La montaña de Mendoza no negocia. Podés conocerla por haberla caminado antes o por haberla estudiado en internet, pero en los primeros metros de subida la montaña te ubica: te obliga a mirar el suelo, buscar tu ritmo y anclar en tu respiración. El domingo 27 de septiembre, la Natural Race llegó a su quinta edición consolidando una escala que ya no es menor: unos 2.700 corredores entre locales, de otras provincias y del exterior. Una prueba de trail con seis trazados diferentes, desde los 7K hasta la ultra de 60K, donde todos demandaban lo mismo: piernas, pulmón, cabeza y, sobre todo, corazón. Yo me animé a los 7K y aquí voy a contar cómo lo viví.
Hormigas rojas en la montaña: la obra salvaje de la Natural Race
Crónica en primera persona de la Natural Race. La experiencia del trail running en la montaña de Mendoza a casi 30°C de calor.
A primera vista pareciera que el deporte y el arte son de universos diferentes, pero ayer, durante algunas horas, esos universos se mezclaron. El Teatro Griego Frank Romero Day nos prestó su escenario para que, como artistas con nuestros “vestuarios” de remeras rojas y dorsales, saliéramos a escena. Estábamos nerviosos: nos abrazábamos al encontrarnos con los amigos y compañeros de entrenamiento, hacíamos chistes y se escuchaban arengas todas desperdigadas. Habíamos ensayado mucho —bueno, entrenado mucho— y estábamos a punto de empezar la función.
Todo es risa hasta que te das cuenta que estás corriendo en la montaña
Ya habíamos hecho la entrada en calor y estábamos a tono con el sol cuyano que ya empezaba a picar sobre las pieles de los miles de corredores que esperaban la cuenta regresiva. Por los parlantes empezó a sonar Jijiji de Los Redondos, el animador daba las últimas palabras de aliento y comenzó el conteo. Diez segundos nos separaban de la carrera para la que nos habíamos preparado durante meses: 3, 2, ¡1!, gritamos todos, subió la música y salimos. Unos pocos metros después, ya no hubo música ni gritos; nadie hablaba, sólo se escuchaba nuestra propia melodía: la respiración y el sonido de las zapatillas sobre la montaña.
El circuito se metió de lleno en las entrañas del Parque Deportivo de Montaña, los alrededores del Dique Frías y las subidas del Cerro Siete Colinas, para pasar también por el cerro El Llorón. En números fueron 7,5 kilómetros, con 273 metros de subida acumulada que hubo que ganar paso a paso hasta tocar los 1.036 metros de altura en el punto más alto. El termómetro no tardó en trepar hacia los 28°C o 29°C; nuestro reflector era el sol de un cielo absolutamente despejado y la montaña, de pronto, se volvió pesada.
A los pies del Cerro Siete Colinas no había otra posibilidad que subir en fila india, lo cual regaló una postal cinematográfica: una hilera interminable de corredores, como hormigas rojas, subiendo el cerro. El desafío del trail no es una suma de voluntades individuales; tiene, para mí, una fuerza que me remite al andar en manada. Esa sincronía primitiva en la que el compás de las pisadas ajenas marca tu propio ritmo.
El acto final: fuerza, tripa y corazón
Entre quienes corremos sin la urgencia de subir a un podio se disfruta mucho más la camaradería. En esos metros de subida muchas veces fui yo la que debía responder con un hilo de voz «sí, estoy bien» mientras recuperaba el aire al costado del sendero, con las manos apoyadas en las rodillas; otras tantas fui la que se frenó a preguntar «¿estás bien?». La cuesta del Cerro El Llorón fue, quizás, la más desafiante: no tanto por la altura, sino por la pendiente cruda y porque era el último escollo del circuito. Veníamos cansados, con el sol del mediodía castigando y la tierra en la garganta. Justo cuando la cabeza empezaba a decir “no puedo más”, apareció el grito de guerra: «¡Dale, dale, dale!», «¡Vamos que lo tenemos!», «¡Un poquito más, vos podés!». Te empuja el de atrás, te tracciona el de adelante, e incluso la brisa parece darte una mano. Respirás profundo, pensás «vamos» y encarás la última trepada.
Dejamos atrás la mitad de la carrera y cruzamos el puesto de hidratación, ese oasis compuesto de gomitas, frutas, agua y Coca-Cola. Ahora es donde todo es “corazón”: los meses de entrenamiento, el esfuerzo acumulado que se transformó en disciplina, la gratitud y los consejos que el profesor nos dio los días previos. A puro corazón se corre el tramo final y se agita porque ya se escucha la música del Frank Romero Day. «¡Últimos 300 metros!», avisa alguien al costado de la huella. Levantás la vista y ahí están los amigos que, mientras te filman, gritan tu nombre con fuerza. Los ves sonrientes, orgullosos, compartiendo tu felicidad. Ellos saben bien lo que costó: fueron testigos y fueron soporte, en las buenas y en las difíciles.
Ves el arco de llegada y, por supuesto, la alfombra roja extendida. Hay quienes lloran, otros se desploman en el suelo pero a todos la alegría nos brota del alma. Pude. Llegué. Alguien se acerca con la medalla, bajás la cabeza y al levantarla la sentís colgar pesada sobre el pecho, justo delante del corazón. Le das un trago largo a la botella de agua fresca. «¡Felicitaciones!», dice un amigo, dos, tres, y el grupo entero se funde en un abrazo.
Te mirás los pies cubiertos de polvo, algunos arañazos en las piernas, la remera empapada y la medalla colgando del cuello. La función terminó.
¿Lo volvería a hacer?
¡Claro que sí!