Un poco más de veinte días atrás, Axel Kicillof, el ministro de Economía de Cristina, llegó a Mendoza en un vuelo fugaz en apoyo a la campaña electoral que tenía al kirchnerista Guillermo Carmona como aspirante a la candidatura a gobernador por la provincia. Aquel día, y antes de ingresar al mercado central que funciona en la Terminal de Ómnibus de Mendoza, en Guaymallén, se despachó con todo contra el gobernador Francisco Pérez. El detonante resultó ser la intención que tenía Pérez de proponer, por decreto, una nueva forma de contabilizar los aumentos salariales en el sector público para que aquellos empleados cobran más de 15 mil pesos no se vieran afectados por el regresivo y polémico impuesto a las ganancias.
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Impuesto a las ganancias, la osadía de Pérez y el anuncio de Axel
Pérez tenía todo listo para cerrar un acuerdo con los gremios estatales. Es más, pensaba que con el aumento del 35 por ciento que está proponiendo su administración para los trabajadores públicos, sumado a que el impuesto sólo se calcularía en función del básico y un par de puntos más, llegaría a las elecciones primarias sin conflicto y, por sobretodo, al último discurso que daría el 1 de mayo ante la Asamblea Legislativa. El decreto estaba redactado; hasta algunos sostienen que incluso llegó a firmarse y lo único que no tenía era el número correspondiente que tomaría una vez que se anunciara y se publicara en el Boletín Oficial de la provincia.
Kicillof, con ese aire particular de los divos, bajó de la combi que lo llevó al mercado y al ser consultado por los periodistas sobre la intención de Pérez de tocar ganancias en el sector público mendocino, descerrajó una serie de términos hirientes hacia la figura del gobernador como si se tratara de un ajeno, de un opositor que nunca tuvo nada que ver con el gobierno nacional, con el peronismo y el Frente para la Victoria. La discusión hay que darla, pero no se trata de ver quién es el más vivo, dijo el ministro estrella de Cristina ante el aplauso cómplice y la fascinación de quienes lo rodeaban, entre otros Carmona, Anabel Fernández Sagasti y un variado público que le abría paso para llegar a las góndolas.
Aquel día Kicillof habló de otras cosas además. Se despegó de las críticas hacia el gobierno nacional por defenestrar a un gobernador que había osado, tarde, marcar algunas diferencias con la política nacional económica y le dio lecciones de cómo se debía actuar para salir de la crisis vitivinícola. Dijo algo así como que Pérez tenía otras urgencias de las que no se ocupaba antes que meterse a opinar y tomar decisiones con un impuesto que utiliza la administración nacional para fondearse. La medida de Pérez, si se llevaba adelante, significaba en términos fiscales unos 250 millones de pesos menos para la nación.
A fines de marzo el gobierno provincial había tenido problemas para pagar la nómina salarial porque entre otras cosas el Banco Nación, el agente financiero de la provincia, el banco que recibe los casi 50 mil millones de pesos del presupuesto nacional por año, le había retaceado un sobregiro de 60 millones que faltaban para pagarles a todos.
El kirchnerismo no tolera iniciativas que la propia tropa que considera ajena y de la que desconfía. Nadie puede osar adelantarse a medidas que son reclamadas hasta por los segmentos que dicen comulgar con sus políticas. A esos, los vomita al mismo infierno si es posible. Le pasó a Scioli con el kirchnerismo a lo largo de los últimos doce años de reinado. A Scioli, el político con el que deberá pactar la sucesión si el bonaerense sigue con chances de suceder a Cristina tras las elecciones que se deben realizar en octubre. A Scioli le pasó no una, decenas de veces y de las más variadas, como le ocurrió a Pérez en aquel acto de Lavalle donde Cristina no le dio ni la hora.
En el libro Scioli Secreto, los periodistas Pablo Ibáñez y Walter Schmidt cuentan que cuando el kirchnerismo le ganó a Duhalde en las elecciones del 2005, Scioli, que por entonces era vicepresidente, se acercó a saludar. ¿Y éste qué hace acá? ¿qué quiere?, preguntó Cristina. Te viene a saludar, Cristina, le dijeron. Me parece que se equivocó de hotel, reaccionó la esposa de Kirchner, divertida por su humorada. Cristina le había ganado a Chiche Duhalde, esposa de Eduardo Duahlde el por entonces enemigo número uno de Néstor y el desprecio que tenía con Scioli lo justificaban en el convencimiento de que el vice de aquel momento era un aliado del caudillo bonaerense.
Ayer, Kicillof anunció algunas modificaciones al cálculo del impuesto que todos cuestionan, incluso los gremios oficialistas y desde ya los que no coincidiendo en plantear alguna movilización por el mismo tema.
El anuncio por ganancias no toca el mínimo imponible, sólo hace algunas reducciones en las alícuotas para aquellos sueldos que van desde los 15 a los 25 mil pesos bruto. La reducción implica que estos trabajadores registrados tendrán un incremento de entre el 3 y el 6 por ciento de aumento. Un trabajador soltero que cobre 20 mil pesos en bruto, tendrá en su haber una reducción de 500 pesos, uno casado con hijos la reducción será de casi 900 pesos, un trabajador con 25 mil pesos, soltero, verificará en su bono una reducción de 600 pesos y otro con el mismo sueldo, pero casado y con hijos, de casi 800 pesos.
Los amos del Estado son los únicos que tienen el derecho de hacer y deshacer. Aunque la realidad se los lleve puesto.