en terapia

Gerardo Sofovich y su última entrevista

Responde "te quedás corto" cuando le preguntan si es inteligente y capaz. Se considera exitoso, pese a que sufrió traiciones.

Por Sección Espectáculos

Gerardo Sofovich es un hombre y un nombre que condensa diversas actividades y distintas lecturas de su imagen: lo artístico, lo periodístico, la producción, etcétera. Otro sector: poder, fama, dinero. Un personaje polémico.

Te pregunto, ¿te reconocés en esta descripción? Sin ninguna duda. Nunca me conformé con lo que iba teniendo. Siempre quise más. Empecé con la televisión, después teatro, luego cine y además escribía todo lo que hacía.

¡Pero supongo que esto exige un aprendizaje! No, no, no. Desde la primera película, apenas sentaron al equipo y me lo presentaron, dije: “Bueno, muchachos, vamos a trabajar”.

Contame cómo fueron tus comienzos. Empecé como actor y, de caradura, como productor de un par de programas cómicos. Me inicié trabajando de “negro” de Juan Verdaguer, negro entre comillas porque así se denomina al autor que no figura.

A Verdaguer siempre lo caracterizó una comicidad inteligente. Y mirá las vueltas de la vida que lo terminé dirigiendo.

Tengo entendido que fuiste estudiante de Arquitectura. Estaba en quinto año, me faltaban seis materias para recibirme. Mi papá murió en julio. Cuando falleció, justo era la época de los parciales y no pude darlos. Dije: “Doy las materias que me faltan entre diciembre y marzo y me recibo”. Pero en diciembre ya estaba haciendo televisión.

¿Y cómo fue vivir un salto así, de pronto? Todo casualidad. Yo hacía los sábados y domingos periodismo freelance, en la seccion deportes. En ese momento, José Barcia, que fue alumno de mi padre, me ofreció quedarme en el diario como redactor de primera.

Pero volvamos a la Arquitectura. No cabe duda de que la decisión de abandonarla debe haber sido compleja y audaz.Es probable. Incluso llegué a ser presidente de la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA).

A lo largo de tu vida, ¿tuvo algún aspecto importante la traición? Como sabés, es uno de las situaciones más dolorosas. Puff. Un montones de traiciones... La última la recibí ayer (silencio). Mi secretaria de hace 24 años mandó un telegrama disparatado, absurdo, considerándose despedida, injuriada y no sé cuántas cosas más.

Porque, si sos una persona sensible, la traición está ligada íntimamente a una decepción, a un desengaño, a una soledad muy amarga. La traición y la ingratitud, también.

Exactamente. ¿Te habrás sabido cuidar de la traición? No, no, no porque soy muy confiado, soy instintivamente confiado. Siempre me preocupé de mi laburo, sabía que entraba guita pero nunca la manejé. Por eso un hombre de confianza me robó mucho dinero. Trabajo conmigo y me estuvo currando durante quince años.

¿Y la envidia? Y con la envidia... 54 años en la cima de la ola.

¿Sabes cuidarte? No.

Me pregunto si en el fondo no te olvidarás de cuidarte. No, tuve una muy linda vida, me gratifiqué y viajé a todos los lugares que quise viajar. Soy un gourmet. Aprendí idiomas precisamente para viajar y para disfrutar de esa posibilidad.

¿Cómo es tu relación con el dolor? Creo que buena, lo tolero bastante.

Es imposible separar el dolor del cuerpo del dolor del alma.La medicina se encargó de eliminar el dolor.

O se encargó de enseñar que el dolor es uno, digamos; ese dolor físico y ese dolor psíquico. Pensaba en tu corazón... vos padeciste un infarto. Si yo te cuento la historia de mi infarto, no lo podés creer. ¿Te la cuento?

Sí, por favor. Ibamos a comer casi todos los dias con Carlos Menem en Olivos. Era muy difícil separarnos; cuando me hacía una escapada a algún lado, yo le tenía que dar excusas a Carmen (Morales, su esposa en ese momento) y a Carlos. Entonces, un día voy para Olivos y de pronto siento en mi pecho la pata de elefante. Sigo manejando el coche, paro en el chalet y estaba Carlos en la puerta esperándome. Y me dice: “Vamos a escuchar tango a la parrilla que canta Goyeneche”. Yo pensaba: “Si digo que tengo esto se me va a armar un quilombo, va venir el médico presidencial, helicóptero. Ya pasará...” Subimos al coche presidencial, nosotros íbamos atrás y me transpiraba todo el cuerpo. Me olvidé de que el auto era blindado y no podía bajar el vidrio, era una cosa espantosa. Llegamos y me acerqué a la caja. Yo sabía que las aspirinas eran buenas. El cajero me da dos aspirinas, me las tomo y vamos para la mesa. Cuando dejo de saludar a todo el mundo, nos sentamos al lado del escenario y entonces viene el mozo. Dice: “¿Bebidas?”. Y le digo: “¿Me das dos aspirinas?” En 8 minutos me tomé cuatro aspirinas. El dolor, la pata de elefante seguía. Comimos. De pronto, dije: “Si me voy a morir, me muero”. Agarré y me encendí un cigarrillo, ya no daba más, me lo fumé. Nos vamos, llegamos a Olivos. Carlos me dice: “Vení, vamos a tomar un cafecito”. Entonces le digo que no porque al día siguiente tenía una grabación y era tarde. Agarro mi coche, estaciono en mi cochera, subo y Carmen dormía. Y le dije que creía que tuve un infarto y que le avise a Alfredo (Cahe, su médico) y que me dejen dormir. En menos de una hora estaban Alfredo, dos enfermeros y una enfermera que me decían “vamos al Güemes”. Cuando llegamos, dije que no bajaba en silla de ruedas. Entré con él y, cuando pasé la puerta, pedí la silla de ruedas. Una historia increíble y así pasó, textual.

Y, además, lo increíble es que sea cierto. ¿Acaso no acabás de relatarme una gran postergación de vos mismo? ¿Qué fue lo que te impidió pedir ayuda? Porque se iba a armar mucho quilombo.

Tal vez, en lo profundo, tanto vos como los que están a tu lado no se dan cuenta cuánto actuás en función de los demás y, sin darte cuenta, te relegás a un segundo plano. Puede ser... yo salgo a la ruta y ando a 230 o 240 por hora. Si no, me aburro.

Ahí tenés. Eso quiere decir que una de las claves del riesgo y del peligro es encontrarle sentido a la vida, ya que si no pareciera que se te torna angustiosa. O faltarle el respeto a la muerte, porque no le tengo miedo. Hay una parábola maravillosa en All That Jazz. Yo la veo una vez por año. Yo creo que es la parábola del hombre con la muerte. El hombre desde que nace está coqueteando con ella o es un esclavo del miedo a la muerte, que es lo que crean las religiones, que son el placebo del hombre contra el miedo único, irreversible e imposible de superar.

La muerte es una de las angustias esenciales del hombre. Sí, y yo la tengo superada.

Sí, pero en Occidente nos enseñan a negarla en lugar de aceptarla. Sí, pero llega con los años... el mismo cuerpo, la vejez y todo te van acostumbrando. A veces la ves como un alivio.

Sucede que el problema es que, cuando hay mucha angustia de muerte, la conducta es desafiarla permanentemente. Yo lo defino como “coquetear”.

¿Coquetear? Está bueno, porque lo que vos llamás coquetear sería jugar con ella para calmar tu angustia. El único peligro es que el seductor se nos vaya de mambo y que, a 230/280 para tapar el miedo, se estrelle. Manejo a altas velocidades en ruta pero no soy imprudente. Jamás rocé un auto.

La traición es uno de los antecedentes, que ligada a la ingratitud y a la decepción, nos deja sensibles al infarto. Hay que reconocer el dolor de la traición, porque si no es el corazón el que grita. Me resulta interesante.

¿Qué edad sentís que tenés? La edad cronológica la sufro, pero me siento de 40 años.

¿Fue variando tu edad interna? Tengo 40 desde que tengo 30.

¿De no ser vos, quién te hubiera gustado ser? Bob Fosse es lo más parecido a mí. Porque acá, en la Argentina, nadie hizo lo que hice yo: dirigir cine, conducir televisión o crear sus propios programas.

¿Y cuáles son tus comediantes preferidos? De acá, de la Argentina, tuve un elenco fantástico, pero evidentemente los referentes clave fueron Juan Carlos Altavista, Juan Carlos Calabró y Jorge Porcel, que son irrepetibles. De lo actual, admiro a Guillermo Francella, del que soy muy amigo: creo que es un fuera de serie. Y Dady Brieva, que es el mejor monologuista que hay en Argentina.

¿Y los del exterior? ¿Woody Allen? Woody Allen me gusta, pero es muy irregular. Tiene películas deliciosas y otras que son una plomada. Me gusta el humor de las series norteamericanas actuales, que son extraordinarias. Son Two and a Half Man y The Big Bang Theory, que está arrasando desde hace tres o cuatro años y es excelente.

Me pregunto cómo ha sido tu relacion con el humor y qué variaciones ha tenido a lo largo de tu vida. ¿Te reís a menudo? Sí.

O sea que sos un tipo que no sólo escribe humor, sino al que le gusta reírse y divertirse. Me gusta el humor, el humor de calidad.

En mi opinión, han tenido distintas tonalidades las cosas que has hecho. Desde Verdaguer hasta Operación Ja-Ja, incluyendo Polémica en el bar. Claro, en Operación Ja-Ja sale como sketch Polémica en el bar, que después fue un programa de los más exitosos que hubo en la televisión argentina.

Polémica en el bar fue una cosa muy particular, con Fidel Pintos con un gran protagonismo. ¡No te creas, eh! Se transformó en un mito urbano. El estuvo un solo año en Polémica en el bar. Fue en el 73. Ya llevábamos varias temporadas de La peluquería. Le dije: “¿Quiere sentarse en la Polémica? Y me respondió: “¿No te parece que es mucho? ¿No es mucho curro el mismo personaje?” Fidel tenía un pudor que era maravilloso. Sólo estuvo en Polémica en el bar ese único año.

Gerardo, ¿vos te reconocés una persona ambiciosa? Mirá esto (muestra el cuadro de una tapa de diario, donde aparece en portada como “El rey de la calle Corrientes”). Soy el único que hizo cuatro espectáculos simultáneos en la calle Corrientes.

¿Por qué tantos y para qué? Porque era divertido, era un desafío. Nadie lo había hecho, me gusta hacer las cosas que nadie hizo. Me gusta mucho el desafío.

O ser el número 1. Muchas veces cuando uno no puede dominar lo inesperado se convierte en su motor protagónico.Por eso también fui jugador.

No todos los desafíos y las ambiciones son saludables. La ambición es una forma de superarse.

Y de conquistar más espacios personales, de ampliar nuestro existir. Te gustan los riesgos pero, también, dijiste una palabra que tiene que ver con eso del humor y de la risa. Te divierte, te excita. Claro, es que si yo no me reía... algo estaba fallando y lo retocaba. Recuerdo cómo nos reíamos todos en el control durante el programa.

Otro mito era que ellos improvisaban, que no había guión fijo. No, todo lo contrario, había un guión estricto en Polémica.

¿Guión estricto en Polémica en el bar? Durante los ensayos yo les daba el libreto oralmente. Me pasaba noches escribiendo carillas y carillas. Es más, nos conocíamos tanto, manejaba tanto los hilos de los personajes y me respondían tanto, que decía: “¿Para qué voy a escribir? Vos decí tal cosa, vos tal otra”. Así que hacíamos un fragmento hasta dónde daba. Después pasábamos letra, grabábamos y empalmábamos para seguir. Lo que sí pasaba es que, en el transcurso del ensayo, de pronto intervenían Porcel, Altavista o Rodolfo Crespi y me decían: “¿Qué te parece si digo tal cosa?”. Y yo, entonces, contestaba: “sí, me gusta”, “no me gusta”, “ok, queda, se incorpora” y, bueno, se incorporaba.

¿Fuiste una persona interesada o comprometida políticamente? Sí. Siempre me interesó la política. Es conocida mi amistad con Menem, pero te cuento que estaba acostumbrado a que todos los gobiernos acudieran a mí por los 60 puntos de rating de mi programa.

¿Cómo te sentías al respecto? Me molestaba, me hinchaba bastante las pelotas. No me gusta depender de nadie.

¿Llegaste a depender de algún goberno para poder trabajar?No, siempre me hice respetar. En los programas más importantes hay mucha coima, mucho sobre. La política pone mucha plata para eso y yo nunca acepté porque siempre viví de la publicidad y mi programa estaba muy vendido.

¿Cómo te llevás con la rivalidad, con la competitividad? El medio te hace competir.

¿Estás pendiente de qué pasa con el otro? ¿Hay personas que se convierten en rivales privilegiados? Definitivamente, no. Hay dos etapas en mi vida; en una estaba acostumbrado a que no me ganaba nadie y, entonces, no me preocupaba en absoluto lo que decían los otros. Después, con la edad, asumí que aparece gente joven, gente con polenta.

¿La aceptás bien o cuesta aceptar no ser siempre el ganador?Lo acepto. Y de pronto aparece Los 8 escalones, que se transforma durante todo el verano en el programa con más rating.

¿Te considerás una persona inteligente y capaz? Creo que te quedás corto.

¿No hay ningún defecto que pueda conspirar o pueda no permitir que tu inteligencia no tenga su máximo desarrollo? Tristeza, enojo, omnipotencia. ¿Sentís que le das cabida a que fluya libre la inteligencia? Omnipotente no me sentí nunca, potente sí.

¿Completo? ¿Sin grietas? No. Soy autocrítico. Puedo estar escribiendo algo, estar en la página 10, de pronto agarrar, romper todas las páginas y reelaborarlas.

La aventura de tu paternidad, ¿cómo la viviste? Mi paternidad es fuente de disgustos. Gustavo, mi único hijo, entró muy pequeño a las drogas y ha tenido entrada y salida durante treinta años. Ahora felizmente está en un período de remisión, ojalá que sea definitivo. Pero de alguna manera opacó los mejores años, los más importantes años de mis éxitos profesionales. En mi intimidad lo opacaba.

¿Fue muy doloroso, no? Y, claro, imaginate. Por suerte me dio dos nietos fantásticos. Son de madres diferentes. La mayor se acaba de graduar en la Universidad de Boston, en comunicación audiovisual. Y el menor tiene 10 años: la única contra es que me salió hincha de River.

El que te entrevista también, te aclaro. ¿Y ahora Gustavo está mejor? Sí, desde hace unos largos meses.

El punto es no distraerse. El lo tiene claro. Es una lucha día por día. Como me pasa con el cigarrillo: termino de comer y tengo unas ganas locas de fumar, pero es un tema de voluntad.

No sé si te habrán cuidado tampoco. La que me cuida hace 34 años es Esthercita. A ella le dije que si me deja la mato y me mato (risas).

¿Y tus matrimonios? Aunque tuve dos casamientos, nunca llegué a la plenitud con ninguno.

¿Y el amor no lo sentiste? Sí, por momentos sí.

¿Sólo momentos? Exactamente, pero, de todos modos, encontré contención en algunos amores pasajeros.

¿Y por qué fueron pasajeros, si daban esa contención?Precisamente porque estaba casado, por ese convencionalismo social de terminar con todo y hacer lo que se te dé la gana.

La verdad y el coraje son aliadas de la felicidad. Claro, por eso te digo. Es otro de los mandatos.

Mandatos que conspiran contra la libertad y la felicidad. Es verdad.

Fuente: Clarín

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