Tengo la sensación de que pusimos todo. Nos quedamos secos, más no podíamos dar, sintetizó Mascherano a minutos de haber perdido la ilusión de su vida y de las nuestras, con el alma en la boca, con las revoluciones a mil y la sangre caliente.
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Por una vez aprendimos que perder no es una frustración
Tengo la sensación de que pusimos todo. Nos quedamos secos, más no podíamos dar, sintetizó Mascherano a minutos de haber perdido la ilusión de su vida y de las nuestras, con el alma en la boca, con las revoluciones a mil y la sangre caliente.
El fútbol, una vez más, nos deja ricas enseñanzas. Que las altanerías se pagan caras, que las culpas de lo que nos pasa hay que buscarlas adentro más que afuera y que la victimización no es buena consejera.
Nos queda la sensación de que los 23 que fueron a Brasil dejaron todo lo que tenían para dejar y que ese todo no alcanzó para la gloria. Pero sí para dejar una imagen digna, sin melodramas y sin desparramar culpas ajenas.
El sueño del Mundial terminó y ese epílogo no ha dejado ese sentimiento de derrota que destruye o desmorona. Todo está como era entonces. Ni tan negro ni tan blanco. La realidad se nos presenta tal como es, con las mismas dificultades y las mismas fortalezas.
Desde este lunes, el país vuelve a tomar el ritmo de las cosas que dejamos un mes atrás. Y ahí sí que, con la misma fuerza que se hizo para apoyar al equipo en Brasil, deberemos enfrentar la falta de buenos resultados en las batallas que libramos contra nuestras propias debilidades.
Nos aguarda un país y una provincia que anda a los tumbos sólo por culpas propias. Y con el convencimiento de que necesitamos, en cada rol que nos toque cumplir, encontrar a esos Mascheranos que sientan que se quedan secos por dar todo y no aguardar eternamente por la aparición de esos Messis que hemos inventado en la conciencia colectiva, cual mesías, que llegarán para rescatarnos del pozo.