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Cuentos de Otoño

"De parte del sol"

Por Bianca Cecchini. En memoria de María José Coni y Marina Menegazzo.
Por Sección Cultura

¿Por qué siempre me miran cuando me estoy yendo?

Aun recuerdo mis llamas reflejadas en los ojos azules de la muchacha rubia, y puedo ver mi calor quemando la piel morena de quien se situaba a su lado. Las veo confidentes frente al espectáculo que brindo todas las tardes, cuando sólo quienes pueden ver más allá de sus propias manos son capaces de sentarse y hacerse presentes, de dejar que los vea, que los toque con mis últimos vestigios antes de fundirme con el ayer. En aquellos momentos me esperaba que ese fuera nuestro saludo de todos los días, cuando casi siempre me miraban y no me sentía tan solo mientras esperaba unas horas para regresar y poder vivir con ellas el día. Con sus pies enterrados en la arena y el agua del mar rozándoles las piernas distendidas, así, con los planes de mañana en vista, las vi por última vez. De haber sabido les hubiera regalado unos minutos más. Pero esas cosas no deben saberse porque, simplemente, no deberían pasar.

¿Cuántos momentos había atestiguado yo de sus vidas? ¿Todos? Bueno, quizá no todos, hay cosas que se las dejo a la que toma el turno noche. Esos últimos días ellas disfutaban mucho de mi presencia. Las veía todos los días, a toda hora, cuando apenas nos encontrábamos y cuando ya nos despedíamos. Las recordaba pequeñas y las veía en ese entonces, mujeres, bellas, tan niñas todavía. ¿Habrán sabido cuánto las observé, cuánto intenté cobijarlas bajo mi luz?¿Habrán percibido mis mensajes?¿Aquella jovencita morocha se habrá dado cuenta de lo linda que era su sonrisa? Estoy seguro de que la de ojitos azules sabía perfectamente lo bien que le sentaba mi luz a su cabello largo. Y que a las dos les gustó mucho cómo anduvimos con las nubes ese mes.

No conozco de nombres, no sé de identidades ni de cédulas ni de documentos. Quiénes miramos desde arriba desde hace tanto no nos preocupamos por esas cosas. Estamos más que acostumbrados a ver multitudes pasar todo el tiempo, a cada minuto humano y a cada segundo que esos pequeños seres que vemos de tan lejos pueden contar.

¿Por qué tenemos que irnos para que sepan que estuvimos? Tengo que esconderme tras el mar para que se percaten de que estuve allí, todo el día, mirando cada paso, alumbrando cada camino, siendo testigo de las cosas más bellas y más espantosas que pueden existir. Tengo que hacer todo ese tremendo escándalo que me supone teñir la ciudad de naranja para que dos o tres personas se den vuelta.

Pero ellas, ellas no.

Ellas sabían que estaba allí todos los días. Me tuvieron presente todo el tiempo. Ellas, ellas que ahora no están, ellas que entendieron que para poder ver no basta con solo mirar. Ellas, ellas que tuvieron que irse para que las pudieran ver. Ellas que tuvieron que irse para dar vuelta el mundo. Ellas que tuvieron que irse para que todos pudieran entender, para que todos dejaran de mirarse a si mismos y de hablar de sí mismos, ellas que tuvieron que irse para que pudiéramos aprender a verlas, no a mirarlas, a verlas y vernos, a verlas y ver más como ellas, a verlas y quizá por un segundo, por sólo un segundo, a verlas y comprender que quizá algunas cosas vayan más allá de todo eso que veo todos los días, quizá algunas cosas son hasta más grandes que yo, que me considero muy importante. Que quizá ustedes, quienes viven bajo mi tutela, puedan ver que hay cosas que sólo las personas pueden cambiar. Y deseo tan fervientemente que ahora los árboles y la tierra las abracen tan fuerte como mis rayos pudieron hacerlo, que las cuiden y se transformen en algo tan bonito como ellas, que nunca las dejen ir, que nutran al mundo que las amó, que llenó de aire sus pulmones y de sonrisas sus rostros, que pide perdón por no haber sido suficiente, no es su culpa quienes lo habitan.

Porque todos me miran cuando me voy y me despido, y ellas tuvieron que irse. Qué afortunado, qué suertudo que fui. Yo pude verlas antes de que se fueran a la estrella más cercana, y estoy tan agradecido. Tan agradecido porque me di cuenta de que la luz es luz y que no hace falta que alguien se vaya para que te des cuenta que está.

No hace falta que se vayan para que las puedas ver. Y no hace falta perderlas para no olvidarlas. No hacía falta que se fueran para poder mirarlas.

En memoria de María José Coni y Marina Menegazzo


Sobre la autora:

Bianca Cecchini es Estudiante de Comunicación Social de la UNCuyo. Escribió este relato en memoria de María José Coni y Marina Menegazzo. Las jóvenes mendocinas asesinadas en Ecuador. 


 

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