Ya que un grupo de intelectuales K, liderados por el secretario de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional, Ricardo Forster, nos metió de lleno en el debate de lo que él llama la segunda Independencia, bien vale la pena tomarnos unos minutos en este día patrio para hablar de la mentada Independencia, de la oficial del 9 de julio con todas las letras y de la que habla y propone Forster, la más novel, la que hoy cumpliría 13 años.
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La segunda Independencia
En un foro reciente que organizó el Ministerio de Cultura de la Nación en Tucumán, la cuna de la Independencia argentina, los defensores del pensamiento nacional kirchnerista debatieron sobre los desafíos culturales y soberanos del momento y también repasaron una serie de movimientos emancipatorios y libertarios en los últimos 200 años en Argentina y en América Latina.
Desde el foro no se tuvo ningún empacho en afirmar más en serio que en broma que el país debiese reconocerle al kirchnerismo una segunda Independencia para el 9 de julio del 2003, fecha en la cual Kirchner cumplía unos pocos días en la Presidencia del país luego de haber asumido el 25 de mayo de aquel año.
En verdad, pocos tomaron en serio tales aseveraciones o conclusiones reafirmadas luego públicamente por Forster, que además de funcionario de la Presidencia, integra el colectivo de intelectuales y pensadores K llamado Carta Abierta.
La historia le reconocerá al kirchnerismo, sin dudas, un puñado de logros trascendentes e importantes cuando pasen los años. La recuperación de la autoridad presidencial perdida tras el paso de la Alianza que gobernó al país entre 1999 y 2001, como así también la fortísima recuperación económica nacional con un Néstor Kirchner que comenzó a gobernar con una debilidad institucional importante en aquel 2003 y que, sin embargo, pudo enderezar el rumbo poniendo de pie al sistema financiero, a parte de la industria nacional y a algunas economías regionales sobre la base de medidas que sirvieron para capitalizar un momento único para una América Latina que, como productora de alimentos, de productos primarios y commodities, comenzaba a ser vista y tenida en cuenta por los países centrales gracias a una coyuntura económica única y favorable.
Kirchner sobrepuso al país de tantos males que se habían padecido hasta el momento y marcó el inicio de un período en donde la Argentina se plantó firme ante el FMI y el Club de París; recuperó los aportes previsionales en manos de las AFJP; reestatizó YPF; se creó la asignación universal por hijo y se avanzó, especialmente, en la recuperación de la confianza y esperanza perdidas a fines de los 90, cuando estallaba por los aires el modelo neoliberal multiplicando la pobreza, destruyendo las empresas argentinas y expulsando a millones de trabajadores a la calle.
La historia le reconocerá mucho más que eso, seguro. Los fervientes y fanáticos militantes agregarán a la lista la política de derechos humanos y la realización de los juicios por la verdad que trajeron memoria y justicia y que condujeron a la cárcel a decenas de viejos represores de la dictadura, muchos de ellos recluidos en el ostracismo y otros tantos enfermos y postrados, maltrechos de salud para siempre.
Pero junto con los logros en el período de gobierno que el mismo kirchnerismo bautizó como la década ganada, se hizo carne la soberbia y el ataque certero y artero, como fuese, contra todo lo que intentara marcar una diferencia a lo que se consideraba establecido. El diferente y el crítico pasó a ser identificado como el otro o ellos, versus el nosotros defensores del modelo en el centro de todo.
La soberbia y la negación de todo aquello que no vio el modelo o no consiguió mejorar se instaló también con furia apuntalado por una campaña que se impulsó desde el propio Estado por un gobierno que lo confundió como propio. Gobierno y Estado, para el kirchnerismo, se transformaron en sinónimo, un sistema a lo que le cerró todo completamente referenciado en las figuras de Néstor primero, hasta su muerte en el 2010, y con la presidenta hasta nuestros días.
La famosa fragmentación de la sociedad quedó evidenciada y presente en todo aspecto. Con un ellos y nosotros marcado a fuego, con un hostigamiento sistemático a quienes piensan distinto, el kirchnerismo da por descontado que aquel que no comulga como se pretende con el denominado modelo, pues forma parte de la derecha golpista más recalcitrante. Porque además, y en términos ideológicos, el kirchnerismo se autoenrostró ser la representación más absoluta del progresismo y de la izquierda revolucionaria en América Latina, defensora del pueblo y de los más humildes acosados por una clase media individualista y egoísta, socia del capital más despiadado.
Ya en el fin de sus días, desde la usina de pensadores sostenidos con sueldos públicos se vuelve lanzar una provocación cultural y, si se quiere, emocional. Que parte de la sociedad se haya bancado eso de que con los Kirchner se inventó o se recuperó casi todo, como la militancia juvenil, el sentido de la patria y la pertenencia a esa misma patria, que gracias al matrimonio que gobernó el país en los últimos doce años la sociedad se puso de pie con respeto y orgullo por todo lo hecho y con exclusividad por ese par de próceres, no da lugar a que a partir de ahora se quiera avanzar en esa aventura disparatada de que los argentinos, de ahora en más, festejemos una doble independencia. Es como mucho.