"SOMBRAS"
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"Sombras"
Hay un bar chiquito. No me pregunto por qué estoy, ni como llegué. No sabría cómo, cuándo ni dónde. El cruza calles con luz amarillenta muestra la llovizna fría, cientos de manos raquíticas caídas del cielo.
Veo la mesa y una ventana que da a la calle, escojo el sitio, me acomodo el corto en la cintura, busco los cigarros el chispero (encendedor), la hora de siempre en el reloj que ella me regaló.
Imagen ilustrativa: web.
Las mesas, las sillas desvencijadas. Alguna vez alguien patino la madera. Ahora, el paso del tiempo.
Tal que aparece un hombre ajado de sol, lluvias, montañas, mar, desierto. Me parece un viejo envejecido antes de serlo.
Podría ser un mendigo, un borracho una de tantas sobras que deambulan la noche. Podría ser yo pienso-.
No puedo verme. Busco un espejo un verso, algo donde mirarme.
En la mesa de al lado piden un vino negro, una jarra; el vaso tiene una boca marcada roja, en el costado, ella lo observa esperando las palabras que le susurre la borra brava del fondo.
Al mesero solo puedo verle una mano, gorda rugosa.
Toc toc los recipientes sobre la mesa. Otras tantas tablas sonando, al compás, los misterios de aquel antes.
Un carraspeo, aclara la garganta del cantor.
Suelta un tango, Malena creo, en ese escenario improvisado desde siempre. Desde el inicio.
Las voces, los rostros desconocidos, van y vienen.
El humo choca a las sombras que deambulan en el lugar.
Lo ocupan, envuelven todo en un ardor espeso de angustia.
Quiero cantar, cantarlo, quiero acompañarlo pero no recuerdo la letra, ni tengo voz.
Los brumosos recuerdos me gritan en los oídos, los oídos me duelen al punto de estallar, perforar los tímpanos. Duelen los maxilares apretados por ese intento inútil y crece la desesperación y mis ganas de cantar.
El hombre sigue ahí. Bebe, sacó trago; soltará otro tanguito.
Miro alrededor quiero ver como cuando tenía ojos, quiero tocar con las manos que tuve. Las ganas ahora son necesidad. Impotente me pido otro intento, un esfuercito más, me digo.
Afuera llueve, las ventanas chorrean mugre, trajinar de los días.
El tipo, el cantante ha conseguido contagiar. Otros sumados lo acompañan, tararean haciendo un maravilloso coro de desafinos.
Algún que otro cabeceo; el dos por cuatro en las piernas filosas de esa mujer oscura. La botella en su cabeza, equilibrio de tantas noches!. El pelo negro le cubre los hombros desnudos. El vestido azul, hilachitas de lo que fue. La luz escasa obliga adivinar en la penumbra.
El humo de los cigarros sube y choca al olor de las fritangas, perfumes baratos, transpiración.
Andan, sombras en quejumbroso bandoneón, se entrecruzan con otras que incesantes van y vienen.
Siguen cantando y yo desesperado, intentando inútilmente, intentando.
La lluvia de afuera crece. Otras sombras entran chorreando sus amarguras. Un amparo bajo la tormenta.
Oteo otra vez allá. Quizá buscándola entre las siluetas que saltan charcos, en las gotas sucias salpicando en el barro.
Otros perros ladran a lo lejos.
No sabría precisar, ¿cuándo fue? Tampoco por qué llegué ahí, en la neblina espesa del recuerdo.
No supe cuándo, los fuegos se quemaban ardiendo en nuestros cuerpos. Las brazas devoradas por aquel aguacero de Enero.
Estuvimos vivos, me dije.
Entre tanto la noche se estira, se hace honda y profunda como una herida.
Del País Olvidado. Inédito. Germán Hernández Araguna