El texto, publicado en el número 27 de la revista cordobesa Nombres, forma parte de un dossier sobre psicoanálisis y filosofía en el que también participan Rogelio Fernández Couto, Luciano Lutereau, Silvio Mattoni, y los franceses Jean-Luc Nancy y Guy Le Gaufey.
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Es urgente salir de esta edad oscura del deseo
Esta es la conversación que Ludueña Romandini sostuvo conTélam.
T : Foucault con Sade reenvía, y el ensayo no parece desmentirlo, aKant con Sade, el texto de Lacan. ¿Cómo se conectan esos regímenes, al menos en la superficie, en una primera lectura?
R : En primer lugar, debemos señalar que esos nombres (Lacan / Foucault) encuentran un espacio en común en Nombres, una revista admirable donde el nombre filosóficotiene todavía un sentido fuerte. Allí se propuso un dossier especial sobre psicoanálisis filosofía donde escriben maestros internacionales como (Jean-Luc) Nancy, (Guy) Le Gaufey junto a (Silvio) Mattoni, (Rogelio) Fernández Couto y colegas como Lutereau, Conforte, Farrán, Groisman. Todo ello precedido por iluminadores artículos de Oscar del Barco o Emmanuel Biset junto a Massimo Palma y Marc Richir seguidos de Chun, Malecki y Cosacov. Como puede verse por quienes firman los textos, se trata de una confluencia de heterogeneidades filosóficas, literarias y psicoanalíticas que hacen a la apuesta decisiva de la revista. En segundo lugar, en mi caso, Foucault es un lector de Kant con Sade, de Lacan (cuyo seminario, además, por un cierto período, también siguió). Lacan y Foucault son, ambos, representantes eminentes de la recepción francesa de Sade una vez que la obra de este volvió a publicarse sin censura y a transformarse en objeto de estudio y reflexión durante la segunda mitad del siglo XX. Se puede decir, al mismo tiempo, que Foucault y Lacan, con distintos propósitos y tonalidades, recorren las más importantes tensiones filosófico-vivenciales que la rehabilitación del discurso sadiano implicaba.
T : Se habla de un régimen de deseo antiguo y de otro moderno, y que preferentemente, es mejor pasar de los nombres propios y concentrarse en los discursos. Sin embargo, es difícil obviar a Kant, Sade, Foucault, Lacan, en tanto cada uno abre un campo de discurso.
R: Mi texto querría, en este sentido, tomar a esos nombres como figuras del pensamiento que dan cuenta de diversos anudamientos posibles del deseo con el placer, el amor y la política. Algunos filósofos antiguos apostaron, si aceptamos cierto esquematismo, a la posibilidad del amor anulando el placer y desplazando la política del centro de los intereses del hombre, mientras que los modernos centraron sus esperanzas en el placer haciéndolo plenamente político pagando, para que esto sea posible, el precio de la imposibilidad del amor (que hoy es un hecho descontado para cualquier joven). Todas las elecciones tienen su costo: en la Antigüedad, el malestar en la cultura frente a sus opciones, terminó alimentando las aguas del cristianismo. Nuestro actual malestar muestra también los límites y aporías de la elección moderna. Nada del pasado ya subsiste y el hombre contemporáneo está, nuevamente, ante un clivaje epocal. Sólo un nuevo anudamiento, completamente inédito, entre amor, placer y política o, si se prefiere, un nuevo régimen de las pasiones y afectos podrá permitir salir delimpasse actual. No creo que se trate de un asunto menor: todo lo que entendemos por mundo vivible se juega en el modo en el que podamos resolver este desafío.
T : La idea de escuela filosófica, opuesta a los dispositivos de reproducción humana, relaciones sociales, etcétera, ¿a qué consecuencias llevaría en el extremo y por qué creés que eso no sucedió?
R : El ideal de la escuela filosófica era doble: en algunas de ellas, elidir la reproducción humana como condición de acceso a la ascesis filosófica de la reproducción de las ideas. Pero al mismo tiempo, severos programas de regulación de la reproducción humana a nivel de las sociedades. El primer ideal se realizó plenamente hasta la desaparición de la escuela antigua. El segundo, tuvo resultados mucho más ambiguos pero algunos de sus propósitos todavía siguen vivos hoy en diversos programas políticos. Pero el derrumbe del mundo antiguo frente a una fuerza indetenible como fue el cristianismo cambió completamente no digo el tablero de juego pero sí el modo en el que habrían de distribuirse las piezas. Sin embargo, nuestro problema no es el pasado sino el futuro: el cristianismo entró en un eclipse duradero (y su auge actual sólo muestra el destello propio de los momentos finales) y, paralelamente, existe una crisis demográfica sin precedentes. La reproducción humana (por más gobernada que se la quiera pensar) amenaza, sencillamente, con terminar con el ecosistema del planeta Tierra. A esto se lo suele llamar crisis demográfica. Todavía se necesita un nuevo sistema metafísico (el singular define aquí un conjunto de elementos plurales) y una nueva forma de concebir los agrupamientos políticos si aspiramos a que la comunidad humana pueda aún prosperar. No me parece claro que el hombre haya todavía decidido si quiere, verdaderamente, continuar su mundo o entregarse a su ocaso. Si la humanidad opta por lo primero, el camino que está por delante es titánico pero fascinante: hay que refundar la civilización sobre bases (económicas, sociales, deseantes) nuevas (para lo cual habrá que mirar al pasado de frente para poder resignificarlo y avanzar).
T : Esta referencia, creo, quizás ayude a entender la pasión de Cristo en el dolor, y las de Foucault y Pasolini, cuyas muertes, en cierto sentido, parecen profundamente antimodernas. ¿Esto es así?
R : La pasión de Cristo marcó un anudamiento del deseo que tocó su ápice mucho siglos después, probablemente, en los siglos XIX y XX. Ahora, lo que tenemos delante es el desierto. Entiendo que se puedan ver las muertes de Foucault y Pasolini como antimodernas pero también podrían verse como las muertes trágicas (con todo el peso de este adjetivo) que anuncian nuestra contemporaneidad. Foucault muere de sida, experimentando con los castillos californianos del deseo sadiano en su vertiente homosexual. El caso de la muerte de Pasolini es más complejo (y aún objeto de controversias e investigaciones) pero digamos que, de cualquier modo, la homosexualidad no está ausente del drama y no es un elemento accesorio (Pasolini decía que el homosexual arriesga su vida todos los días, cosa que sigue siendo cierta aún en el mundo actual). En todo caso, con las muertes de Foucault y Pasolini (pensadas como síntomas de una época) se terminó el mundo de la libertad sexual (hay que ser extremadamente ingenuo para pensar que nuestra época es sexualmente liberal) y, junto con ellos, pereció todo una configuración de la amistad y del deseo (y no sólo homosexual). Hoy no hay más que miedo, muerte (real o potencial) y desorientación en las nuevas generaciones (siempre hay ilusiones disponibles para encubrir esta realidad). Es urgente salir de estaedad oscura del deseo pero es imposible retroceder hacia el pasado (aún al más reciente) con intenciones de anticuario. Habrá que inventar formas completamente nuevas de interacciones sexuales y amorosas o no habrá salida. En algunos márgenes, algo puede entreverse, pero aún de modo incipiente y, sobre todo, no hay una clara conciencia de que una fuerte autocrítica histórica es aún necesaria.
T : ¿Qué despeja para la práctica analítica esta novedosa manera de acercarse a Lacan y a Foucault, en la medida que éste pensaba al psicoanálisis como una variante de los sistemas de confesión católicos, en un mundo, el actual, sometido a la dictadura luterana?
R : En primer lugar, habría que decir que la genealogía foucaultiana que hizo del psicoanálisis una variante de la confesión es equívoca si no errónea desde el punto de vista histórico. Pienso que Foucault mismo llegó a entrever esto cuando, en el último período de su vida, se volcó con énfasis al estudio del mundo antiguo y tardoantiguo. Como sea, ambos nombres me interesan, nuevamente, en tanto que designan un conjunto: Foucault, la filosofía. y Lacan, el psicoanálisis. El discurso filosófico está ganado por la antifilosofía (salvo raras excepciones) y debe decidir si pretende defender el pensar (lo que implica ir más allá del siglo XX) y el psicoanálisis (la única praxis sobre el deseo luego de que la filosofía renunciara de manera vergonzante a sus derechos en ese ámbito) enfrenta el desafío de pensar su continuidad: el siglo XX pudo ir más allá de Freud (sin abandonarlo). ¿Podrá el siglo XXI ir más allá de Jung y de Lacan, sin abandonarlos tampoco? Si el psicoanálisis pretende sobrevivir, estimo que esta operación es urgente y necesaria, puesto que el anudamiento del deseo, el amor y la política que conoció el psicoanálisis del siglo XX se ha deshecho bajo nuestros pies sin que casi nos diéramos cuenta.
Fuente: Télam