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El temor y la intriga al “bache”, el desvelo de Macri y de su mesa chica

El entorno más cercano al presidente debate la estrategia para morigerar las consecuencias catastróficas de las medidas de ajuste que se tomaron en enero, mientras aguardan los resultados, dicen positivos, de la salida del default y “la vuelta al mundo”. A ese tiempo de espera entre una cosa y la otra le llaman “bache”. La pulseada entre los que sugieren un pacto de gobernabilidad con el peronismo y los que confían sólo en la buena estrella de Macri.

Cómo transitar el bache y no salir del mismo demasiado maltrechos y abollados, es lo que desvela por estas horas a los integrantes del Gobierno nacional que conduce Mauricio Macri.

El bache es el tiempo que separa a las medidas más duras que se tomaron al comienzo de la gestión, como la devaluación y la quita de subsidios a las tarifas de los servicios públicos con el momento en que comiencen a verse los resultados de esa vuelta al mundo que se entiende con el pago a los buitres que se realiza hoy y la llegada de la “lluvia” de inversiones y de fondos frescos para poner en marcha el motor de la economía. A ese lapso de tiempo, que puede llegar a ser de seis meses y hasta de un año de acuerdo con las diferentes visiones que conviven en el gobierno, los miembros de la mesa chica que blinda a Macri le han llamado, “el bache”. Una mesa chica que religiosamente se reúne todos los días por no más de una hora y en donde Marcos Peña, el jefe de Gabinete, despliega los temas del día a pedido del presidente para abrir un debate que se condimenta con la visión de los técnicos, del selecto grupo, con la de los políticos del mismo círculo que le toman el pulso a lo que pasa en la calle.

Esa mesa, sin embargo, padece de un problema serio: hoy la dominan los técnicos, son los más y superan a los que tienen una visión y formación política que le puedan aportar al propio gobierno lo que en verdad está necesitando y demandando. Esto es, un contacto más cercano y humano con la sociedad que le da sustento, una tarea que deberían llevar adelante dirigentes que militen el proyecto, embarrándose en los barrios, pueblos y ciudades del país para que todo no quede en manos de las sobre potenciadas y por demás famosas redes sociales, el mecanismo y la estrategia que está utilizando el macrismo para llegar a los núcleos sociales.

Este debate, el de imprimirle más política, volumen, concepto y contenido político a todo lo que está haciendo el gobierno en contraposición con los que no lo creen necesario, es lo que por hoy domina al elenco gobernante y de alguna manera divide las aguas.

Macri hoy se está dejando llevar por su intuición y por el método exitoso que lo terminó por depositar en la Presidencia. ¿Para qué cambiar?, se preguntan sus más cercanos avalando el olfato del presidente. Por eso no se inmutan, por ahora, por esa corriente que quieren imponer los políticos de la mesa chica (no son más de dos) que insisten en salir a buscar una suerte de Pacto de la Moncloa español, pero adaptado a los problemas y circunstancias criollas. Por el contrario, optan por separar los retos que se le vienen al gobierno y definir para cada uno de ellos una estrategia particular. Por caso, el debate que se abrirá en breve en el Senado por los dos miembros de la Corte de Justicia propuestos por Macri y por la cercana discusión en torno al impuesto a las Ganancias en donde el oficialismo se enfrentará con aquellos que impulsan elevar el tope del impuesto a niveles, desde el punto de vista del financiamiento, prácticamente insostenibles.

Para ambos desafíos, los técnicos le sugieren a Macri esperar el momento y salir a buscar los votos que necesitan negociando directamente con los gobernadores o con los líderes de las bancadas, como sucedió con el plan de pago a los buitre para lo que hubo que derogar las leyes de Pago Soberano y Cerrojo con el apoyo de un FPV dividido. Confiados en eso y en el éxito que obtuvieron en aquella batalla, le sugieren a Macri no agitar las aguas mientras se transita el denominado “bache”.

La línea política del gobierno va un poco más allá y se inclina por describirle al presidente un panorama con luces de alarma si no se contiene el fastidio reinante mientras termina el “bache”. Sugieren –por momentos de manera enfática– un pacto de gobernabilidad con las figuras del peronismo no K, como Juan Manuel Urtubey, José Luis Gioja por caso y algunos intendentes del conurbano bonaerense que les resultan confiables.

Dicen, también, que incluso cuentan con el apoyo de dos o tres de los empresarios más influyentes alrededor de Macri quienes se inclinan por combatir la inflación –el problema más acuciante del momento–, con un fuerte respaldo político que dé previsibilidad. Aseguran que los empresarios han confiado que pueden garantizar inversiones fuertes una vez que la inflación marque un descenso sostenido pero recién para dentro de un año; pero si el gobierno se apuntala con un acuerdo político amplio ese tiempo podría acortarse aunque los índice inflacionarios no marquen una tendencia a la baja.

Mientras este debate en el círculo más íntimo del presidente comienza a tomar vuelo, el gabinete se concentra también en dos medidas de alto impacto a las que apuestan muchas fichas. Una de ellas es la devolución del 15 por ciento que se les descontó a las provincias de la coparticipación para financiar la seguridad social. La otra es una bandera que el oficialismo quiere desplegar acompañado de fuegos de artificio y mucho ruido: el cronograma de pago para saldar las demandas ganadas por los jubilados que se cuentan de a ciento de miles a lo largo de todo el país.

Para la primera acción el ministro de Hacienda, Alfonso Prat Gay, desgranó en una de las reuniones de la mesa chica que se protagonizó en la semana, el esquema de devolución que se cumplirá en cuatro años. Mendoza espera esos fondos como el agua para un sediento en el desierto. Lo que se discute, aunque no se crea, tiene que ver con la comunicación de la medida. Y aquí otra vez chocan los estilos diferentes que conviven en el entorno más cercano de Macri.

Los políticos presionan para que se utilice como moneda de cambio con los gobernadores peronistas para conseguir el apoyo parlamentario para las medidas que se vienen. Los técnicos, en cambio, seguidos en parte por la intuición del presidente, van por el solo anuncio, sin más, en el convencimiento de que el estilo que están siguiendo, alejado de las evidentes roscas de hasta no hace mucho, alcanzará para conseguir las adhesiones de forma natural. Como si el liderazgo de Macri fuera suficiente para resolver los propios desafíos políticos.

Lo que se está viviendo allí, aunque no sea difícil de creer y entender, es la manifestación de ese fenómeno cultural extendido en nuestro país que enfrenta a porteños con provincianos. Una suerte de choque entre los autosuficientes y los que necesitan de un sacrificio superior para llegar a la cima.

El cómo y de qué manera el gobierno transitará el “bache” preocupa a todos, sin fisuras, en la mesa chica. Coinciden en el problemas que se le presentará al gobierno en breve si no baja la inflación y si el derrame de inversiones y de préstamos que promete la salida del default, tarda en llegar. Temen a la organización del peronismo, aunque no en el supuesto renacimiento del evangelio K con Cristina Fernández instalada en Buenos Aires. “Para nosotros Cristina no es un problema; al contrario”, afirman voceros parlamentarios del oficialismo. Y agregan que mientras más actos haga y si es posible en la calle, mejor juega para quienes están gobernando convencidos de que Cristina agitando a sus seguidores no hace otra cosa que recordarle a la gente de dónde se viene.

El temor pasa, otra vez y como siempre, por la provincia de Buenos Aires. Tanto los porteños del Pro, como también los bonaerenses del Pro, se concentran, a diez meses del inicio de la campaña para las elecciones de medio término del 2017, en taponar el crecimiento de los caciques peronistas de la provincia electoralmente más influyente del país. “La provincia se la ganamos a un ‘Pablo Escobar’”, afirman por quien fuera el candidato del FPV a la gobernación. “Por eso ganamos la gobernación, pero la provincia la perdimos en manos de los intendentes. Por ahí puede venir el resurgimiento del peronismo. Si perdemos Buenos Aires en las legislativas, perdemos el Gobierno nacional en el 2019”, agregan las mismas fuentes oficialistas del Parlamento.

Todo gira alrededor del “bache”, como se ve, y de la forma en la que se transitará ese momento; tránsito, hay que decirlo, que ya se está cumpliendo. Y todos los miembros de la mesa, al unísono casi, fijan la mirada en la economía, en los préstamos que llegarán a las provincias bajo la forma de bonos, en la potenciales inversiones y en la inflación. Hacienda, para bajar la tensión, baja un informe que les asegura, que en junio la inflación bajará un punto y medio siguiendo el índice de San Luis (“el menos contaminado de todos”, sostiene una fuente de Hacienda) y que la brecha con el índice CABA será de 7 puntos, siendo más baja en el interior que en la Capital Federal.

El país recién ha entrado en el “bache”, no se sabe cuán grande y extenso es, pero inequívocamente es ardoroso, inestable y ponzoñoso.

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