Las imágenes de la barbarie, surgidas tras la protesta de ex policías que se fue de madres a metros del despacho del gobernador Francisco Pérez, no pueden hacer otra cosa que llamar a la reflexión urgente para que esos incidentes no sean el combustible para aquellos oportunistas que siempre están al acecho para capitalizar a su favor los climas de inestabilidad que, casi siempre, aparecen durante las transiciones y posterior traspaso entre un gobierno y otro de diferente color político.
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La inexplicable ausencia de liderazgo, de calidad y de capacidad en la política
Esta apelación, no por obvia debe ser dejada de lado o mirada con desdén. Porque no hay manera de conseguir buenos resultados que no sea por la vía de la sensatez y la responsabilidad mayor de quienes hoy protagonizan el momento de una coyuntura delicada y precaria en su equilibrio.
Esto es así porque no faltaron, a minutos de protagonizarse la escaramuza entre los ex policías que conduce un dirigente inclasificable como Omar Alcalde, que se abrieran dos vías de especulación política, ambas inconducentes y de notable peligrosidad que amenaza el diálogo civilizado, que es hoy, quizás, lo que la ciudadanía debe exigir con mayor énfasis y contundencia.
Las dos interpretaciones, interesadas por demás, son conspirativas. La construida por el gobierno de Pérez apunta a que quien le arrebató el poder, al radicalismo de Alfredo Cornejo, a quien le achaca no haber bancado a su lado el descontrolado atropello de los ex policías buscando con eso dejar caer, absolutamente desdibujado, el gobierno peronista en todos los frentes, como reacción al enfriamiento de las negociaciones que así como comenzaron se esfumaron para lograr un traspaso ordenado del poder.
Los radicales, en cambio, van por el lado que les sintetiza el diagnóstico que venían haciendo desde antes de las elecciones; que todo es producto de la ineficiencia e incapacidad en la que gobernó Pérez desde el mismo momento en que asumió. De un elenco de gobierno que se encontró con la victoria gracias al huracán Cristina del 2011 y que nunca se preparó para dilucidar y desentrañar los problemas que ya tenía Mendoza y aquellos que se le iban a presentar con los coletazos de una crisis global que ya se hacía sentir en el país y la provincia.
En verdad, ninguna de las dos posiciones parece contar con la verdad revelada de las cosas. Y tampoco es de cómodo afirmar, desde una columna de análisis periodística de los hechos, que ambas tienen algo de razón. Quizás uno de los problemas graves que ha tenido Mendoza desde varios años a esta parte ha sido la decrépita calidad de diálogo, político e institucional, que ha existido.
El diálogo político ha estado signado por los más puros egoísmos y arbitrariedades. Desde mucho tiempo atrás a Mendoza le falta dirigentes de la talla de las que tuvo en su momento como los Bordón, los Baglini, los Genoud, los Balter, quizás algún Lafalla, por citar sólo a unos pocos que supieron comprender los desafíos de su época y que protagonizaron las únicas políticas de acuerdo político entre partidos para desenredar las galletas complicadas.
Así como todo o casi todo entró en decadencia en los últimos años, como la Justicia, el accionar legislativo en un sentido amplio, la dirigencia económica y también los medios para no ser menos, la política no le fue en saga. Y cuando falta la política de calidad, el resto de las cosas de la vida cotidiana se descascaran. Porque dejan de contar con la base que las sustente y las contenga.
Los temas del momento en Mendoza y la falta de un análisis profundo de los mismos por parte del gobierno de Pérez y del que será de Cornejo, conducen a un camino peligroso con consecuencias que se verán apenas iniciada la nueva administración, en diciembre próximo. Porque por qué razón mágica el nuevo gobernador encontrará un nuevo escenario. En diciembre la falta de plata será la misma que hoy existe o quizás peor y los reclamos puede que estén multiplicados, de parte de los sectores que al final del mandato de Pérez ven nulas respuestas a sus problemas.
Las soluciones que se necesitan implican la conformación previa de un encuentro amplio, de una forma distinta y diametralmente opuesta al método que se está aplicando. Porque quien está hoy sólo quiere terminar con lo mínimo cumplido con la esperanza, mezquina, de hacer morder el polvo a quien lo hostigó durante tantos años y que encima le ganó las elecciones por contar con una propuesta superadora. Y el que viene parece prepararse para hacer un diagnóstico descarnado y crudo de lo que recibió cargando las culpas del desastre hallado.
Ambos, de seguir así, pagarán las consecuencias. Porque de ninguna manera puede llegar a creer, quien se va, que tendrá algún derecho para cargar con su sucesor por la demora en las soluciones. Por el contrario, se expone a ser recordado como el exponente del período gubernamental en donde todo se hizo mal sin dejar nada, o muy poco, de utilidad para el futuro.
Y lo que viene, o quien viene si se quiere, de persistir en la estrategia de conducir al ocaso más absoluto a su derrotado en las urnas, puede que pague caro su soberbia y mezquindad. La sociedad es paciente con el descontrol y hasta con la falta de capacidad, hasta un punto en que mete a todos en una misma bolsa, buscando la síntesis a su hastío. Y así se seguirá perdiendo tiempo en el que todos saldremos derrotados.