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por Marcelo Torrez

La soberbia argentina y la confesión del Papa a Rafael Correa

 Ayer, el presidente ecuatoriano Rafael Correa, luego de ser recibido por el papa Francisco en el Vaticano, mostró toda su felicidad y satisfacción en su cuenta oficial de Twitter: “Tuvimos audiencia con el Papa. Fraterno como siempre y queriendo mucho al Ecuador ¡No puedo creer las oportunidades que me ha dado la vida!”, expresó el presidente resaltando entre signos de admiración la última frase del tuit.

Pero además, Correa, cometió a propósito una suerte de infidencia. A sus seguidores, les reveló que el Papa le contó un chiste. Dijo el presidente que el Papa le confesó que no fueron pocos a los que les sorprendió el nombre que adoptó tras ser elegido el líder universal de los católicos, el de Francisco, “porque siendo argentino esperaban que se llamase ‘Jesús II’”.

A los pocos minutos, y aparentemente debido a la repercusión que generó la revelación de la humorada en Twitter, Correa volvió a escribir: “Un abrazo a nuestra querida Argentina, perdón por el chiste, pero fue ¡del propio Papa!”.

La palabra soberbia, según el diccionario, tiene diferentes acepciones y la define como: “altivez y apetito desordenado de ser preferido por todos”; como esa “satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio por las demás”; también la define como ese “exceso por la magnificencia, suntuosidad o pompa” hablando propiamente de los edificios; también como esa “cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas” y por último como una “palabra o acción injuriosa”. Eso es la soberbia para el diccionario de la Real Academia Española.

La fama de la soberbia argentina recorre el mundo. Nadie en este país puede sentirse molesto por el chiste del presidente ecuatoriano, ni mucho menos por la imagen que se distribuye por todos lados de nuestro país y de nosotros, los argentinos, los mejores del mundo siempre; las víctimas más víctimas que todas siempre; los incomprendidos por los poderosos, siempre; los más vivos de todos, siempre.

Los mendocinos sólo tenemos que cruzar a Chile para recibir en nuestra propia piel una pequeña devolución de lo que somos. Y cuando uno entra en confianza con cualquier ciudadano chileno, es posible que hasta nos confiesen algunas diferencias que ellos ven entre nosotros. Dicen y advierten, que si bien los argentinos nos creemos una casta superior, esa característica sube al infinito en aquellos compatriotas que provienen de los centros urbanos más densamente poblados e influyentes. No es lo mismo un porteño que un cordobés, un mendocino o un sanjuanino. Nos han sacado la ficha. El mundo le ha sacado la ficha a la Argentina y a los argentinos.

Cuando los argentinos llegamos al poder, cualquiera sea ese poder y en cualquier ámbito ya sea el político, el económico, el cultural y hasta lo social, la soberbia nos lleva, además, a interpretar hechos y acontecimientos que se producen en función de lo que hacemos o creemos que estamos haciendo, como hechos únicos y que nunca hubiesen aparecido si no fuera por nuestra intervención. Es cuando la soberbia también se transforma en altanería y prepotencia.

Desde lo político, es raro no encontrar a un hombre o mujer del poder actual decir que gracias a él o ella se construyeron equis cantidad de viviendas, de miles de kilómetros de rutas, de puentes, de programas de asistencia, de contención y demás cosas por el estilo, sin que se les produzca una mueca de vergüenza o pudor.

El hombre o mujer del poder es común que enmascare o disimule una suerte de rendición de cuentas con lo bien que se ha usado y de lo mucho que se ha hecho con la plata de todos. Resulta cotidiano escucharlo hablar de que nunca hubo un gobierno en la historia como el que está representando y eso significa que los gobernados no sólo debemos asentir, agradecidos, con aplausos y votos a su favor, sino que además obligados a salir a decirlo y a militar esas verdades reveladas a viva voz. De lo contrario, uno se transforma en paria y en un elemento peligroso que hay que neutralizar.

La soberbia, la altanería y la prepotencia no reconocen el disenso, ni mucho menos la osadía de manifestarlo. Desde el poder te dicen en la cara que las diferencias son buenas porque nos hacen crecer y nos enriquecen, pero forma parte del palabrerío con el que te pretenden engatusar.

Volviendo al chiste que el papa Francisco le contó a Correa, hay que decir que Bergoglio ya había jugado con el mismo recurso en una entrevista que le concedió algunos meses atrás a la cadena Televisa, de México. Político como ninguno, seductor y consciente de lo que significan sus dichos, el papa le contó a la periodista que lo entrevistó que en el mundo corre otro chiste muy popular que habla de nosotros, los argentinos. “¿Sabe usted cómo se suicida un argentino? –preguntó Francisco a quien lo entrevistaba– Se sube arriba de su ego y se tira para abajo”.

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