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Que se termine la sanata, de una buena vez

Salvo unos pocos a los que siempre les ha ido bien, el minifundismo mendocino va de mal en peor, rehén de vivos y víctima de gobiernos que por más promesas y acciones que lleven adelante siempre se quedan cortos con sus políticas. El hilo, como casi siempre, se termina cortando por lo más delgado.

Los mendocinos estamos acostumbrados a escuchar o a penar -según el lugar que la vida nos ha destinado, por elección o por suerte, sea esta buena o mala, de acuerdo cómo se la mire-, la situación de los productores agropecuarios, sean estos que se dediquen al cultivo de la uva, al de las hortalizas o al de las frutas, en especial los de peras y manzanas.

Año tras año, los productores intentan llegar a los máximos niveles de decisión gubernamental para plantear la baja rentabilidad que sufren o la permanente pérdida de mercados por obra y gracia de políticas que nunca dan en el clavo.

Ayer, los productores de peras y manzanas del Alto Valle de Río Negro y Neuquén llegaron con su protesta a los pies mismos de la Casa Rosada. Unos 10 mil kilos de manzanas y de peras de primerísima calidad fueron regalados a miles de porteños que, atónitos, se agolparon desde las 9 de la mañana en la Plaza de Mayo para recibir, de manos de los mismos productores, ese preciado producto que para muchos de ellos resulta ser el almuerzo o la merienda y por el que llegan a pagar entre 30 y 50 pesos el kilo de peras y de manzanas cuando van a los supermercados o a las verdulerías del microcentro de la capital del país.

La movida de los productores valletanos alteró el paisaje habitual de la gran urbe porteña. Entre sorprendidos y azorados, los vecinos no podían creer que luego de hacer una o dos horas de cola llegaran a recibir una bolsa con peras o con manzanas sin tener que pagar un solo peso. Abordados por los cronistas de la TV, varios de esos porteños -siempre prestos y decididos a colaborar con la tarea periodística-, se atolondraban ante las cámaras de los canales contando su experiencia particular frente a tan osada, creativa y desacostumbrada manifestación de productores que, en vez de tirar la fruta en las rutas, decidieron regalarla a quien la quisiera frente al despacho mismo del presidente de la nación.

Algunos días atrás, pequeños y medianos productores lecheros de Santa Fe y de otras zonas ganaderas, organizaron una movida parecida en la ciudad de Rafaela. Allí, en las veras de las rutas de acceso a esa ciudad santafesina se manifestaron con tractores, camiones y camionetas y a cada automovilista que pasaba por el lugar le entregaron un sachet de un litro de leche acompañado por un folleto en el enumeraron sus penurias: el nulo nivel de rentabilidad, el bajo precio que reciben por su producción, el saqueo del que son víctimas por parte de las cadenas de distribución y la nula reacción estatal para dar con un plan que evite que día tras días el negocio siga cayendo sistemáticamente en las mismas manos, en perjuicio de la diversidad y multiplicidad que garantizan los pequeños y medianos.

Parte del campo argentino, el de las economías regionales con la excepción de unas pocas, vive de tragedia en tragedia. Y no por culpa de las políticas de Macri solamente. Hace varios años que los mendocinos venimos siendo anoticiados de los problemas de los pequeños y medianos productores de nuestra zona. Productores a los que se les hace cada vez más difícil mejorar su producción porque no tienen acceso a los agroquímicos, porque les falta el agua, porque no pueden realizar como corresponde las tareas culturales de los meses de invierno, porque al acercarse las cosechas las heladas o la piedra les lleva lo que vieron crecer en el año, porque en tiempos de cosecha los grandes concentradores del negocio no les cumplen con los precios pactados, tanto de la uva como del vino, y por muchas otras razones más.

Salvo unos pocos a los que siempre les ha ido bien, el minifundismo mendocino va de mal en peor, rehén de vivos y víctima de gobiernos que por más promesas y acciones que lleven adelante siempre se quedan cortos con sus políticas. El hilo, como casi siempre, se termina cortando por lo más delgado.

Los porteños y los funcionarios de Macri escucharon ayer con más claridad los gritos de los reclamos. Cristina, cuando gobernaba, nunca permitió que una protesta similar a la de ayer llegara hasta la Plaza de Mayo. Cuando estos mismos productores fueron al encuentro de la ex presidenta, por entonces presidenta, se encontraron con una guardia pretoriana de militantes afines al kirchnerismo que les cerró el paso. Ayer llegaron y es de esperar que el esfuerzo no haya sido en vano. Lo veremos con el correr del tiempo.

La manifestación de los productores de Río Negro y Neuquén, con problemas similares a los de nuestro Valle de Uco, permitió que aparecieran en escena algunos números crudos.

Por ejemplo, que ha caído el nivel de consumo de peras y manzanas en el país de 11 kilos per cápita, a 4; que este año se perdieron 200 millones de kilos de manzana verde que se quedó en la planta -o en el piso- porque llevarlas al intermediario industrial, que les ofrecía pagar 40 centavos por kilo, les significaba perder más de lo que iban a ganar; porque en total la pérdida de alimentos frutícolas en el Alto Valle ascendió a los casi 400 millones de kilos y porque de todo el valor de la producción de peras y manzanas, el 50 por ciento quedó en manos de los supermercados, un 25 por ciento en las de la logística de distribución, en intermediarios y gastos de cosecha, y el 25 por ciento final en los gastos de la producción, en la poda, en los agroquímicos, en el riego, etcétera, etcétera.

Para estos productores, los porteños no deberían pagar más de 10 pesos por kilo de manzana. Pero ayer, en las verdulerías cercanas a la Plaza de Mayo, el mismo producto que se regalaba frente a la Rosada tenía un precio de entre 30 y 47 pesos. Pero al productor le prometieron pagar 3 pesos por kilo a cobrar entre enero, febrero y marzo del año próximo.

De estas cosas se tiene que ocupar el gobierno y dejar la sanata de una buena vez.


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