL VIEJO
Por: Sol Romero
Siempre limpiaba el sillón del viejo. La madera relucía y el almohadón invitaba a sentarse pero aún así nadie lo hacía. La Mecha vivía en una casita que habían construido juntos y que ella todavía seguía construyendo. Su especialidad era remendar medias y sacar manchas que ningún jabón moderno podía ¡Cuánto esperaba los jueves! Ese día llegaba el Leandrito, su nieto preferido. Y claro, era el único. El Leandrito llegaba con una sonrisa impecable y diciendo: "Mecha, ¿qué hay de comer?". Por alguna razón que ella no conocía, el Leandrito sólo le decía abuela para su cumpleaños y para Navidad.
El Lean no respiraba cuando comía las pastas de la Mecha. Ella casi no comía, le gustaba mirarlo y no perdérselo un segundo. No sólo era su nieto preferido, sino que también la única visita que recibía. Su hija lo dejaba y no se bajaba del auto, sólo la veía una vez al mes cuando la llevaba a cobrar la jubilación. El Leandrito llegaba con una bolsa llena de medias para remendar, de ropa que ese jabón moderno no había podido limpiar, y acompañado con su raqueta de tenis porque, luego de pasar la siesta con la Mecha, se iba al club.
Después de comer, le leía a su abuela algún cuento o poema que había escrito esa semana. A veces, el Leandrito estaba cansado del colegio y le pedía a su abuela que le leyera, pero ella respondía que no, que le encantaba escuchar los textos de la voz del escritor. Cuando al Lean le decían que era un escritor, así con todas las letras, se le iluminaba la mirada. Ella disfrutaba tanto esas tres horas en compañía de su nieto que pasaba el resto del día cantando Frank Sinatra, a pesar de no saber inglés.
Los otros días de la semana, la Mecha no tenía mucho para hacer. Arreglaba la ropa que su hija le había traído, limpiaba el sillón del viejo y esperaba ansiosamente que volvieran los jueves. También hacía las compras. Podría ir al supermercado de una sola vez y abastecerse para toda la semana, pero era una actividad para matar el tiempo y por eso iba varias veces al día al mercadito del barrio. Antonio, el dueño del almacén de la esquina, estaba enamorado de la Mecha. De su sensatez, de su perseverancia y sus ganas de vivir a pesar de estar sola, de su belleza y de ese vestido abotonado al frente, azul con margaritas. Cuando la Mecha se ponía ese vestido, con sus setenta y nueve años, no sólo Antonio la miraba, sino también el de la tapicería de a la vuelta y Miguel, su vecino de toda la vida.
A ella también le interesaba Antonio desde hacía años. Antonio estaba separado y vivía solo atrás del negocio. Un paquete de azúcar era excusa para extensas charlas. Él sabía que ella jamás lo aceptaría porque todavía pensaba en Enrique, y además Enrique había sido su amigo.
El viejo había partido hacía doce años.Un cáncer irrefrenable la dejó a la Mecha sola con su sillón. No pasaba un día sin que pensara en él. No pasaba una noche en que la Mecha no se acercara un banquito al sillón y se sentara a hablar con él. Le contaba de lo inteligente que era el Leandrito, ese bebé que él conoció con un año y ahora era un escritor al que lo obligaban a jugar al tenis.
Ella le había regalado a su nieto la vieja Olivetti de su marido. Leandro sólo podía usarla en casa de su abuela porque escribir, a su mamá, le parecía una pérdida de tiempo. Además de las siestas de los jueves, el Lean tenía una señorita que sabía de su talento y le mandaba como tarea escribir cuentos o poemas para que, cuando su mamá le preguntara qué estaba haciendo, él pudiera responder: la tarea.
Había un libro que al viejo le gustaba mucho y siempre le leía frases a su esposa desde su sillón. Enrique disfrutaba leer varias veces ese libro y sostenía que las grandes verdades de la vida estaban ahí. Era Utopía, de Tomás Moro. Le había insistido varias veces a su esposa en que lo leyera, pero ella le decía que prefería escucharlo de la voz de tan ávido lector.
El sillón y el libro le hacían sentir que él estaba ahí. Su nieto siempre le había preguntado por el libro y ella le respondía que todavía era chico para esa literatura. Él le pedía que le leyera esas frases que su abuelo le leía a ella, pero la Mecha se negaba.
Ese jueves el Leandrito llegó raro, como con cara de"te tengo que decir algo". No preguntó qué había de comer, como siempre hacía. Comió y, entre bocado y bocado, le contó que en el colegio tenía un compañero mucho mayor que él, como de cuarenta años, que era su amigo y que no tenía nada de malo estudiar de grande. La Mecha asentía con la cabeza mientras le servía más canelones.
-Abuela, ya sé que no sabés leer.
Se le resbaló el cucharón. Avergonzada, la Mecha no pudo decir nada. El Leandrito le dijo que no iba a escribir más en la Olivetti, a la siesta, y que ahora le iba a enseñar a leer.
Fueron jueves enteros de clases de lectura. Con setenta y nueve años la Mecha aprendió a leer.
Una noche, sin darse cuenta, se sentó en el sillón del viejo por primera vez.Tomó el libro y, cuando se disponía a leerlo, vio que de una esquina asomaba un pedazo de papel doblado a la mitad. Nunca antes lo había visto, era la letra del viejo. Decía:
-Venite.
Los ojos se le cerraron y ella fue.