Descarriló definitivamente Elisa Carrió. Y sus vagones llenos de mercadería podrida quedaron nuevamente al descubierto, evidenciando que la política seria argentina de una vez por todas debe desprenderse de este tipo de personajes tan burdos como maquiavélicos.
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El sucio final de Carrió
La absurda idea de montar en su casa un escenario para hacer creer que se estaba frente a un hallazgo periodístico, la dejó mal parada tanto a ella como a los inescrupulosos hombres de prensa que se prestaron a la maniobra.
Parece que en ciertas operaciones periodísticas no basta con utilizar a un condenado a cadena perpetua por un crimen, sino que en el show hay que mostrar cuanta personalidad siniestra esté dispuesta a alquilarse para usarla en carácter de falso denunciante.
El triple crimen de General Rodríguez motivó una investigación que revisaron los jueces de primera instancia, los del debate oral, los tribunales de alzada y hasta la misma Suprema Corte de Buenos Aires. El caso quedó esclarecido, con los detenidos cumpliendo condena y sus declaraciones expuestas en diferentes etapas de 7 años de proceso judicial.
Resulta que ahora, a siete días de una elección nacional, uno de esos condenados aparece dando la nota al señalar que un candidato a Gobernador era el autor del crimen. Y pretende con ello, no sólo dejar mal parados a 16 magistrados que actuaron en la causa en las sucesivas etapas procesales y en las subsiguientes recursivas.
En ningún documento, en ninguna declaración, en ningún momento, ese condenado, Martín Lanatta, mencionó siquiera al candidato que ahora acusa. Tanto es así que su propio abogado, Roberto Casorla Yalet, ha salido en las últimas horas a dejar en evidencia a su ex defendido, remarcando que jamás mencionó siquiera a hombre que hoy acusa para intentar o exculparse o lograr vaya a saber qué tipo de beneficio.
El manotazo de ahogado que dio el asesino Lanatta, sin embargo, surge porque toda una operación periodística y política le brindaba una oportunidad. Le montaron una nueva escena del crimen, donde de criminal pasaría a ser héroe.
Pero la mentira tiene una existencia efímera, y toda la operación quedó al descubierto por el infalible mundo de los detalles.
Es que en la maniobra aparecía como copartícipe de la supuesta revelación, un policía exonerado por corrupto que supo formar parte de las bandas del narcotráfico señaladas en la megacausa de la efedrina: José Salerno.
Este personaje se mostró suelto ante cámara con un fondo plagado de pruebas que lo hundirían tanto a él como a quienes le crearon el escenario: Carrió y el equipo completo de Jorge Lanata que se prestó a la operación periodística.
Esos detalles de los cuadros, las sillas, las mesas, los ornamentos y todo el decorado fue descubierto por el sector periodístico serio que no se tragó el pescado podrido.
El maloliente mundo de la carroña política se mezcló con el lodo nauseabundo de la prensa espuria, y se reveló ante los ojos de todos los argentinos que la nota fue realizada tres semanas antes en la misma casa de Carrió.
La misma que aparecía supuestamente sorprendida por la revelación periodística y por la aparición de los en apariencia arrepentidos, en realidad era la directora artística de la ridícula y dañina fábula transmitida por televisión el pasado domingo.
Es la misma Carrió que pronosticó en febrero que la Presidenta iba a generar un autogolpe este domingo, que anticipó que Milani y el ejército, tras decretarse el estado de sitio, habrían de dedicarse a reprimir. Ni ese domingo, ni decenas de domingos posteriores; ni ningún estado de sitio, ni ninguna represión permitieron darle a Lilita la razón.
Es la Carrió que denunció a Abal Medina, pero en la Justicia no se presentó ni a declarar. Es la Carrió que se colgó de una mujer, Miriam Quiroga para denunciar que esta había visto como secretaria presidencial, bolsos llenos de dinero, que la propia Quiroga se encargó de desmentir en sede judicial. Es la Carrió que ante los medios daba supuestas pistas sobre el caso Nisman, pero en cuatro horas de exposición ante la Fiscal Fein no aportó nada a la causa, como en incalculables causas más.
La profeta de los Apocalipsis incumplidos, la denunciante crónica que el tiempo se encarga de desenmascarar, la en apariencia insana que quiere mostrarse inmaculada embadurnando a diestra y siniestra sin más elementos que su viperina lengua, ha debido mordérsela una vez más y tragar un sorbo de su propio veneno.
Usar a condenados y exonerados para sus aspiraciones políticas, es sólo una muestra más de que Carrió no sabe aceptar que los argentinos le dijeron basta en 2011, cuando no llegó a convencer ni al 2% del electorado.
Insiste con sus métodos, con su saña, con su maldad mal camuflada en sus aspaventosos arranques pseudos religiosos.
Perdió las formas, mató a la ética política, ensució a la prensa y murió en el intento. Carrió ya es un cadáver político. Y de ese crimen el único culpable es la propia víctima.
Es el fin de este personaje nefasto que montó su carrera en la premisa del nazi Joseph Goebbels: miente, miente, miente, que algo quedará.