Eduardo Angeloz tenía detrás de sí una gestión más que exitosa en la gobernación de Córdoba la que conducía casi a gusto desde 1983. Corría 1987 y era elegido, en la interna radical, como el candidato a presidente para suceder la tambaleante presidencia de Raúl Alfonsín, asfixiada por la hiperinflación, sumida en un profundo descrédito y sin apoyo popular. Angeloz enfrentaría, en la contienda electoral, al riojano Carlos Menem en las elecciones pactadas para 1989. Menem, por su lado, venía de derrotar a Antonio Cafiero en aquella más que recordada interna peronista en la que el riojano sorprendería con un discurso popular y renovador, acercándole al peronismo las esperanzas de volver a gobernar el país luego de aquella dolorosa y contundente derrota que le propinara Alfonsín, el padre de la Democracia recuperada.
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El lápiz rojo de Angeloz se reedita, ahora, con Macri
Angeloz centraría su campaña nacional en la reactivación de la industria, el desarrollo argentino y en la administración eficiente, pero por sobre todo haría famosa aquella muletilla electoral que repetiría en todo el país: con un enfático y vehemente se puede terminaba sus encendidos discursos en los actos luego de prometer el lápiz rojo para tachar todos los gastos improductivos y deficientes del Estado que se caía a pedazos, jaqueado por los mercados y una fuerte campaña en contra de Alfonsín.
Angeloz hablaba de ajuste y lo prometía en todas las áreas. Menem, en cambio, despotricaba contra los mensajes liberales de su contrincante por el oficialismo y anunciaba revoluciones productivas y salariales. Angeloz generaba miedo e incertidumbres en las masas sindicales, Menem, en cambio, las estimulaba y las invitaba a llevar junto a él un verdadero gobierno de ayuda a las clases más vulnerables. Menem se había adueñado de un discurso peronista ciento por ciento y Angeloz se convertía en la representación más pura del mercado y el capitalismo.
Llegadas las elecciones, Menem se impondría. Pero su gestión resultó ser todo lo contrario de lo que había pregonado durante la campaña. Por casi una década, el riojano pasaría a ser el alumno más luminoso y aplicado del Consenso de Washington y las políticas neoliberales que llevaría adelante con entusiasmo dejarían, al fin de su mandato, diez años más tarde, un desastre económico pocas veces visto hasta entonces con más del 40 por ciento de la población sumida en la pobreza y sin empleo, con un Estado desguazado y literalmente entregado a las empresas multinacionales. A Menem se le atribuye haber confesado, al promediar su gobierno y en medio de la virtualmente exitosa convertibilidad y aquella paridad con el dólar famosa en todo el mundo, que si en la campaña del 89 hubiese dicho lo que iba a realizar en verdad, el pueblo jamás lo hubiese votado.
Angeloz, años más tarde, y con el menemato en pleno éxito, recordaría que perdió las elecciones por decir lo que en verdad iba a hacer en caso de llegar a la presidencia. Pero ya también era tarde para lamentos.
Hoy, Mauricio Macri, quien hasta pocas horas atrás era el opositor indiscutido con más chances de derrotar al kirchnerismo, comienza a sufrir algún indicio de desmoronamiento y se desluce. Su gurú electoral, el ecuatoriano Durán Barba, parece haberlo conducido a que comience a liberar un discurso contradictorio y confuso. Allí está la muestra de sus dichos sobre Aerolíneas, sobre la petrolera YPF y también sobre la Asignación Universal por Hijo.
Pero sus asesores económicos, o al menos quienes tiene más cerca, como Raúl Melconián, José Luis Espert y Miguel Ángel Broda, han sorprendido en las últimas horas por la falta de prurito al ventilar lo que Macri les habría pedido en caso de alcanzar la presidencia. Eso es un ajuste irremediable para frenar el gasto público, la liberación absoluta de la economía para que el mercado haga su trabajo, un Estado reducido a la mínima expresión y una revisión del sistema de subsidios y de aquellas decisiones políticas que lograron ser, por poco, la columna vertebral del éxito del modelo K en los últimos años, como la de las jubilaciones a las amas de casa y de varones que no lograron acumular el mínimo de años de aportes para alcanzar el beneficio.
Macri, con esto, parece haber optado por el mismo camino que veinte años atrás transitara el candidato radical cordobés. Quizás no esté mal que sus economistas, o al menos a los que él les permite hablar en nombre de un potencial gobierno suyo, estén hoy recorriendo el país ventilando la posibilidad de un ajuste feroz para terminar con lo que él llama el despilfarro y la mala administración.
Pero en verdad debiese tomar nota de algunas de las conquistas sociales que se han solidificado en los últimos años. En especial la del sistema de paritarias que sus economistas están denostando, la de algunos de los subsidios para los sectores menos alcanzados por las oportunidades y la de las jubilaciones para 3,5 millones de personas que las lograron gracias a un sistema de moratoria que utilizan para pagar sus aportes hasta llegar al monto total de lo que les corresponde.
Macri, en su desesperación, ha comenzado a trasponer una línea roja, más que la amarilla de advertencia.