ver más
°
Por Marcelo Torrez

Un triunfo que impresiona tanto como obliga

El triunfo de Alfredo Cornejo en Mendoza resultó ser impresionante. La diferencia con la que le ganó la provincia al oficialista y peronista Adolfo Bermejo, de entre 6 y 7 puntos, acabó y echó por tierra todas las especulaciones previas que daban un resultado cerrado e impredecible. También borró, con la contundencia que dan los votos reales una vez que se sacan de las urnas para ser contados, aquella norma no escrita de la política que dice que, en tiempos electorales, decir la verdad es piantavotos o que para ganar hay que decir lo que no vas a hacer, porque si a la gente le hablas con crudeza estás condenado a la derrota porque esa gente –dice la teoría descabezada ayer en Mendoza– no está programada para las pálidas, los sinsabores y, quizás, el famoso ajuste que estuvo tan de moda en el proceso electoral provincial.

Contra la voluntad de algunos de sus propios asesores que le fueron, diciendo desde las PASO del 19 de abril hasta por lo menos la última semana, que su discurso debía virar hacia campos más amables si quería ganar, Cornejo siguió su instinto y habló de lo que tenía que hablar según le fue dictando su conciencia y su propia percepción. Además, el radical nunca hubiese podido avanzar en la dirección que le indicaban los estrategas porque su naturaleza tampoco se lo permite.

Su triunfo también sorprende al país que está debatiéndose entre la hegemonía K y el frente opositor que deambula sin rumbo no pudiendo, todavía, elaborar una oferta electoral fuerte para enfrentar al bonaerense Daniel Scioli y a todo el kirchnerismo que lo secunda. Sorprende también porque la coalición opositora que logró Cornejo en Mendoza es la llave que necesita Macri para darle pelea al oficialismo nacional. Pero bien se sabe que Mendoza, y esto lo sabemos bien los mendocinos, tiene características especiales; tan especiales que la alternancia política no es un bicho raro ni de otro pozo.

Los feudos no tienen aquí abono fértil para desarrollarse y aquella famosa y supuesta traba constitucional que impide las reelecciones no es tal, porque Mendoza se permite dar más de un cheque en blanco a un modelo de gestión que le cierre (como sucedió con la provincia que dejaba el radical Iglesias en manos de Cobos y como sucedió con la provincia que dejó el peronista Jaque en manos del actual gobernador Pérez), un modelo de continuidad no concentrado en un mismo puño o capataz. Hasta que dice basta y sanseacabó. Como ocurrió ayer cuando decidió un cambio de mano porque la realidad de lo que hay pesa más que mil palabras y promesas de correcciones.

El contundente triunfo también puso en tela de juicio la eterna estrategia de apostar al territorio como promesa de triunfo. El peronismo perdió seis de las doce intendencias que controlaba, con lo que hizo más dolorosa la derrota. Los casos de Las Heras y Guaymallén, con la victoria del sorprendente médico Daniel Orozco por sobre el poderoso vicegobernador Carlos Ciurca y la de Marcelino Iglesias por sobre la corta gestión de Luis Lobos, son los casos más rimbombantes y estruendosos. Pero a la lista hay que agregar Luján de Cuyo que vuelve a ser gobernada por Omar De Marchi; Alvear, Malargüe y Tupungato. Todas comunas gobernadas por el PJ y en algunas de ellas sintiéndose inexpugnables. En donde no pudo la topadora opositora fue en Lavalle, Maipú, San Martín, Tunuyán, Santa Rosa y San Rafael.

Vienen cinco meses y medio complicados. Desde hoy, dos gobernadores, el actual Pérez y el electo Cornejo, tendrán la responsabilidad de convertir la transición en un tiempo aprovechable y propicio para ganar tiempo, para ordenar el desorden (Mendoza, por caso, aún no tiene presupuesto) y para acomodar el terreno para la recuperación de la provincia. El mejor legado que puede dejar Pérez a los mendocinos que cuatro años atrás le dieron el triunfo, pese a la derrota de ayer, es el llamado a compartir las decisiones más estructurales y de fondo, sin que eso signifique resignar su responsabilidad hasta el 10 de diciembre. Lo propio va para Cornejo que, ya ungido gobernador, flaco favor le hará a la gestión que deberá asumir si opta por profundizar las grietas que abrió la campaña electoral y un siempre complicado diálogo político que no logró armonizar con quienes logró derrotar este domingo.

Así también, Cornejo deberá equilibrar sus compromisos nacionales que desde hoy le será casi poco probable eludir, producto de la necesidad imperiosa que tiene la oposición a nivel nacional de figuras que hayan logrado derrotar lo que a nivel nacional se ve como hegemónico y súper poderoso. Porque el triunfo de ayer se convierte en el primero contra el oficialismo y sobre esa base, Macri, el propio Ernesto Sanz y quizás otros opositores, intentarán hacer descansar tanto sus discursos como estrategias de cara al cronograma electoral que tenemos por delante.

Pero la provincia, por sobre todas las cosas, necesita trabajo ya para acomodarla. Y hay tiempo suficiente para alumbrar las transformaciones en todas las áreas. El tiempo no perdona. Tampoco el querer torcer la realidad con palabras.


Te Puede Interesar