Opinión

La paradoja del Mundo Musulmán (Por Luis Rosales para SITIO ANDINO)

Primavera árabe, los valores de la democracia y libertad estilo occidental esparciéndose como una mancha de aceite por los desiertos y oasis del norte de Africa y el Medio Oriente.

Como a las habituales tormentas de arena que afectan a esa zona del mundo, nada parece detenerlos. Se lleva puesto dictadores, dinastías gobernantes, policías secretas, aristocracias dominantes que controlan a sus sociedades desde hace décadas. La imagen romántica de jóvenes autoconvocados a través de las redes sociales en procura de una sociedad más justa y libre, menos corrupta, como la que admiran por TV y algunos por experiencia propia en los EEUU o Europa, le da a toda esta movida una apariencia de revolución al estilo de la francesa, la inglesa o la norteamericana. Todo cambiará para mejor y no hay retorno posible.

Hasta ese entonces las minorías ilustradas pertenecientes a las clases medias globalizadas de todos estos países debían conformarse con el mal menor de tolerar a estos tiranuelos, como forma de evitar la llegada al poder de los extremistas que rigen la vida y muerte de muchos de sus naciones vecinas. Aguantar a Mubarak, Khadaffy o a los Al Assad era mucho más tolerable que sufrir a la teocracia iraní o al régimen talibán afgano. Pero de repente y como una muestra que todo tiene su límite, el recipiente no pudo contener más y se derramó. Todo empezó en el relativamente tranquilo Túnez y pronto la ola se extendió por toda la región. Frente a esa marea de libertades deseadas la tentación fue muy fuerte y demostrando nuevamente que ni hay sistema ni déspota que pueda resistir a la gente movilizada en las calles, uno a uno fueron cayendo como piezas de un envejecido juego de dominó. Y en eso estamos.

Caso tras caso, con más o menos resistencia como lo prueba el sanguinario Al Assad en Siria, las autocracias fueron cediendo y dejando lugar a la pretendida democracia. Pero allí surge nuevamente la gran paradoja que envuelve a esta civilización. Las sociedades movilizadas y liberadas por la acción decisiva de aquellas generalmente minoritarias clases medias pro occidentales, terminan conquistando el voto y el derecho a elegir libremente sus autoridades. En muchos casos optan por fuerzas políticas más representativas de las mayorías dormidas y conservadoras que se inclinan por alternativas más cercanas a los fundamentalismos religiosos. Una vez arriba, estos grupos indefectiblemente terminan redactando una nueva constitución que de alguna u otra forma intenta imponer la ley islámica o sharia como regla para todos, algo que naturalmente implica el fin de la democracia y los valores que le abrieron la puerta a lo alto del poder.

Sucedió en Gaza, el Líbano, Egipto y en cierta forma está pasando en la siempre secular Turquía. Una contradicción que hace temblar la esencia misma de la idea de que la democracia liberal es compatible con el Islam y sus valores. Reforzando la postura de aquellos, que sosteniendo la supremacía de alguna cultura con respecto a las otras, afirman que aquellos pueblos no están preparados y están condenados a ser gobernados o bien por reyes sanguinarios y violentos presidentes vitalicios o a caer en las garras de teocracias que retroceden el reloj varios siglos hasta una especie de medioevo musulmán.

La primavera árabe se está jugando en varios países. El tiempo dirá si como debiera ser, pronto deviene en un glorioso verano de libertades colectivas o si de lo contrario, retrocede a un mucho más frío y largo invierno de sufrimiento y opresión esta vez en manos de los fanáticos religiosos.

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