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El RIGI impulsa inversiones, pero el desafío es convertirlas en desarrollo regional

Las inversiones impulsadas por el RIGI abren oportunidades para proveedores e industrias, pero persisten obstáculos que limitan el desarrollo regional.

Por Marcelo López Álvarez

El litio, el cobre y el oro concentran hoy la mayor parte de los capitales comprometidos en la Argentina, de la mano del Régimen de Incentivos a las Grandes Inversiones (RIGI). Ese fenómeno, todavía acotado a pocos proyectos y regiones, abre una pregunta que excede a la coyuntura minera y energética: ¿puede derramar hacia otros sectores y transformarse en desarrollo regional duradero?

Un informe del economista jefe del IERAL NEA, Gerardo Alonso Schwarz, analiza la complejidad económica, desde una mirada según la cual cada región tiende a diversificarse hacia actividades que exigen capacidades parecidas a las ya instaladas, y no hacia cualquier sector que suene atractivo en el papel.

Proveedores con vocación exportadora

El primer canal de derrame es el que Schwarz llama "aguas arriba": el desarrollo de proveedores para las industrias que hoy traccionan la inversión. Ahí no ganan las oportunidades más vistosas, sino las que se apoyan en capacidades ya existentes. La región Pampeana, con base metalmecánica consolidada, puede avanzar hacia bienes de capital complejos (tubos sin costura, aceros especiales, compresores) y automatización de alta sofisticación. Cuyo, de tradición petrolera y vitivinícola, tiene ventajas en montaje electromecánico, reactivos químicos e instrumental de precisión. Y la Patagonia, apalancada en Vaca Muerta, puede consolidar un clúster de metalmecánica fina, junto con telemetría y sensores.

A ese frente se suma otro, menos visible pero con potencial exportador propio: los servicios basados en conocimiento, desde el monitoreo hídrico para el litio del NOA hasta la genética forestal del NEA o la remediación ambiental que demandan por igual los puertos patagónicos y la minería cuyana. Son actividades de bajo capital físico, escalables y, sobre todo, independientes del precio de la materia prima que las originó: aunque cayera la cotización del litio, el software minero desarrollado en el proceso seguiría teniendo mercado propio. Ninguno de los dos frentes necesita protección arancelaria; su viabilidad depende de competir en calidad y escala, como ocurrió con la ingeniería petrolera de Alberta o el AgTech neozelandés.

La industrialización de la cercanía

El segundo canal corre en sentido inverso: se abre "aguas abajo", cuando la eliminación de fletes, aranceles a insumos importados y riesgo cambiario vuelve rentable transformar localmente un recurso que hoy se exporta sin procesar. La Patagonia es el caso más avanzado, con la posibilidad de escalar una petroquímica de polietileno, polipropileno y fertilizantes nitrogenados a partir del gas de Vaca Muerta. Cuyo y el NOA, en menor escala, pueden avanzar en la trefilación de cobre de alta pureza y en la purificación química del litio para lubricantes y vidrios técnicos, eslabones donde el país sí tiene ventajas comparativas reales.

El otro bloque aguas abajo tiene una lógica biológica y renovable. En el NEA, la fibra de pino y eucalipto habilita tanto una química verde (resinas, taninos, adhesivos) como la construcción en madera laminada, de alto valor agregado y demanda creciente por la transición hacia materiales bajos en carbono. En la región Pampeana, la escala de la agroindustria abre la puerta a los bioplásticos compostables a partir de almidón de maíz y a los alimentos de nutrición de precisión. En ningún caso hace falta que el Estado elija "sectores ganadores": el crecimiento responde a incentivos de costos objetivos y a tendencias de mercado ya en marcha.

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Los obstáculos que frenan el derrame

El diagnóstico es menos optimista a la hora de explicar por qué ese potencial no se traduce todavía en inversiones concretas. El primer obstáculo es tributario: Ingresos Brutos, al aplicarse en cascada sobre cada transacción intermedia entre empresas, castiga la subcontratación y empuja a las grandes compañías a integrarse verticalmente en lugar de tercerizar en pymes locales. El segundo es la brecha de infraestructura: la red vial secundaria, el transporte ferroviario de cargas y la falta de conexión aérea directa diluyen la competitividad de cualquier proveedor regional, mientras la Hidrovía Paraná, Paraguay sigue sin aprovecharse por falta de puertos competitivos. El tercero es la superposición de normativas entre Nación, provincias y municipios, que encarece los costos de transacción y demora las inversiones de las pymes. A esos tres frentes se suma la desconexión entre la academia y la producción: hacen falta trayectos formativos más flexibles (tecnicaturas cortas, diplomaturas específicas, certificaciones rápidas) y una reorientación de la investigación y el desarrollo hacia los cuellos de botella tecnológicos de las pymes regionales.

Una tarea que excede a la macroeconomía

El ordenamiento macroeconómico de los últimos años y regímenes como el RIGI explican la reconfiguración productiva que hoy se observa en energía, minería y agroindustria. Pero la experiencia argentina de ciclos anteriores enseña que la estabilización es condición necesaria y no suficiente: convertir un boom sectorial en desarrollo regional duradero exige decisiones que se toman lejos de la Casa Rosada.

Eliminar impuestos distorsivos provinciales, priorizar la infraestructura que conecta cada región con los mercados, simplificar la maraña de permisos superpuestos y articular a universidades e institutos técnicos con las nuevas cadenas productivas son, para Schwarz, las tareas pendientes. Solo con una articulación efectiva entre Nación, provincias y municipios, concluye, el país podrá aprovechar de manera plena esta oportunidad.

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