Estoy convencido de que muchos de los que estamos pisando los 50 somos los culpables del fracaso de Messi en la Selección. No sólo del más grande jugador de fútbol, luego de Diego, claro, y lo digo sólo como hincha común del fútbol y sin arrogarme ningún mote de especialista en la materia porque ni ahí de tenerlo. También por culpa de nosotros, de los que rayamos un poco más o un poco menos de los 50, llevan colgado el mote horrible y despiadado de perdedores esos galácticos como Di María, Agüero, Higuaín, Lavezzi, Mascherano y otros.
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La generación aturdida
Ha sido nuestra generación la que puso en manos de estos chicos la esperanza de que volveríamos a ser los mejores del mundo en el fútbol. Los veíamos y aún los vemos jugar en sus equipos europeos y creímos que juntos, todos juntos vistiendo la camiseta de la Selección, la transformarían en invencible. El tridente indomable e intratable que creíamos conformaban Messi, el Kun y el Pipita. Teníamos fundamentos suficientes para pensar eso y alimentar esa convicción año tras año, competencia tras competencia.
Nuestra generación, la de más o menos 50, le ha hecho mucho daño a estos chicos, héroes todos en sus clubes europeos. Les inyectamos una sobredosis, de la que ya abundaba por una cuestión genética en sus cuerpos, de ser absolutamente superiores en todo sentido a los demás, ante quién se les plantara y los desafiara.
De solo verlos cómo se movían por el mundo nos dábamos cuenta de la cabal representación que hacían de todos nosotros: miradas por sobre el hombro, narices arrugadas como oliendo mierda cada vez que eran atosigados por sus encendidos y extasiados fans, respuestas socarronas, ironías y sarcamos varias y varios; esa actitud para nada contemplativa y suficiente para con periodistas obsecuentes y cholulos.
¡Pero en qué cabeza podía caber que alguno de ellos podía llegar a desviarse un metro para acercarse a saludar con onda y de onda a los miles de seguidores que estos chicos fabricaron en el mundo entero cuando les rogaban, a los gritos y a llanto pelado, que les firmaran un trapo con los colores de la Selección, o la camiseta del club de sus amores! Pero ¡por favor! Si estaban más allá de todo. Superiores e inalcanzables.
Les hicimos daño porque depositamos en ellos, justamente en ellos que no estaban preparados para asumir tamaño compromiso, todas nuestras frustraciones, las que fuimos acumulando por años como generación. Y sin darnos cuenta los transformamos en responsables de todo.
Mis cuatro hijos y muchos de sus amigos están cerquita de la edad de estos fantásticos. He notado en sus ojos la pena de que no hayan podido ver triunfar a la Selección, como futboleros que son y como lo pudimos experimentar nosotros sus padres, en manos de sus propios referentes y admirados jugadores. Este año se dará, quedáte tranquilo, si tenemos a Messi, al Kun, al Fideo Di María, al Pipita , les he dicho a cada uno de ellos individualmente, como cualquier padre hablando con su hijo y tratando de mitigar la tristeza y la desesperanza ante la acumulación de traspiés.
Pero quiero compartir con ustedes un entripado agarrotado que tengo en las entrañas desde algunos años: creo que nuestra generación, la de más o menos 50, no sólo le hizo daño a estos chicos fantásticos del fútbol argentino y mundial. También se lo hicimos al país y nos tenemos que hacer cargo de una buena vez.
Nuestra generación fue la que reflotó la grieta entre los argentinos. Fue la que permitió que jóvenes, que creíamos maravillosos como a los chicos de la Selección, condujeran el camino hacia la vuelta a la militancia social y política perdida en el país en aquellos años desastrosos de los 90. Algunos creyeron que esos jóvenes, sufridos y supuestamente súper formados e instruidos, podrían ser nuestra salvación; mientras que otros los usaron para fabricar, por medio de ellos, su propia salvación personal, política y patrimonial. Y así nos fue.
La década ganada dejó en parte, como consecuencia, una generación frustrada. Generación frustrada de jóvenes entusiastas, convencidos y fanatizados detrás de un ideal que les pintamos o pintaron que cada uno se haga cargo de lo que le toca quienes rayamos o pasamos los 50. Y el daño está a la vista de todos.
No podemos negar que los galácticos del fútbol tienen aptitud para lo que hacen. Son los mejores en lo suyo. Quizás les faltó actitud para triunfar. Y al resto de los jóvenes de más o menos la misma edad, pongamos de entre 25 y 40 años, y a los que les hicimos creer que el país estaba en sus manos y que por medio de ellos llegaríamos lejos, puede que les haya pasado lo mismo. Los confundimos, se la creyeron, los dejamos grogui.
Pero esto ha pasado no por culpa de ellos, ¡ojo!, sino por nosotros los mayorcitos si se me permite el término, a los que nos ganó la cómoda, a los que se nos desprendió por acción o por omisión la responsabilidad del presente y el futuro del país.