En alguna oportunidad o quizás en muchas, casi con seguridad, cualquiera de nosotros se ha preguntado por qué los denominados países centrales o desarrollados son mejores que cualquiera de los países, como el nuestro, catalogado como una nación emergente o en vías de desarrollo. Las preguntas que nos hacemos apuntan al desarrollo económico, hurgamos en nuestros antepasados, los inquirimos y auscultamos tratando de hallar alguna pista que nos acerque a las respuestas. Allí comparamos la cultura, el nivel de conocimiento, sus ansias de crecer y de prosperar, la capacidad emprendedora de quienes ocuparon el suelo que pisamos y hasta evaluamos sus intereses, sus motivaciones, sus anhelos de hacer una patria realmente grande en todo sentido para los años que tenían por delante.
- Sitio Andino >
- Opinión >
El caso de la perra Lola en España y la corrupción
Las comparaciones resultan molestas, casi siempre, y más cuando confrontamos la riqueza real y en potencia de la Argentina, tanto de recursos naturales como de extensiones enormes de tierras que hoy son la admiración y la envidia de muchos pueblos del mundo, incluso de los más avanzados que el nuestro.
Hay también, quizás, entre las respuestas aquellas que se avanzan en un análisis psicosocial del ser argentino, conocido en buena parte del mundo como social y sociable, extrovertido, familiero, algo culto, entrador, seductor y amable, a la vez que engreído y soberbio y muchas veces irreverente e irrespetuoso.
En gran medida, también, los argentinos somos demasiado tolerantes a esa enfermedad endémica que padecemos y que todos conocemos como corrupción. La corrupción en la Argentina se tolera, aunque decirlo tenga sus costos porque cuesta creerlo. Aunque cuando a cada uno de nosotros se nos consulta sobre un acto de corrupción, cualquiera sea, no tenemos dudas en condenarlo de manera tajante, algo opera en el conjunto que evita que aparezca una oposición cerrada de la sociedad a los actos de corrupción como para que éstos disminuyan o existan, al menos, en una mínima expresión.
Es cierto que en los procesos electorales, de tanto en tanto aparece en la agenda de los debate la corrupción como uno de los temas centrales y también es cierto que algunos de los resultados electorales se dan de determinada manera por el hastío de los ciudadanos a casos de corrupción desembozada y desbocada.
La Justicia poco aporta también a este entuerto porque la mayoría de los actos de corrupción de funcionarios públicos que llega a los tribunales pasan años para ser resueltos y cuando esa justicia aparece finalmente el daño causado ya no puede ser corregido y la sanción a quien lo cometió aparece extemporánea y cuando ya estamos en otra cosa.
Los casos están a la vista, como el de María Julia Alsogaray como expresión del menemato o el de Felisa Micheli durante la primera presidencia del kirchnerismo. Otros, pese a las pruebas que se conocieron y pese al sentimiento generalizado de que los actos de corrupción de llevaron adelante, la Justicia decidió sobreseer y no sancionar a los apuntados y como ejemplo de esto aparece el resonante caso de las coimas en el Senado de la nación durante la efímera, pero tóxica, administración de la Alianza que encabezó De la Rúa entre el 99 y el 2001.
La peor de las corrupciones y miserias que tiene la política es el robo de los fondos públicos destinados a los que poco o nada tienen. Y de eso en la Argentina hay mucho. Y también hay poca claridad y poca o nula voluntad del propio Estado para resolverla y evitarla. Hasta que llegan los tiempos en los que la sociedad, de a poco, va dejando pasar los hechos, casi con resignación. Y el roba pero hace suele estar presente e imponerse de tanto en tanto.
España hoy está en medio de un escandalete vinculado con cuestiones de ética y honradez de los funcionarios públicos y se nos demuestra que para algunos países es tan corrupto o poco ético el tipo que se roba un peso o un millón de las arcas del Estado, o que se sirve de él en beneficio público.
Ayer, en medio de una interpelación al ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, un diputado socialista se transformó en la estrella del día y el informe del funcionario de gobierno sobre la marcha del gobierno español en diversos aspectos quedó manchado y escaldado por la curiosidad de una diputada que se transformó en tema del día.
La diputada socialista Pilar Grande le consultó al ministro si había utilizado transporte oficiales del Ministerio del Interior, aéreos y terrestres, para transportar en exclusiva a su perra de nombre Lola. Y se desató el escándalo. El ministro sólo atinó a responder, extrañado, por el nivel de control de los diputados de la oposición que se vieron atraídos por un caso tan nimio y absurdo como el de su perra. Fue su única respuesta, porque España ya estaba hablando del asunto, tanto que la presidencia deberá responder por escrito por el uso que hacen algunos de sus funcionarios de los bienes del Estado.
El asunto no se ha quedado ahí, ya que, posteriormente, el Grupo Parlamentario Socialista ha registrado una pregunta dirigida al Gobierno en la que denuncia que Fernández Díaz viaja con su perra en la cabina del avión oficial del Gobierno. Como el ministro no contestó a la pregunta de la diputada, el PSOE ha creído oportuno reclamar una respuesta por escrito por parte del Gobierno a esta pregunta: "¿Se han utilizado transportes oficiales del Ministerio del Interior, bien aéreos o terrestres, para transportar en exclusiva a la perra Lola propiedad del ministro del Interior?". De momento, habrá que esperar para saber la respuesta.