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Ola coreana: la cultura oriental gana terreno

Detrás del éxito de “Gangnam Style” se afianza un fenómeno diseñado desde una industria discográfica que abrazó al pop como tabla de salvación. Carteras de Hello Kitty, fanatismo adolescente y padres mártires.

Por Sección Sociedad

Asia nunca estuvo tan cerca. Tan a la vuelta de la esquina, sobre Madero y Corrientes. Le llaman la ola coreana aunque, a juzgar por la multiplicación de fans y la contundencia del amor que profesan, bien podría ser la marea completa, con todo y aguas vivas.

Esta noche la fiesta K-Pop la animan los trece integrantes de Súper Junior, una de las tantas expresiones que en pocos años dieron voz y voto a una tendencia que se inspira en la cultura de Corea del Sur y cuyo pico de popularidad se alcanzó el año pasado con la explosión de “Gangnam Style”, el hit de Psy.

Carteras de Hello Kitty, orejeras de peluche y vinchas con forma de conejo. Nada de esto debe faltar en la estética de la groupie consecuente. El ADN de la fanática por la cultura coreana no es tema rápido de discernir. Tampoco una tarea de medio tiempo, porque involucra conocimientos gastronómicos y hasta algunas palabras en la lengua original. “Como cuando llegaron las primeras canciones no entendíamos mucho, en el Fans Club se traducen todas las letras para que sepamos bien qué dicen”, explica Sol, antes de volver al malón que agita una de las banderas del club que la aglutina. Como ella, muchas emprendieron la larga procesión desde el conurbano, aunque las banderas de Rosario, Chaco y Entre Ríos tampoco faltan.

Todos, los músicos y sus adoradoras, saltan como si tuvieran zapatillas con resortes. O como si una extraña fuerza los hubiera cooptado para sí, enloqueciéndolos por completo. Desde afuera, manojos de adolescentes también escuchan obnubiladas. Amablemente las puertas que da

n a la avenida Madero permanecen abiertas, para regocijo de varias.

“Loas quierou muchou”, intenta varias veces uno de los cantantes disfrazado de Capitán América. Las chicas responden desaforadas, borrachas de un amor a prueba de diferencias idiomáticas y de balas. Que sobran esta noche, en la que a cada tema lo anteceden videos, historias noveladas en las que abundan las armas de fuego. Demasiadas. Como si la mafia coreana o las inclemencias bélicas se adueñaran también de la música.

 

“Está dicho, la política lo cruza todo”, rezonga uno de los tantos padres que reposa a la vera del parquet del Luna Park. Junto a él, la mochila de su hija de 11 años a la que no dejaría venir sola. Algún día alguien tendrá que profundizar sobre el rol de estos mártires del fanatismo adolescente.

Despacito, videos y láser mediante, el pop coreano toma vuelo y se pega en el cuerpo como chicle. “Esto es un sueño, los escucho hace un año, pero nunca pensé que los iba a ver tan cerca”. La que habla es María, que tiene 13 años y algunas experiencias que contar. Hoy es el día en que estrenó remera, bandera y vincha. También trajo a Silvia, su mamá. Ambas llegaron dos días antes del show desde México, con la excusa de ver a la familia de Villa Bosch, pero con el verdadero fin de ver a la banda que este año no agendó fechas de su tour en Guadalajara, donde viven hace una década.

El drama coreano flota en el aire viciado por el sudor. Ya cantaron medio CD y las chicas se están cansando así que es hora de arengar a la tropa. Los artistas se debaten sobre la responsabilidad de hablar. Se miran entre sí, en un suspenso de segundos donde no hay más que murmullo. Por fin, uno de ellos agarra el micrófono y abre su corazón: “Estamos buscando un verdadero amor y creo que en esta gira latinoamericana lo vamos a encontrar”. El gallinero explota, las chicas se vuelven una torva incontenible y un par deben ser llevadas a la enfermería por lipotimia. Los chicos sonríen para todas, bailan para todas, pero íntimamente cada una sueña con que algún gesto le sea concedido en particular.

¿De dónde salió este candor por Corea? Cuando a mediados de los ’90 la industria discográfica coreana comprendió que con el aletargado Park Dong-jin no llegaba a ningún lado, comenzó a mirar para afuera y no tardó en echar mano de lo rápido y barato: el pop. Hubo que amasar con paciencia a los intérpretes, tunearlos con estilo urbano y enseñarles a responder con frases dignas de un Backstreet Boy. Desde 2010, los sellos discográficos y agencias de management coreanas notaron que el material era bueno, y comenzaron a salir de Asia. Fue momento de apelar a las redes sociales, verdaderas responsables de que hoy acaricien el éxito. A finales de 2011, el número total de visitas en YouTube generadas por videos de K-pop sumó mil millones.

Lejos de las estadísticas y del dinero que revive a una industria que no sería nada sin ellas, estas chicas realzan su histeria con cada hit. Todas juntas, inventando palabritas a media voz o a los gritos –depende el tema–, parecen un globo de helio, siempre al borde de explotar. Entonces, llega el momento de la verdad. “El líder” tira una vincha mojada que, claro, estaba usando. Un segundo demora el trapo en intentar llegar al piso, antes de ser captado por dos fans que se lo disputarán largamente. Ambas desean el fetiche que podrán mostrar ante sus amigos. Palo y palo, el pop no se mancha y la vinchita no se afloja hasta el último segundo.

Ya es la quinta vez que uno de los chicos pregunta en un español confuso si la gente la está pasando bien. Se ve que aprendió pocas palabras en español.

El show va promediando y Súper Junior empieza a repetir temas, mientras sus integrantes se calzan la remera de la selección argentina y piden asado para cenar. Todo vale para demostrar que ellos aman esta tierra ignota a la que no vendrían si el éxito hubiera elegido otro depositario. De golpe, tras la euforia, las luces comienzan a prenderse. Parece que a estos chicos nadie les explicó la costumbre del “bis”.

Poco convencidos de la triste realidad, los grupitos de fans comienzan a desalojar la sala. “El show tuvo gusto a poco”, suspiran. Pero ni la hora, ni el cansancio, ni el hambre las detendrá. Un CD las espera en casa. La felicidad, por ahora, está garantizada.

Fuente: Revista Veintitres

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