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Arocena y la insatisfacción de los 30

En La pelusa, la novela del uruguayo que acaba de llegar al país, un treintañero cuestiona su vida y protesta contra los mandatos preestablecidos.
Por Sección Cultura

La pelusa amontonada en una esquina montevideana es la imagen disparadora que desata una seguidilla de cuestionamientos en la vida de un hombre que atraviesa sus treinta y pico. Su trabajo, la mujer que lo ama, sus amigos, son detonantes de una transformación contra todo lo establecido, una epifanía que lo ilumina durante media hora en la puerta de su casa.
 
Sin embargo, ahí se queda. La deriva de sus pensamientos y la insurrección mental se detiene en ese instante. "No es un inconforme, un rebelde; no tiene ni tendrá jamás la capacidad de romper con las leyes del sistema, porque adora estar alojado en él. Es, si se quiere, un insatisfecho. No se pronuncia; solo protesta", lo define Arocena a Télam desde Montevideo.
 
La escritura visceral y acompasada en segunda persona se registra como un sello personal, "una prioridad", dirá Arocena. "Lo que me divierte, lo que me excita, es el tratamiento del discurso en sí mismo; su ritmo, sus inflexiones. En ese sentido me da lo mismo escribir sobre los intrincados caminos del amor que sobre productos de limpieza", advierte.
 
La pelusa obtuvo en 2011 el tercer lugar del Premio Nacional de Literatura de Uruguay. Su autor (Montevideo, 1979) integró dos antologías de joven narrativa y publicó el conjunto de relatos Exiliados (2010). Con críticas favorables en su país, Arocena hace pie de este lado del Río de La Plata y cuenta el entramado de su primera novela, publicada por Fiordo Editorial.
 
- Télam: ¿Cómo surge La Pelusa?
- Arocena: De dos imágenes. La primera fue en septiembre de 2009 y deriva de la visión casual de un montón de pelusa en la intersección de Burgues y Carmelo, dos calles montevideanas. Estaba paseando a mi perra Ema, y ella fue a meter el hocico en una montaña de pelusa, seguramente apilada a fuerza de escobazos por alguna vecina.
 
Volví a casa repitiendo frases, como si tarareara una canción, y cuando llegué, escribí: “A esta altura del año comienza a caer esa pelusa sobre Montevideo. En algunas calles se amontona en cantidades verdaderamente llamativas. Es solo cuestión de horas. Salís de tu casa por la mañana y la vereda está limpia. Volvés a la tarde y ya está todo empelusado…”.
 
La segunda imagen llegó un par de semanas después, una noche, al salir del baño y ver a mi pareja mirando la tele, de espaldas a mí, inmersa en una cotidianeidad que me resultó tan demoledora como fascinante. Esa noche escribí como loco la descripción que el personaje hace de su mujer. Me di cuenta que el relato de la pelusa y la descripción de la mujer eran dos patas de la misma cosa.
 
- T: ¿Cuánto tuyo tiene el protagonista?
- A: Es inseguro, insoportablemente reflexivo; es un soñador, un soñador petrificado por sus miedos. Ante todo siente algo que yo sentía -o creía sentir- por entonces; la certeza repentina de tener una vida que se le impuso, una vida-receta que tomó sin saber cómo ni por qué.
 
Claro que todo está exagerado. El juego consiste en llevar esas características a un extremo casi patológico. Por lo demás, cuando el relato empezó a tomar forma, intenté nutrirlo con aspectos que me excedían, que podían ser comunes a una gran cantidad de personas. A partir de ese momento se despegó de mí.
 
- T: ¿Qué obsesiones dirías que concentra la novela?
-A: Este texto, como en casi todos, me obsesiona el ritmo. Me gusta mucho trabajar el discurso, más allá del asunto en cuestión. Me importa que cada parte funcione de manera autónoma. Me encantan esos libros que uno puede abrir en cualquier página, leer un fragmento, y sentir que vale por sí mismo.
 
- T: ¿Por qué te inclinas por la segunda persona? 
- A: La segunda persona llegó sola. Estaba hablando conmigo mismo. Era como un diálogo con mi conciencia. Eso hace el personaje: dialogar consigo, una y otra vez. Cuando uno está en una situación culmine despliega una especie de otro yo, un interlocutor ficticio. Quizás de esa forma nos sentimos más contenidos.
 

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