El libro, publicado por la casa Biblos, es un recorrido multidimensional sobre aquel acontecimiento en el que también participan Alejandro Grimson, Eduardo Rinessi, Roberto Gargarella, María Matilde Ollier, Gabriel Lerman, Mónica Gordillo y Maristella Svampa, entre otros.
María Pía López es la directora del Museo del Libro y de la Lengua que depende de la Biblioteca Nacional (BN) que dirige Horacio González. Es autora, entre otros libros, de No tengo tiempo, Habla Clara, Mutantes, Sabato o la moral de los argentinos, además de compilar el volumen La década infame y los escritores suicidas.
T : Diciembre del 2001 fue el final de un régimen discursivo, político, cultural, etcétera. Pero ¿fue también el comienzo de otro? ¿Cuáles son sus rasgos diferenciales?
L : 2001 significó el quiebre o el fin de un tipo de gobernabilidad y la exigencia de considerar nuevos modos. La crisis de las instituciones públicas y de toda legitimidad implicaron condiciones nuevas. Para mí una fundamental: la idea de que gobernar no era contrarrestar la movilización social o condenarla mediante distintos tipos de violencia, sino dialogar con ella, tomar enunciados surgidos de distintos conflictos sociales y políticos y gobernar con ellos. El diálogo con las minorías activas resulta ahí fundamental: por ejemplo con los grupos de derechos humanos, con el activismo de las heterodoxias sexuales, con las luchas por una comunicación democrática.
T : En tu texto para el libro elegís tres novelas para pensar esatransición. Una de Sergio Chejfec, El aire; otra de Fogwill, En otro orden de cosas y Tartabul, de David Viñas. ¿Por qué esos autores, por qué esos títulos?
L : Elegí más que autores, obras, y en esas tres novelas hay reflexiones muy profundas sobre la crisis. En sentido muy amplio, que va desde la economía a la política y lo que me interesaba rastrear especialmente, en el plano de los lenguajes.
T : Esa descomposición social que se contuvo a fuerza de represión monetaria y policial, tratada a su modo en esas novelas ¿no prefigura una suerte de normalización democrática acorde al deseo de la mayoría de los argentinos.
L : Me parece que la descomposición funciona de dos modos: como horizonte a evitar -algo de miedo social respecto de los riesgos- y a la vez como condición para una nueva estabilización, sobre otras bases. La imagen sostenida de un país en serio o normal hay que pensarla, creo, a contraluz de la vivencia dramática del 2001. Pero a la vez, me parece que impidió pensar qué sucedía con fuerzas corrosivas, de nuevos tipos de descomposición: la deslegitimación política, el crecimiento de economías ilegales, el despliegue de subjetividades ancladas en el hiperconsumo.
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La grieta. Política, economía y cultura después de 2001
El libro, publicado por la casa Biblos, es un recorrido multidimensional sobre aquel acontecimiento de nuestra historia política.