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Por Martín Rostand

Una indeseable oportunidad

El jueves 15 de enero de 2015 será recordado por mucho tiempo y seguramente se convertirá en una fecha icónica del tiempo que vivimos, al que no podemos, por la inmediatez de la contemporaneidad, definir con claridad en cuanto a su complejidad.

La historia, o la perspectiva que genere la caída de las hojas del calendario permitirán encontrar el molde en el que se acuñará el nombre del proceso que se desarrolla en este tiempo y que tuvo este jueves, una de las manifestaciones más importantes de las últimas décadas.

La marcha de todos los sectores vinculados a la vitivinicultura hacia la casa de gobierno mostró de una manera descarnada la crisis de la operatividad política, no solamente la del sector puntual.

Porque más allá de los pormenores específicos de la cuestión, que no son difíciles de encontrar y definir con un nivel de detalle suficientemente profundo para quien esté interesado en desagregarlos, es la política en su sentido más profundo, extenso y valioso lo que falló en todo este entuerto del que hablamos. 

Reunir en un consenso inconmovible para el reclamo a elementos tan disímiles entre sí como los principales e ilustres apellidos de las estructuras más elevadas y selectivas del negocio, con los anónimos tomeros que riegan la tierra de madrugada o en plena resolana, pasando por los tractoristas, los comerciantes que venden insumos, los empleados de las bodegas y hasta los intermediarios, que casi siempre están a salvo de estos avatares, no es una tarea fácil ni es un detalle menor. 

Es más bien la confirmación incontestable de que se hicieron muchas cosas mal, durante mucho tiempo, haciendo realidad la metáfora que está escrita en el epitafio del cardenal Richelieu,"… que hizo más mal que bien. El bien que hizo lo hizo mal y el mal que hizo, lo hizo bien."

Entre las causas exógenas a la vitivinicultura, la inflación y el atraso cambiario son las raíces más profundas que la crisis reconoce. Ninguno de estos flagelos se le puede imputar al entorno local de la industria madre mendocina. 

Podría endilgársele a nuestro gobernador, por el natural liderazgo que Mendoza ha ejercido históricamente, una evidente inoperancia para plantear la situación en los niveles más elevados del gobierno nacional, para encontrar sin la presión de la inmediatez que hoy requiere el problema, los paliativos más idóneos para evitar males mayores. Ese es también un cargo que cae sobre la cabeza del presidente del INV quien inexplicablemente, casi no tiene visibilidad en la coyuntura. 

Ocurre que es tan grave la responsabilidad de las entidades y funcionarios vernáculos por lo que han hecho mal aquí, que reprenderlos por lo que no hicieron allá resulta casi un adorno para el rótulo de ineptitud que solitos han estampado en sus frentes.

Yendo a lo ocurrido en el ámbito doméstico, los que saben dicen que es imposible no tener suspicacias sobre los reiterados errores del INV en las estimaciones de las cosechas, errores que siempre terminan perjudicando a los eslabones más débiles de la cadena de valor, depreciando la uva primero y el vino después. Sería fantástico recibir una explicación sobre estos yerros. 

Nadie se explica hoy por qué no se puede saber cuánto es el volumen de ese excedente vínico, con una exactitud que llegue a los centímetros cúbicos y menos aún por qué no se comunica oficialmente esa información, como una forma de quitarle incertidumbre al mercado. 

También sería útil conocer en qué condiciones se encuentran esos caldos y en qué manos están, para discutir las medidas necesarias para corregir la evidente cartelización del mercado. Cuánto de ellos está con estándares de calidad aptos para flotar cerca de los vórtices de la oferta y cuánto de ese volumen ya no sirve para el fraccionamiento que los llevará a las mesas familiares a través de las góndolas.

No es posible entender cómo es que se pensó en establecer volúmenes para bloqueos y posibles prorrateos, sin que todavía hoy se pueda conocer exactamente a cuánto ascienden y en qué manos están los excedentes de los que tanto se habla. Sobre todo por haber concebido esas disposiciones de manera inconsulta con los sectores afectados. 

Es como si estuviéramos escapando de un monstruo sin atrevernos a mirar su cara. Quizás si detuviéramos la estampida y con una buena cuota de coraje lo enfrentáramos, advertiríamos que no era tan fiero y yendo más a lo profundo, si nos decidiéramos a trabajar metódica y disciplinadamente para batirnos en fragorosa lucha con él, el horrible engendro que hoy nos asusta, podría quedar reducido a una módica expresión de los avatares de la economía, totalmente prevenible y sobre todo, evitable.

Para eso necesitaríamos una alta cuota de idoneidad, responsabilidad y coraje en los agentes y actores involucrados hasta niveles remotos en fiscalizar la actividad y conducirla, pero lamentablemente esas virtudes hoy están palmariamente ausentes del escenario.

Trascendiendo estas esferas, lo que queda como sedimento es que falló la política, como decíamos al comienzo.

Si el gobernador falló, si no tuvo la muñeca necesaria para pilotear el proceso, nadie se salva hoy volcando críticas hacia el cuarto piso de la casa de gobierno. La pregunta correcta y el reclamo adecuado deberían también estar dirigidos a los círculos periféricos, a las guardias de materia gris que todo equipo de gobierno necesita. 

¿Dónde estaba el círculo áulico de intelectualidad del gobierno y del partido oficialista cuando se iban encadenando los despropósitos que nos trajeron hasta aquí? Las razones que se dieran hoy para explicar estas claudicaciones no serían otra cosa más que excusas.

¿Y dónde estaba la oposición?, que eludió la perspicaz tarea de tejer las relaciones en la red de interacción en los vericuetos de la política para mover influencias y advertir los riesgos y reclamar los paliativos pertinentes. Tampoco sirve mostrar hoy posteos en las redes sociales como testimonio de que se dijo en determinada fecha lo que había que decir, porque de lo que aquí se trata no es de hablar, sino de hacer y haber conseguido resultados, porque también los hechos huecos son inocuos.

Entre otras fuentes causales, se llegó a este punto por las fallas de la política, tanto en lo institucional como en lo partidario, sea en el oficialismo como en la oposición. 

Pretender que se emergerá de la crisis con la misma política que mostró con generosidad toda su ineptitud, es una ingenuidad.

Hoy se necesita actuar desde todos los costados con decisión y con herramientas idóneas. El diálogo será el puente necesario, además de comunicar clara y metódicamente la línea de acción que se seguirá. Dicho en otras palabras, esto no se arregla con buenas intenciones, sino con dinero contante, sonante y sobre todo, disponible en el acto para corregir los desequilibrios más urgentes del mercado.

El gobierno ya comprometió un tercio del volumen dinerario con el que se dará un primer ataque, mientras que las provincias de Mendoza y San Juan deberán aportar las otras dos terceras partes.

Deberán hacerlo con máxima eficacia para sembrar los salvavidas que permitan rescatar a los náufragos y no generar la turbulencia final que terminará ahogándolos a todos.

El caso supone todo un desafío para los sectores involucrados y una lección que debería dejar valiosos aprendizajes tanto para los eslabones de la cadena vitivinícola como para los estamentos de la política, tanto institucional como partidaria.

Con matices, esto ya ocurrió otras veces.

Ojalá esta vez aprendamos. 

Aunque la crisis agobia, la misma situación es a la vez una indeseable oportunidad para demostrar que somos capaces de corregir nuestros errores. 

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