El libro, publicado por la editorial Biblos, cuenta con los aportes de Carolina Losada, Constanza Cavallero, Claudio Rizzuto, Santiago Peña, Agustín Méndez, Fernando Di Iorio, Ismael del Olmo y Gustavo González, además de las intervenciones del editor.
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"La cultura humana es una suerte de máquina de clasificar"
El historiador y editor Fabián Alejandro Campagne, junto a un grupo de colaboradores, reconstruye los orígenes de esa articulación.
T: La articulación entre el poder y la religión creo que es una característica de la sociabilidad, pero que en el Occidente cristiano, apostólico y romano es una de las fuentes de dominación más sólidas. ¿Esa singularidad puede vincularse a que la teología cristiana es mucho más compleja que la de los otros monoteísmos?
C : En realidad, no estoy tan de acuerdo con la primera parte de la pregunta. La articulación entre las autoridades civil y eclesiástica, o entre estado e iglesia(con perdón del anacronismo que puede significar usar estos términos libremente para la Edad Media o la alta Edad Moderna), fue la norma durante muchos siglos en Occidente, pero comenzó claramente a quebrarse bastante antes de lo que se supone. Si me piden un evento que funcione como mojón, señalaría el Concordato de Worms de 1122, primer acuerdo formal de la historia entre el Papado y una instancia de poder soberano que no estaba presidida por un individuo que se pudiera considerar como un sacerdote consagrado (me refiero al emperador alemán Enrique V). A partir de allí las esferas entre lo laico y lo religioso comenzaron lentamente a construirse. Vuelvo a insistir en que la Reforma, que impulsó una suerte de neo-cesaropapismo, o lo que es lo mismo, una clara subordinación de la Iglesia a la autoridad civil, supuso otro salto cualitativo fenomenal. Ha sido frecuente en la sociología neo-weberiana o en las diversas manifestaciones de la teoría del desarrollo, sostener que esta evolución condenaba a Occidente a evolucionar, casi por necesidad, hacia donde finalmente llegó: el triunfo de la razón secular y la transformación de la religión en un fenómeno del orden de lo particular o privado. Dejando de lado los presupuestos evolucionistas o la discutidísima noción de necesidad histórica, es probable que haya algo de verdad en esta concepción. Por lo tanto, para volver a su pregunta, no creo que la complejidad de la teología cristiana (que en efecto, posee muchos más vericuetos y un cierto gusto por la paradoja que parece estar ausente de las otras grandes religiones monoteístas nacidas en el Cercano Oriente) sea un factor que explique la articulación entre poder y religión, porque esta articulación se ha venido debilitando desde hace 800 años de manera más que evidente. Podrían mencionarse contra-ejemplos opuestos a esta tesis: por caso, el rol del Papa Wojtyla en la caída del comunismo. Pero más allá de que Juan Pablo II en aquel proceso actuó más como político moderno que como pastor eclesiástico, creo que se trató de una excepción que confirma la regla. Poder y Religión es un título que cabe para un libro como el que acabo de editar, dedicado al periodo 1400-1750. No estoy tan seguro de que me animaría a usarlo, libremente, para un volumen dedicado a la historia de los siglos XIX y XX, por ejemplo.
T: De todas maneras, existían disidentes. ¿Cómo aparece un disidente o un movimiento disidente en un universo de discurso donde no existen las palabras para serlo o armarlo?
C: La pregunta es interesante, porque plantea cuestiones bastante profundas desde un punto de vista gnoseológico. ¿Es el mundo que percibimos consecuencia directa de las palabras que usamos para describirlo? ¿Lo que no tiene nombre no existe? También me recuerda al viejo debate antropológico sobre la conveniencia de los abordajes etic o emic para el estudio de las culturas vernáculas o locales. Más allá de estos problemas, cuya resolución me excede, diría respecto de su pregunta que los disidentes ideológicos o religiosos bajo-medievales o temprano-modernos (que hasta mediados del siglo XVIII estaban prácticamente encarnados por los mismos individuos) por lo general no se concebían como tales, como disidentes, en el sentido de personas o colectivos que conscientemente se apartan de un mainstream o camino principal. Más bien tendían a pensarse como restauradores, que impulsaban el retorno a un ideal de iglesia o sociedad cristiana de los orígenes, perdido a causa del rumbo institucionalista, clericalizante o mundano adoptado por el papado post-constantiniano. Para un pensador como Lutero, por ejemplo (y basta con leer con atención el audaz discurso que pronunció ante el emperador Carlos V en la Dieta de Worms a comienzos de 1521), los verdaderos disidentes habían sido los papas, los concilios y los teólogos de los siglos anteriores al suyo. Quizás el término disidente resulta más apropiado en relación a los movimientos de corte abiertamente apocalíptico (pienso en los husitas taboritas o en los anabaptistas de Münster, por nombrar sólo dos ejemplos que me vienen a la mente); pero de nuevo, se trata de un vocablo que aquellos enamorados del mesianismo escatológico nunca hubieran empleado: más bien se habrían considerado como elegidos, como los verdaderos y genuinos intérpretes de los designios divinos.
T: ¿Cuál es la importancia de Constantino y de San Pablo en esta época posterior pero tributaria, de alguna manera, de esas tradiciones?
C: El problema con estos dos personajes es que se han transformado en íconos, funcionan como símbolos, y como tales pueden pasar a representar o significar cualquier curso civilizatorio que quiera adjudicárseles. Por ejemplo, no muchos saben que en el cristianismo ortodoxo, en particular en territorio griego, el emperador Constantino es considerado un santo. Incluso su figura se liga con rituales muy arcaicos como la anastenaria, durante el cual los cofrades que se dicen poseídos por el espíritu del emperador caminan sobre carbones encendidos sin sufrir daños aparentes. Ahora bien, si nos ponemos a pensarlos como lo que en realidad son, como personajes históricos, adquieren una complejidad que desafía cualquier reduccionismo. Es lo que sucede en particular con San Pablo. No en vano su figura ha suscitado en las últimas décadas el interés de filósofos de la influencia de Alain Badiou o de Giorgio Agamben. En algún sentido, San Pablo da para todo. Se lo puede considerar como el verdadero fundador del cristianismo, por ejemplo, gracias a su pulsión por abandonar el estrecho corredor sirio-palestinense para ir extendiendo de manera gradual la nueva religión desde el Mediterráneo oriental hacia el occidental. Pero también, y esto resulta evidente si leemos un texto clave como la Primera Carta a los Corintios, se lo puede pensar como propulsor de una iglesia totalmente carismática, un organismo pneumatológico pre-institucional y anti-jerárquico, ajeno a todo hiato inconmensurable entre sacerdocio y laicado, es decir, el tipo de comunidad eclesial que la denominada iglesia constantiniana, y luego mucho más aún la denominada reforma gregoriana, se esforzarían por transformar.
T: La persecución de judíos, musulmanes, gitanos, etcétera, ¿sobre la base de qué se fundaba? En su último libro traducido, Giorgio Agamben retorna sobre la figura histórica de Pilatos (y la de Jesús) aunque más no sea para fundar una teoría del mal y de los misterios.
C: El problema con una pregunta como ésta es que tengo la sospecha de que excede las explicaciones de tipo histórico. A riesgo de incurrir en desviaciones de corte anti-historicistas, parece una verdad auto-evidente que en los últimos cinco milenios, al menos desde que existen registros escritos, la cultura humana ha funcionado, en gran medida, a través de la denostación de la otredad y la diferencia. Como si a cada cultura humana específica, regional o local, le resultara imposible amar lo que se es sin odiar de manera simultánea lo que no se es. De todos modos, volviendo a su pregunta, lo que en la baja Edad Media detectamos, en concreto de principios del siglo XI en adelante, es la emergencia de una suerte de meta-narrativa basada en la idea de que la cristiandad se encuentra bajo asedio, amenazada por constantes enemigos externos complotados para destruirla (recomiendo al respecto la lectura de un hermoso libro que tiene ya muchos años, El miedo en Occidente, del historiador francés Jean Delumeau). En ocasiones, estos conspiradores agazapados pudieron ser los herejes, los judíos, los leprosos (me vienen a la mente los capítulos iniciales de Historia Nocturna, de Carlo Ginzburg), las brujas, los gitanos, y así podríamos seguir hasta los mismísimos comienzos del siglo XXI, como lo demuestra cierta percepción colectiva que existe respecto del extremismo islámico infiltrado, cual quinta columna, en los grandes centros urbanos americanos y europeos. El problema con estos relatos míticos es que tienden a convertirse ellos mismos en protagonistas de la historia. A partir de muchos elementos verdaderos y constatables se construyen edificios que terminan apartándose por completo de la realidad, pero que sin embargo contribuyen a crear psicosis colectivas que después resulta imposible controlar. Es lo que señala el historiador norteamericano David Niremberg, polemizando entre otros con Ginzburg. La cultura humana es una suerte de máquina de clasificar, y estos macro-relatos no hacen más que alimentar la pulsión por crear sub-identidades hasta el infinito. Así se explica la paradoja de que en un mundo cada vez más globalizado, también aumente el número de comunidades imaginarias, en el sentido que Benedict Anderson le otorga a la expresión, que buscan independizarse: catalanes, escoceses, etcétera.
Fuente: Télam