La política mendocina deambula por la agenda que el propio Alfredo Cornejo soñó e imaginó cuando se preparaba para asumir la Gobernación. Que todo en su gobierno se circunscribiera a la maldita herencia, que nadie se saliera de lo previamente establecido en el reparto de roles y que todos supieran como saben en el gabinete, que las riendas de la conducción sólo estarían en sus manos, como el rumbo y el accionar de todos y cada uno de los que fueron elegidos para acompañarlo en la gestión.
- Sitio Andino >
- Opinión >
Nestorcito
Ya ha transcurrido un tiempo lo suficientemente razonable como para poder descifrar el estilo de conducción del jefe del Estado mendocino. Salvo excepciones muy puntuales, Cornejo reunió a un grupo de ministros y secretarios dispuestos a ejecutar sólo sus órdenes y a escucharlo sin posibilidad alguna de hacer aportes enriquecedores, sólo los mínimos y funcionales a su cosmovisión de la realidad provincial.
El pequeño Nestorcito, como lo comparan algunos que lo conocen bien con quien fuera presidente desde el 2003 y padre del régimen K que se extendiera hasta fines del año pasado, así como controla el uso de los fondos públicos y el estado de las cuentas al día, también marca de cerca de su gente.
Sin llegar al extremo de que se interpretara como una orden tajante de cumplimiento obligatorio en absoluto, lo primero que les recomendó a sus colaboradores fue cuidarse del periodismo y de los periodistas y de esas raras y extrañas especulaciones que suelen publicarse para cubrir espacios ociosos en los medios. Y extendió en ellos su reconocida desconfianza en estos personajes, generalmente oscuros, puestos a poner en blanco sobre negro la gestión de gobierno.
El control de la información y de lo que hacen sus ministros es una de sus más importantes obsesiones, al mismo nivel que con el uso del dinero de las cuentas públicas y la administración de un Estado que ha calificado de quebrado, como único y principal argumento para desbaratar las ambición de los sindicatos estatales que le reclaman un 40 por ciento de aumento en los salarios.
El estilo propio del Nestorcito le ha permitido consolidar el poder político a su gusto con el que llegó a la Gobernación. La consolidación de un equipo de gobierno que no le genera fisuras a su discurso ni mucho menos la filtración de visiones conspirativas entre las primeras y segundas líneas de los más importantes funcionarios, propias de cualquier gestión.
Pero así también, de la misma manera en que ha ido solidificando y ampliando los espacios de poder que domina plenamente incluso hasta en la propia oposición, ha provocado que comiencen casi imperceptiblemente algunas acciones de mínima independencia y autonomía de ciertos protagonistas que lo acompañan y ayudaron a alcanzar la gobernación.
Entre las primeras que ha hecho visible acciones de ese tipo aparece, sin dudas, la vicegobernadora Laura Montero, que con pocos recursos para disponer cargos a mansalva como sus antecesores, se las arregla para aparecer en ciertas decisiones políticas fuertes, como la aventura (exitosa, hay que decirlo) de bancar al grupo de correligionarios suyos que desoyó la sugerencia del gobernador y se hizo de la Intendencia de Santa Rosa como dispone el reglamento y la propia constitución, hay que decirlo, luego de la caída en desgracia del peronista Sergio Salgado, actualmente preso e investigado por asociación ilícita y fraude a la administración pública.
Hay otra figura de relieve en la política local del que se afirma se encuentra molesto por el poco margen de acción independiente que le permite el jefe de gobierno. Y cobra especial notoriedad porque se trata de un leal de la primera hora al número uno del Estado. Es el presidente de la Cámara de Diputados, Néstor Parés, quien necesita disponer de algunos gestos de generosidad política hacia el resto de los bloques y líderes de las bancadas opositoras para ser ratificado, a fines de este mes, como máxima autoridad de Diputados, unos días antes del discurso el 1 de Mayo que ofrecerá el gobernador ante la Asamblea Legislativa.
Para que se entienda, la generosidad se traduce, de acuerdo con la tradición, en la distribución de cargos clave y de algunas asesorías a disposición de los líderes de las bancadas y legisladores opositores como retribución al voto de confianza. Y también como mecanismo de equilibrio y convivencia política.
Esos cargos de asesores y colaboradores para los legisladores fueron fuertemente recortados y Cornejo, pese a que se trata de otro poder independiente, ha obligado a su hombre de estricta confianza a no disponer de los escasos recursos con que se cuentan. Pero la muñeca política, a veces, por sí sola, no es suficiente para ganar el voto de confianza. Y Cornejo amenaza con esa tradición. Pero Parés exige, desde las sombras y sin que se note en demasía, una porción de mínima independencia de la que hoy no dispone. Y hay fastidio.
De a poco, también, en el Ejecutivo comienzan a circular tímidas acciones por ahora de cierta incomodidad de algunos de sus ministros por las cosas que se dicen y se publican de ellos. Imposibilitados de hablar abiertamente y cuando quieran en público, y sin operadores ni lobistas que hablen por ellos o que los defiendan e interpreten, perciben que la imagen que poseen aunque sea vaga y pobre para la mayoría, se les descascara y diluye sin posibilidad de un mínimo de capital político que les dé autoridad hacia abajo, hacia quienes conducen y con quienes se encuentran todos los días en los pasillos del palacio de calle Peltier.
Tacticista como pocos, maestro de la rosca política, otrora sostén y operador máximo de quien estuvo antes que él en el municipio que gobernó por dos períodos y de otro que, ya en la Gobernación, cobró gracias a él trascendencia nacional al punto de convertirse en uno de los abanderados de la fallida transversalidad que impulsaba Néstor Kirchner, hoy se enfrenta a sus propios desafíos: una coyuntura política, social y económica compleja que abona malhumores en la sociedad y que tiene que contener y pedirle paciencia. Y un frente político interno que domina con mano firme y a placer, pero que comienza a dar algunos indicios, tenues, de padecer pequeños focos facciosos que deberá apagar más temprano que tarde.