El kirchnerismo llegará hasta el último día en el poder con algunas de sus particularidades intactas, entre ellas esa permanente y constante provocación e instigación a señalar a los diferentes políticamente, aquellos que no comulgan con el evangelio que instauraron en el 2003 y que han venido militando como una suerte de religión y dogma que expulsa, pisotea, ensucia y por sobre todas las cosas escracha toda vez que puede.
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El Gran Hermano escrachador
No hay dudas de que Cristina Fernández decidió profundizar lo que ella y su gobierno llaman el modelo, pero no sólo el modelo económico basado en una permanente estimulación del consumo con fondos públicos, promoviendo por diversas vías la ampliación de la demanda con el fin de obligar por esa vía a la producción de bienes y servicios, como sus técnicos lo suelen explicar y defender, sino también y muy especialmente esa otra faceta que a muchos argentinos terminó por colmar de hastío y rechazo: la de la prepotencia y la soberbia a flor de piel sin prestarse a más aclaraciones sobre lo que se decide que la sola palabra de una presidenta que ha utilizado la vía de las sucesivas cadenas nacionales desnaturalizando el objetivo que fijó la misma ley para ese recurso; ley que el propio kirchnerismo elaboró y aprobó con sus números en el Parlamento (ayer Cristina la utilizó por decimosexta vez en lo que va del año), y también para imponer, con inusitada vehemencia, una verdad revelada sobre decenas de aspectos de la política y actualidad argentina en la que muchos no coinciden.
Pero ayer, Cristina volvió sobre esa desagradable actitud de señalar con el dedo a algunos de sus opositores porque en ese evangelio K, que se cumplirá hasta el último día del mandato porque ya se han dado demasiadas muestras, forma parte del corazón del dogma: eso de que la disidencia se debe combatir hasta su total y absoluta extinción, porque en la democracia entendida por quien gobierna el disenso no existe.
Pero ese dedo escrachador, fascista para muchos, jamás será utilizado contra aquellos que en nombre del evangelio, siempre dentro del sistema y del proyecto, usaron su posición dominante, e impune, para protagonizar maniobras dudosas que dieron lugar a sospechas de enriquecimiento ilícito con los fondos de la comunidad, con los fondos de todos.
El evangelio manda a quienes lo profesan a ver la realidad contada por las propaladoras del sistema, contrariando muchas veces aquello de que la única verdad es la realidad. Los pobres no existen, no están y si en caso llegaran a existir o a estar son los que identifica un sistema de estadísticas oficiales desprestigiado y desprovisto de cualquier credibilidad.
Los críticos al evangelio, además, tienen prohibido formar parte de ese sistema de prebendas o beneficios, cuando les toca o les llega de modo azaroso y que de tanto en tanto decide otorgar esa jefatura que se ejerce cual ese Gran Hermano de 1984, de George Orwell, con un dejo de bondad y generosidad superlativa que todos y cada uno deben reconocer y agradecer con absoluta y total sumisión.