Mirándote me doy cuenta de lo viejo que soy, porque tienes exactamente la misma edad que el psicoanálisis. Los dos me habéis causado preocupaciones, pero en el fondo espero de tu parte más alegrías que de la suya, escribe Freud a su hija en una misiva enviada a fines de 1920.
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Las cartas entre Sigmund y Anna Freud
Ahora bien, en las muchas cartas que recibo nadie escribe como corresponde acerca de ti, cómo estás, qué haces, si estás muy atareado, y por eso me volvería a alegrar mucho si volvieras a escribirme por tu cuenta, reclama la autora de El ego y los mecanismos de defensa (1936).
La correspondencia describe el desdoblamiento entre un padre que si bien trasciende la "normalidad" no deja de advertir o aconsejar a su hija -en las misivas reunidas en el libro prevalece el sentimiento amoroso por sobre otros apuntes- y el psicoanalista que se vale de la ocasión para poner en escena una suerte de diván epistolar.
La convivencia entre el registro familiar y el psicoanalítico irrumpe en la preocupación de Freud por el retraimiento de Anna, algo alejada de la vida social y por el contrario ensimismada en los libros: ante eso, el padre la estimula a no disociarse de los placeres y a compartir actividades con sus congéneres.
Nacida el 3 de diciembre de 1895, la mujer fue la única de los descendientes de Freud que se dedicó al psicoanálisis. Soltera y sin hijos, se especializó en la psicoterapia infantil e incluso abrió su propia clínica en 1938.
La relación entre Anna y Sigmund fue leída por algunos de sus discípulos con la consumación de la teoría del complejo de Edipo sobre la que Freud escribió largamente.
La hija más chica del autor dePsicopatología de la vida cotidianapasó gran parte de su vida distanciada de su madre, Martha Bernays -circunstancia que de alguna manera reforzó el acercamiento paterno-, y tuvo además una relación conflictiva con su hermana Sophie, con quien solía rivalizar frecuentemente.
Freud también mantuvo correspondencia con el resto de sus hijos -registradas en el volumenSigmund Freud. Cartas a sus hijos-aunque a diferencia del tono que signa la relación epistolar con su descendiente menor, en las misivas destinadas al resto de sus hijos (Mathilde, Martin, Olivier, Ernst y Sophie) elige un registro inequívocamente paternal y ya no psicoanalítico para aconsejarlos sobre el amor y la sexualidad.
Entre Sigmund y Anna siempre hubo un lazo especial, inquebrantable durante el tiempo en que estuvieron separados físicamente. De hecho acaso por ser la única sin familia entre sus hermanos, ella se ocupó de su padre hasta su muerte en 1939.
Fuente: Télam