En las redacciones periodísticas, los periodistas más viejos solemos decirles a quienes recién arrancan dando los primeros pasos en el oficio que eviten hacerse amigos o compinches de los funcionarios públicos, que mantengan una relación cordial, de respeto, pero que tengan presente que esos funcionarios están obligados a responder por sus hechos, por sus actos y que todo lo que hagan en público en general debe ser contado y descrito, con responsabilidad y profesionalismo.
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Un tuit presidencial para el escozor internacional
Pero que también les decimos, como los viejos nos dijeron alguna vez a nosotros, que tengan presente que si un funcionario se emborracha en el interior de su casa, el hecho, aunque nos entusiasme y movilice como periodistas, no constituye un asunto noticioso en sí mismo, situación que muchas veces, cuesta entenderla; pero si el hecho en cuestión se protagoniza en público y nosotros no lo contamos si nos enteramos, el problema pasa a ser nuestro, como periodistas y servidores de nuestros lectores, oyentes y televidentes.
Ayer, la presidenta Cristina Fernández cometió para el mundo periodístico un papelón de características vulgares, irrespetuosas y de enorme trascendencia. Esa costumbre permanente de la jefa de Estado de ironizar, muchas veces de manera soez, en las redes sociales, costumbre a la que los argentinos ya nos hemos familiarizados, se transformó en un hecho extraordinario para la prensa del mundo entero cuando advirtió que nuestra presidenta, para mofarse de sus adversarios en el país, les faltó el respeto a todos los chinos cuando escribió en la red social La Cámpola, por La Cámpora; aloz, por el arroz y petlóleo, por petróleo.
Dueña de una personalidad extraña, cada vez más alejada de lo que su altísimo y honorable cargo representa, la presidenta quizás no advirtió que la humorada y ese hablar de entrecasa que utiliza cotidianamente desde la Casa Rosada y que para nosotros, los argentinos, está dejando de ser noticia para configurar, ya, una entendida preocupación de todos sobre el verdadero estado de la salud de la presidenta, para el mundo que no nos conoce, causa escozor.
Ayer, el ex embajador de Argentina en los Estados Unidos, Diego Guelar, no dudó en afirmar que el mundo nos mira azorados y con sorpresa ante la desubicada broma de la presidenta.
Quien fuera el primer jefe de Gabinete de Néstor Kirchner, Alberto Fernández hoy jugando para las filas del massismo, recordó también ayer que cuando en el 2007 se produjo el episodio de la valija de Antonini Wilson, aquel ciudadano de origen venezolano-norteamericano que fue descubierto en Ezeiza munido con una valija que contenía casi 800 mil dólares que podrían haber tenido como objeto el financiamiento de la campaña Cristina y Cobos con vos, la presidenta reaccionó ante las críticas sentenciando que el hecho era una operación de la CIA contra el país. Tras cartón, contó confiarle, aterrado, que pasaban por la peor crisis en los últimos 50 años por el comentario de Cristina. Mientras, aquí, el episodio se tomó como uno más y no se le prestó demasiada atención.
Esto indica que en el mundo desarrollado, con el cual podemos estar de acuerdo o no, en aquellos países serios más allá de la ideología que cada uno profese y defienda, los dichos en público de un jefe de Estado contra aquellos países salvo de que se tratase de una guerra causan preocupación y asombro. Y muchas veces esos yerros o bravuconadas se pagan caro.
Los chinos, dueños de una tradición milenaria, son particulares, muy diferentes a nosotros. Extremadamente ceremoniosos, los funcionarios chinos respetan casi hasta la obsesión las formas, las actitudes y miden sus palabras al milímetro. Y por sobre todo, cuidan el tiempo, llegando a las citas con puntualidad asombrosa.
Cuando Francisco Pérez, en uno de sus periplos por China, cometió algunos errores en medio de una presentación ante funcionarios chinos con un power point equivocado, supo que había pisado en falso. Tanto, que cuando la reunión de exactamente una hora como se había previsto, llegó a su fin, explotó de furia y envuelto en un estado de ira insultó a los colaboradores que lo acompañaban y que le habían preparado la exposición. La bronca de Pérez estaba justificada, porque ya tenía información de lo mucho que se jugaba ofreciéndoles algunos negocios en la provincia; negocios, como el de la mina de sales y potasio de Malargüe, que fueron rechazados por los funcionarios orientales.
El irrespetuoso tuit de la presidenta ayer dio la vuelta al mundo. Varios diarios altamente reconocidos reflejaron en sus ediciones el asombroso chiste presidencial que pudo ser mal interpretado por China, hecho que se sabrá con el tiempo, no ahora. Y que todos podríamos pagar muy caro tratándose de la primera potencial económica mundial.