Hay un momento, unas semanas después de que se apaga la televisión, en que el hincha de fútbol vuelve a la cancha de su club y algo no cierra. El pasto es el mismo, la hinchada canta igual, el olor a choripán tampoco cambió. Pero el ojo sí. Durante un mes largo se acostumbró a otra cosa: pases que llegaban limpios, jugadores que no perdían una pelota fácil, equipos que atacaban con una precisión de neurocirujano.
Resaca mundialista: la difícil vuelta al fútbol de todos los días después de la fiesta
Después de la final, el hincha vuelve a la tribuna o sillón de siempre. Pero algo cambió: se acostumbró a otro nivel de fútbol, y los partidos ya no pegan.
Ahora, en el asiento de siempre, ese hincha mira un córner mal tirado, un cambio de frente que termina en la tribuna, o directamente sale del estadio, y no puede evitar pensar: "Esto en el Mundial no pasaba".
No es que el fútbol de acá haya empeorado. Es que durante un mes el estándar subió tan alto que todo lo demás, inevitablemente, quedó abajo. El problema no es el partido del fin de semana: es la comparación que el cerebro repite sin permiso, en piloto automático, cada vez que la pelota sale mal jugada desde los pies del arquero porque los entrenadores vieron algunos partidos de la Premier League.
Extrañar algo que ni siquiera era nuestro
Hay una parte incómoda de la resaca mundialista que casi nadie se anima a decir en voz alta: no se extraña solamente a la Selección Argentina. Se extraña ver jugar bien al fútbol, sin importar de quién fuera la camiseta. Se extraña ese nivel de relatos eufóricos, esas jugadas que se repetían cuatro veces en la transmisión porque merecían ser vistas una y otra vez.
Volver al club, ese que se ama sin condiciones, significa aceptar que probablemente no se vea algo así en mucho tiempo, salvo una volea desde más de 40 metros que se clave en el ángulo del arquero. Digamos todo.
Ahí está la culpa silenciosa del hincha: querer al equipo con la misma intensidad de siempre, pero notar que la comparación igual aparece, sin pedir permiso. Es querer a alguien y, al mismo tiempo, no dejar de pensar en lo bien que se sentía otra cosa. Nadie elige sentir eso. Simplemente pasa, y después hay que hacerse cargo del partido de local ante un rival que nadie va a recordar en una semana.
El sábado a las tres de la tarde no perdona
Después de un Mundial, el fútbol pierde por un rato su capacidad de sorprender. El gol que antes alcanzaba para levantarse del sillón ahora se mira con los brazos cruzados. La jugada polémica que generaba discusión de bar ahora apenas mueve la aguja.
Y sin embargo, ahí sigue el club, a la espera de que su gente vuelva a ponerle el pecho como si nada hubiera cambiado. Como si en el medio no hubiera pasado un mes entero de la mejor versión posible del deporte que mueve a todo un país —aunque de paso deje algún que otro estereotipo instalado hasta la próxima cita mundialista.
Lo curioso —lo lindo, en realidad— es que casi siempre se vuelve. A veces tarda un partido, a veces cinco, pero en algún momento aparece un gol de local, un festejo compartido con el de al lado, una jugada que saca un grito espontáneo. Ahí el corazón se olvida de comparar por un segundo y sale el puñito de victoria con su "¡Vamos!".
El fútbol de barrio no necesita jugar como España o Argentina para emocionar. Solo hace falta que uno esté dispuesto, otra vez, a dejarse sorprender por algo mucho más chico, pero igual de propio.
Volver a enamorarse de lo de siempre
Quizás la resaca mundialista no sea otra cosa que un duelo silencioso: hay que despedirse de un mes que no va a volver, para mirar de nuevo con cariño lo que sí está, cada fin de semana, a la espera. El club no tiene por qué competir con una final del Mundial. Tiene otra cosa para dar, más chica, más cotidiana, pero también más nuestra: la certeza de que ahí va a estar, funcione bien o mal.
El otro amor —el grande, el que dura un mes cada cuatro años— mientras tanto se guarda en la memoria hasta la próxima vez. Y en algún momento, sin que nadie lo note, ese mismo hincha que entraba a la cancha comparando cada pelota con lo que vio en el Mundial, va a gritar un gol cualquiera de un martes cualquiera como si fuera el más importante del mundo. Porque, en el fondo, siempre lo es.