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Por Marcelo Torrez

¿Quién quiere matar a la presidenta?

¿Quién quiere matar a la presidenta? Desde que Cristina Fernández de Kirchner hablara en la Casa Rosada, el martes, durante más de dos horas destinando llamativas y sorprendentes críticas con tono de denuncia hacia medio mundo interesado en voltear y desestabilizar al Gobierno constitucional, pocos argentinos pueden hoy abstraerse de semejantes declaraciones originadas nada más y nada menos que desde la autoridad máxima institucional del país.

Los dichos de la presidenta han venido a aportar un poco más de incertidumbre y temor en la sociedad bien pensante que se niega a creer, en verdad, que esté en ciernes un movimiento tan desquiciado y aberrante de interrumpir el proceso democrático en el país para sacar de lado a la presidenta y al grupo con el que gobierna.

Si faltaba un aditivo más para intranquilizar socialmente al país, el mismo fue aportado por Cristina sin abundar en detalles, ni fundamentos más sólidos en los que ha basado sus denuncias públicas, más que la sola posición contraria a la que defiende la presidenta por parte de grupos señalados como instigadores trasnochados de un golpe, institucional o económico.

La incompetencia absoluta demostrada por el Ejecutivo para controlar la fuga de capitales; lo mismo que para ofrecer la suficiente tranquilidad, garantías y confianza al sistema económico y al mercado de capitales como para que se desenvuelva con absoluta normalidad; la permanente acusación patológica del gobierno hacia fuerzas extrañas que se han ensañado con un país que pareciera, para quienes gobiernan, que estuviese llamado por imperio de algún mandato divino a salvar de las penurias a un mundo entero de las cuatro o cinco malignas naciones más poderosas del universo, son sólo imágenes que pueden crecer en mentes alteradas.

Porque de otra manera no se entiende que Argentina, un país que ha recibido un importante gesto de apoyo de otros países en su lucha contra los fondos buitre pero que a la vez los mismos le han sugerido sentarse a negociar de alguna manera para resolver un tema que tiene paralizada a la sociedad sobre la base del diálogo y la discusión inteligente y sensata, reaccione de tal forma, como lo viene haciendo Cristina, azuzando aún más el clima de inestabilidad en la que se está desenvolviendo buena parte del país, tanto aquellos que la apoyan como la otra parte que espera pacientemente la llegada de las elecciones para manifestar su deseo de cambiar el rumbo de las cosas.

Sin duda que estamos frente al peor momento del kirchnerismo desde que accedió al poder hace doce años. Debilitado y evidentemente confundido ante la falta de una reacción exitosa frente a los problemas que se le fueron presentando, la presidenta apeló al ataque furioso contra los siempre desagradables “fondos buitre”, contra Estados Unidos a quien señaló como la nación que ha puesto en peligro su propia vida cuando días antes había apuntado hacia el grupo terrorista de origen islámico Isis, contra los bancos, contra los medios, contra los sectores concentrados de la economía, contra los productores ambiciosos, especuladores e “idiotas”.

Lo que parece estar claro es que la presidenta de la nación, de cara al fin de su mandato y sin que emerja una figura fuerte que le dé garantías de continuidad al modelo que se inició en el 2003, se abroquela en el núcleo más duro y agita a la militancia a quien le advierte que se ponga de pie alertandola frente a lo que se viene.

En verdad ¿qué quiere decir la presidenta? ¿qué está ordenando? o bien, ¿para qué cosa está preparando al grupo de sus más incondicionales, aquellos que nunca se preguntaron si todo lo que se está haciendo desde el Ejecutivo es correcto o no, frente a una eventual derrota?

Cristina, la presidenta que dice que no la van a hacer enojar, reacciona con toda la furia desde el atril más importante de la autoridad institucional del país, para inquietar, más que para tranquilizar las aguas.

José Nun, uno de los intelectuales más lúcidos del país y crítico feroz de las acciones del gobierno, recordaba ayer entrevistado por una radio porteña que el Plan Marshall destinó unos 13 mil millones de dólares en 1947, tras la Segunda Guerra Mundial, para ir en rescate de 19 países que habían sufrido las consecuencias del enfrentamiento. El programa condicionaba a los países a quien iba destinada la ayuda, de que una vez recuperados, le compraran bienes a los Estados Unidos, el impulsor del plan, como contraparte.

A valores del dólar de hoy, rescató Nun, ese plan significó una inyección de 150 mil millones de dólares. El intelectual, tras cartón, sostuvo que desde nuestro país, durante los últimos años, se fueron cerca de 500 mil millones de dólares, algo así como tres planes Marshall, producto de la inoperancia del gobierno por mantener esa suma del dinero a resguardo dentro del país, con estímulos a la inversión y con un buen clima de negocios.

Nun finalizó su teoría aseverando que más que económico, el país tiene un problema de gestión grave, de ineficiencia absoluta al momento de identificar las mejores medidas para combatir la inflación, el estancamiento, el freno de todas las actividades económicas. Esa ineficiencia y esa incompetencia han tornado en una debilidad pavorosa que demuestra la presidenta cada vez que le habla al país y ataca a todo el mundo, menos a sus propios incondicionales, de ser los culpables del momento argentino.

Una actitud cada vez más parecida a ese presidente caribeño que suele hablar con un pajarito y al mentor de aquél en el poder, su antecesor, el que tuvo serias dificultades para administrar a favor de su propio país una monumental reserva de oro negro y que, como contrapartida, optó por culpar a todo el mundo de su absoluta ineficiencia.

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