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Cortázar y la plaza con voces peronistas

Se me ocurre que en lugar de hojas, de los árboles crecen postales de Paris”, definía Cortázar a la placita ubicada en un barrio en el que vivió, que los biógrafos no suelen mencionar.
Por Sección Cultura

Con su paso largo, el 25 de agosto de 1944 caminó la calle Artigas hasta avenida San Martín. En el refugio que separaba los dos tramos de la calzada trepó no muy ágilmente al tranvía 86. La cita, estimulada por el sonido de la sirena de “La Prensa”, era en Florida, de Tucumán a Charcas (para muchos de los convocados, del Jockey Club al Plaza Hotel). Un día antes de cumplir 30 años, se producía la liberación de Paris. Varios miles de ciudadanos recorrieron ese sector de Florida luciendo cintas con los colores rojo, azul y blanco, y cantando “La Marsellesa”. Todavía radicado en Chivilcoy, ese día, como lo hacía cada tanto, Cortázar había venido a Buenos Aires a celebrar la fecha con amigos porteños. Paraba en Artigas 3246, edificio en que había vivido una década atrás.

La mayoría de las biografías registran que al regresar de Europa –su padre había sido miembro de la embajada argentina en Bélgica– los Cortázar vivieron en Banfield. Lo cierto es que el departamento del tercer piso de Artigas 3246 y la plaza que hoy lleva su nombre fueron escenario de episodios significativos en la vida de Cortázar. Por extraña coincidencia, Paris se colaba en sus viajes a la capital. La noche del 25 seguiría bebiendo calvados en la confitería La Fragata y los minutos iniciales de su día lo encontrarían en la plaza, mirando correr a los gatos atorrantes.

Afincado en Paris desde 1951, y por mediación de Manuel Antín – que llevó al “Circe” y “La cifra impar” –, Cortázar trabó amistad con Patricio Esteve, narrador, dramaturgo, director en 1984 del teatro Cervantes, que también vivía en la ciudad cantada por Yves Montand. Aparte de afinidades literarias festejó Cortázar que en los años 40, vecino de Almagro, Esteve tomara, como él, cada mañana el bendito 86 para ir al Nacional Buenos Aires. Evocaba Esteve que a Cortázar le divertía imitar el gangoso traqueteo del tranvía metiendo sus erres copadas por la ge. En esas charlas los parisinos adoptivos hablaron delDe Sarmiento a Cortázar, donde David Viñas señala “el viejo mito argentino de la santificación de Paris”. Como lo haría en carta a Saúl Sosnowski, Julio Cortázar blanqueó razones de su alejamiento de Buenos Aires. “Ese mito ha perdido todo interés, salvo para los resentidos de la literatura, y como con ellos no vamos a hacer la revolución, le ponemos punto y se acabó. Yo no me vine a Paris para santificar nada, sino porque me ahogaba dentro de un peronismo que era incapaz de comprender entonces, cuando un altoparlante en la esquina de mi casa me impedía escuchar los cuartetos de Bela Bartok”, se despachó. A esta altura recupera protagonismo la plaza. En 1945 sus faroles de fierro fueron testigos de las incursiones de un grupo de muchachos peronistas. A través de un equipo de altoparlantes el perucaje de la primera hora propalaba los discursos del entonces coronel, vivaba su nombre y gritaba una consigna: “mate sí, whisky no”. Contaba Cortázar que fue desde la ventana de las-de-Piñeyro que daba a la placita donde padeció el avance de las voces populares apagando la voz del compositor húngaro. Un año después la consigna excluyente, en vísperas de las elecciones, sería “Braden o Perón”. Con su filoso sentido del humor le decía Cortázar a Esteve: “alguna vez creí oír “Bartok o Perón”.

En carta al excepcional narrador uruguayo Felisberto Hernández se refiere Cortázar a los años en que vivió en la oscura pensión Varzilio de Chivilcoy y a la necesidad de viajar a su ciudad. Le asombra enterarse que a fines de 1939 Hernández, también pianista, había ofrecido un concierto precisamente en Chivilcoy. “Yo no faltaba a ningún concierto por la simple razón de que casi nunca había concierto, casi nunca pasaba nada. Pero cada vez que podía, y esa fue una, me escapaba a Buenos Aires en busca de amigos, los cafés del centro, amores desdichados y el último número de Sur”, ironiza JC. En 1938 el maestro rural había publicado Presencia, poemas nacidos en la rue Artigas, con seudónimo de cantor de la orquesta de Osvaldo Fresedo: Julio Denis.

En el frente del edificio de Artigas 3246 una placa avisa: “aquí vivió Julio Cortázar, el clima del barrio Rawson y la Agronomía están presentes en su obra”. Lo corrobora el cuento “Ómnibus”, que transcurre en un coche de la línea 168, al que Clara sube en Nogoyá y avenida San Martín, a tres cuadras del barrio Rawson, y ya sentada padece el acoso de un iracundo chofer que pretende impedirle que descienda durante el viaje y también en la terminal de Retiro. En ese departamento también cobraron forma “Casa tomada” y aventuras de cronopios y de famas. El Rawson consta de nueve pabellones de departamentos y unas veinte casas, construidos por la Municipalidad entre los predios de la Facultad de Agronomía y la citada avenida San Martín. En este barrio vivían algunos personajes del mundo literario y del espectáculo: el dramaturgo Samuel Eichelbaum, autor de Un guapo del 900, hombre de la noche de Buenos Aires; el crítico Luis Emilio Soto, sin acceso a cátedra en la UBA por carencia de títulos, pero que concluiría siendo, por concurso, profesor de literatura hispanoamericana en las universidades de Ann Arbor y Boston; el todo terreno César Tiempo, proxeneta de la “poeuta” Clara Beter, maestro del reportaje y actor del cine neorrealista italiano; León Kibrik, fundador de “El diario israelita”; Pedro Lauga, cantor de la orquesta de Lucio Demare, y Augusto “Nene” Bonardo, figura de la televisión de los años 60.

Cortázar vivió en el tercer piso del pabellón “I”. Recordaba Lauga que desde la plaza solía verse a un muchacho parado detrás de una ventana. Debía ser alto porque se apreciaba el rostro, pero el pelo no entraba en cuadro. Miraba hacia la plaza, donde los chicos jugaban a la pelota. El muchacho no se asomaba, parecía apartarse de la ventana como queriendo ver sin ser visto por esa población de 400 habitantes. Lo beneficiaba que el pabellón “I” se hallara aislado de los demás, pero eran obstáculos la estatura y que el segundo piso del “I” estuviera copado por las-de-Piñeyro. La seudo viuda de Piñeyro lideraba la familia: tres hijas adolescentes y un perro lanudo con raíces pomeranianas. Irma, la mayor, se atrevió a desnudar una llaga que conmovió a Cortázar: el señor Piñeyro había abandonado a la familia cuando ella acababa de cumplir seis años, la misma edad que tenía Julio cuando su padre decidió irse de su casa sin dejar rastros. Con Irma conversaba Cortázar y ponía sus banderillas. Deslizó, por ejemplo, que el lanudo Mingo ganaría consideración si pasaba a llamarse López Monet. Moción aprobada. Las-de-Piñeyro, claro, tenían su locura. Un par de veces por año anunciaban que iban a presentar perro nuevo. Cruzaban a la plaza con una canasta y soltaban al nuevo animalito, que no era otro que López Monet, enteramente pintado de rosa o celeste. Julio se reía a carcajadas. Más de la plaza: la única vez que alguien invitó a Cortázar a jugar al fútbol lo hizo un chico del barrio. Confesión de Julio Cortázar: nunca había jugado un partido. A lo sumo le había dado una patada a una pelota. No se lo dijo al chico. Se limitó a excusarse, quizás sin decir che, ni pibe. Cosas de un niño de salud vulnerable, y además sobreprotegido por su madre, al que los médicos recomendaban, a los 9 años, más sol y menos lectura de Poe y Víctor Hugo. A pesar de su apagada relación con el sentimiento popular futbolero el talento de Julio Cortázar lo llevó a necesitar sólo ocho palabras y un par de números para definir el clima de un domingo de gente modesta, cargado de alegría, por qué no en la casa de su “Torito” Suárez de Mataderos: “era una noche de nebiolo y Racing 4 a 1”. 

Fuente: télam

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