Tres décadas de excelencia artística y una inquietud musical en estado de constante renovación confluyeron, el sábado 29, en la sala mayor de Godoy Cruz, con una puesta que reunió distintas generaciones de artistas y etapas musicales, representadas por los directores Ricardo Marino; Alejandro Scarpetta; Osvaldo Ciccioli y la presencia estelar del ex Pedro y Pablo, un nombre ineludible al hablar de los cimientos del rock argentino: Miguel Cantilo.
El coro del Cantapueblo celebró sus 30 años con Miguel Cantilo
Poco antes de salir a escena, la actual directora, Nancy Ciccioli, puntualizó que la línea argumental del espectáculo se confeccionó desde la sucesión cronológica e histórica del coro, en donde cada director tendrá la posibilidad de interpretar sus propios arreglos, con su impronta y sello personal. Esta posibilidad de que cada uno pueda realizar un repertorio versionado a su manera, es el obsequio que el coro decidió entregar a quienes llevaron su batuta en estos años.
Antes de que la música tocara las tablas del Plaza, una proyección audiovisual reunió invalorables testimonios para revivir la historia de un conjunto nacido en Democracia que vino a hacer una diferencia y le dio cuerpo, voz y alma al arte coral y popular con acento cuyano alrededor de nuestro continente.
Las voces que construyen la historia
En la apertura, el encargado de echar a andar este sueño, el primer director de la formación allá por 1984, Ricardo Marino, reunió a Latinomusica (primer nombre del coral) y la formación actual alrededor de los primeros acordes de rock nacional, género que sería ampliamente versionado a lo largo de la velada, con Yendo de la cama al living y Tercer Mundo. Tras Barro tal vez, Alejandro Scarpetta, nombre clave de nuestra escena musical, creador del Encuentro Cantapueblo y quien declaró al coro su anfitrión (de ahí toma su nombre actual) arribó al Teatro para interpretar Golondrinas. A su paso, el cantautor mendocino Osvaldo Ciccioli, responsable del coro de 1991 a 1996 y quien le dio una especial idiosincrasia procurando ser representantes de la voz del pueblo, introdujo parte de su repertorio con la belleza compositiva de Lo poco aprendido y Caminando calle arriba.
Llegando al final de este emotivo recorrido histórico, desde 1996 a la actualidad, Nancy Ciccioli comenzó a afianzar la idea de aunar folklore, rock nacional y aires musicales latinoamericanos en un mismo repertorio, dotándolo de una novedosa amplitud y variedad estilística que se mantiene hasta el día de hoy. Junto a la percusión de Quique Öesch y las cuerdas de Dante Ochoa dirigió los suyos en Sabiéndose de los descalzos; un vibrante popurrí de chacareras y el revisionismo de La argentinidad al palo.
Ahí nomás, sin pedir permiso, con el pelo más libre que nunca y como quien llega a un encuentro de amigos, Miguel Cantilo, uno de los últimos próceres de la etapa fundacional de nuestra música templó las cuerdas para regalar A donde quiera que voy y, junto a Osvaldo, un puñado de sus nuevas composiciones contenidas en su última placa Canciones de la Buhardilla. Desde ese momento, el rock de carga poética, las narraciones intimistas y el deseo de libertad hicieron saltar todos los resortes emocionales del auditorio, en un fogón imaginario que se iba encendiendo con la nostálgia de Donde va la gente cuando llueve; la infaltable Marcha de la bronca y Que sea sol, en donde el coro ya no estuvo sólo arriba del escenario, sino que otras voces, las del público, multiplicaron su canto. El arte coral, nuevamente, fue llevado a la excelencia, como desde hace treinta años, como el primer día.